Tomás LüdersOpinión: ¿Cómo llegamos al encierro electoral de 2019?

Editor25/01/2019
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En el marco del calamitoso escenario social que se augura tras un ya durísimo 2018, sigue circulando con mucha fuerza la tesis kirchnerista de que la mayoría de los que votaron (votamos) en blanco en 2015 lo hicimos siguiendo los argumentos puristas del trotskismo vernáculo: “son lo mismo”. Es decir, siguiendo la vieja tesis de la izquierda “troska” local de que el peronismo solo “dulcifica” o añade otros condimentos, posiblemente no tan agradables como el azúcar, al capitalismo, pero a la larga “le es funcional”.

Quizá sea interesante considerar que el no tomar ninguna de las papeletas pudo obedecer a otras razones. Estoy convencido de que la mayoría de quienes votaron en blanco (por primera vez en gran parte de los casos) no lo hicieron siguiendo el principismo de la abstinencia permanente de la ultra-izquierda. El supuesto purismo de agrupaciones y frentes minúsculos es solo eso, un goce de agrupaciones llenas de narcisistas que se creen incontaminados, de frentes que parecen construidos ah hoc para no tener que gobernar, pues, en palabras de Max Weber, jamás tendrán que pasar de la “ética de los principios” a la “ética de la responsabilidad”. O en criollo, sabiendo que jamás tendrán que pisar el barro.

“La mayoría de quienes votaron en blanco no lo hicieron siguiendo el argumento purista que rezaba “son lo mismo”

Yendo al otro lado del espectro político, debe destacarse que muchos de quienes optaron con cierta convicción por el macrismo, con la excepción de los adherentes más incondicionales, posiblemente no hayan tenido que insistir de la misma manera con un crítica similar –aunque de contenido ideológico contrario–, por la simple razón de que ganaron. Pero ahora, teniendo en frente unas elecciones con estos lastimosos resultados de gestión, solo les queda el recurso a la “venezuelización” como argumento frente a una posible huida del indeciso hacia las filas ¿neo? kirchneristas (con este balance, estimo que ya se han dado por vencidos frente al que no votó por ninguno en el ballotage de 2015).

Lo cierto es que, tal como lo formulaba un amigo que también supo optar por no optar, la de 2015, más que una elección, era una extorsión a dos bandas: ante el esperpento de la fórmula Scioli-Zannini –un sapo duro para los más radicalizados, dado el primer componente de la fórmula, no el segundo–, los conocidos kirchneristas nos solían decir que la otra opción era la entrega del país al neoliberalismo. Y a la inversa los votantes de Cambiemos: si ganaba Scioli con Cristina detrás, vendría un régimen como el de Maduro.

La grieta no es más que un reflejo inverso: cada polo se necesita apasionadamente

 

Siguiendo con el plural (con el que al menos puedo abarcar a varios conocidos) la realidad es que muchos de los que manifestamos rechazo a ambas fórmulas percibíamos que teníamos frente a nosotros “dos males”, sí, pero no dos versiones de lo mismo, como solía insistir en decir el estudiante crónico de sociología y candidato del FIT, Nicolás del Caño. Se trataba de dos opciones negativas, pero negativas por razones distintas. Por un lado, estaba la posibilidad del arribo de un gobierno que traería, no neoliberalismo, sino ortodoxia para los sectores medios y bajos, pero “intervencionismo” para la cúspide superior del empresariado –Macri, después de todo, era uno de los propios–. Por el otro, la de un gobierno que además de continuar con una pseudo-virtuosa asociación con ese mismo capitalismo criollo (subsidios, “club de la obra pública”, regulaciones a medida, etc.), insistiría con un decisionismo cada vez más marcado. (Nota sobre economía y política argentina: la caída en el índice de “confianza en el gobierno” de principios de enero registrada por la Universidad Torcuato Di Tella apenas se registra en el ítem “honestidad” de Macri y su gabinete. Este registro deja claro que, con la carga valorativa inversa, cambiemitas y kirchneristas separan negocios privados de mundo público con la misma ingenua facilidad).

