Tomás LüdersOpinión: Brexit y por qué el mundo es aún más horrible después del jueves

Editor25/06/2016
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Uno había elegido creer en la emoción del padre de Billy Elliot al verlo a su hijo realizar por primera vez el primer salto del Lago de los Cisnes, o en la dignidad en la indignidad de los desocupados acereros de Sheffield que nos narra de Full Monty.

Pero el desclasado inglés votó abrumadoramente por Niles Farage, que pide “recuperar las fronteras (sic)” de su isla con un afiche que es copia idéntica de otro de propaganda nazi (foto 1).

brexit2 (1)

En “el continente”, the frogs, ex obreros marxistas también ellos, votan por Marie Le Pen, que ya se acopló al triunfo del Brexit al mismo tiempo que lo hacía Donald Trump… es la paradoja de los nacionalismos, hacen causa común aunque se definan así mismos en función del odio al extranjero.

El clima europeo actual tiene demasiado de parecido con la década del 30, solo que ahora los alemanes, o al menos el establishment alemán, ha quedado del otro lado de la frontera.

¿Y cuál sería ese otro lado? Ahí está el problema.

De un lado, el nacionalismo puede trazar equivalencias de manera sencilla (“tengo junto a mí al verdadero pueblo, no al establishment” decía el xenófobo Farage durante la misma semana en la que un paranoico asesinaba a la diputada progresista Jo Cox –el caso fue finalmente interpretado como un “caso clínico” y el nacionalismo no pagó costos electorales, como si los “casos” pudieran aislarse del horizonte de época en el que se encuadran–).  Del otro, en cambio, personas como la asesinada Cox o el obrerista Billy Sanders tienen que hacer causa común junto a la burocracia de Bruselas o a “la familia Clinton”, expertos ellos en combinar “liberalismo”, en el sentido “progre” que le damos aquí, con liberalismo, en el sentido de entrega del poder político al capital financiero especulativo.

Es decir, el progresismo tiene que unir sus protestas con los “abstractos” especuladores descontrolados, que justamente son quienes le quitan autonomía y dignidad al embrutecido “pequeño hombre” francés, inglés o estadounidense. Ellos son los que envían las fábricas hacia las tierras de los odiados y malolientes pakies o los brownies mexicanos. Pero ellos están lejos, se esconden detrás de la “inevitabilidad natural” de la globalización, en cambio pakies y brownies caminan libres por las calles del barrio propio.

farage

La otra paradoja es que esta transfiguración del pueblo (ex) trabajador en base de apoyo a la forma más rancia de nacionalismo también tiene como “caudillos” a figuras como el torie Boris Johnson, del pedigrí más vetusto de la elitista sociedad victoriana londinense, o al grotesco especulador inmobiliario Donald Trump.

La explicación es espantosamente sencilla: el desclasado de Sheffield, Missouri o Burdeos tiene al menos “algo” que el migrante del “sur” o de  “oriente” no tiene: es blanco.

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