En este último caso, si por una parte el perfil timorato de Daniel Scioli había podido ser leído por algunos como indicador de un futuro gobierno más orientado al consenso, por la otra, Cristina Fernández se había asegurado de estampar su “sello de garantía” en la vicepresidencia y la fórmula a la gobernación de la provincia de Buenos Aires: en caso de ganar el oficialismo, se podía especular sin demasiada osadía, la ex mandataria cercaría a un presidente Scioli con más incondicionales que reforzarían el poder de Zannini, es decir, su poder. Solo quedaba confiar en la capacidad del gris Scioli –y decir gris es casi un elogio– para controlar los raptos pseudo-jacobinos de una ex presidenta que, quien lo dudaba, haría lo posible por seguir controlando el bastón de mando. Y eso si uno estaba dispuesto a creer que la tibieza de Scioli era algo positivo. Después de todo, el aún gobernador bonaerense traía como respaldo una calamitosa gestión, una de las peores de las muchas muy malas que tuvo la provincia de Buenos Aires.

Y, sin embargo, quienes adscribían al kirchnerismo de manera no-secular intentaban persuadir indecisos a partir de esa garantía de radicalismo estampado por la jefa  en la fórmula de un candidato al que nunca habían visto como propio. Era la proyección de Cristina Kirchner vía Zannini lo que los impulsaba a militar por esa candidatura y les daba bríos para “melonear giles”: cual viejos marxistas, afirmaban con pocos matices que lo institucional, es decir, los derechos y garantías de la propia Constitución, era solo una coartada de “buenas formas burguesas”. Pura cáscara frente a la magnitud y esplendor de los logros conseguidos por Él y Ella –no es chicana recordarles que otro radicalismo, el fascista, usaba los mismos argumentos “anti-parlamentarios”–. Para ellos, era entonces mejor aceptar su concepción cada vez más transparente de la democracia como plebiscito antes que confiar en una “República” conducida por los Amarillos.

El patetismo de algunos gestos políticos y titulares no hace más que evidenciar el desierto de opciones

 

Sobre este último punto, sin embargo, vale aclarar que la apuesta a Mauricio Macri como garantía de un liberalismo republicano que pusiera coto al personalismo kirchnerista era solo cosa de quienes estaba dispuestos a creer en las garantías de figuras arrebatadas como Elisa Carrió. Pero aunque no hacía falta hacer futurología para saber que el respeto institucional y la apuesta por el consenso era pura ilusión del anti-kirchnerismo, lo cierto es que el marcado decisionismo era algo de lo que el kirchnerismo había dado ya cuantiosas pruebas. Vale recordar que, después del habitual manejo subterráneo de las presiones hasta aproximadamente principios del año 2008, el verticalismo se había vuelto proyecto explícito para el gobierno de la mano de una apelación al mayoritarismo; alcanza con recordar que, tras la aplastante victoria de 2011, surgieron enunciados como “Cristina eterna” y el “vamos por todo” de la propia presidenta, a los que pronto se sumaron fórmulas programáticas como “democratización de la justicia”, por caso. Tal como también había dicho la mandataria en una de las tantas oportunidades en las que pretendía que el país se detuviera para escuchar su Voz: “prefiero hablar de nación antes que de república”. Ahora bien, de ahí a pensar que Argentina corría el riesgo de convertirse en una analogía directa de la Venezuela de Maduro hay mucha distancia: la propia sociedad se había encargado en dos oportunidades (2009 y 2013) de marcar su rechazo a las claras ínfulas anti-liberales del kirchnerismo (aclaro, hablo aquí de liberalismo político, de derechos y garantías individuales).

“A pesar del desecanto de quienes están alejados de los dos extremos que dominan el escenario, no hay imaginación política que permita generar otras alternativas”

Con este racconto no pretendo “saturar” el rango de explicaciones sobre por qué, a pesar de su calamitosa gestión, el escenario electoral se muestra todavía propicio para Mauricio Macri (algo inédito en un país en el que ha sucedido de todo en materia electoral). Su figura, según las últimas mediciones, ha vuelto a caer tras un leve repunte en diciembre pasado, pero no hay una transferencia de voluntades hacia Unidad Ciudadana. La imagen de Macri cae, pero mantendría la mayor parte de su caudal electoral. El cerco de protección mediático (que claramente existe, pero al que el ego herido del kirchnerismo le confirere exagerada efectividad manipulatoria) no alcanza a explicarlo todo. Es cierto, un gobierno de Daniel Scioli, por heterodoxo que fuera su gabinete económico, habría heredado los mismos problemas económicos, pero Macri, como era de prever, terminó haciendo gala de su ortodoxia económica asimétrica, es decir, haciendo un ajuste para los de abajo y a la vez realizando un reparto de jugosos y lucrativos negocios regulados por el estado (reparto de negocios que, no está de más decirlo, favorece a la misma cúspide empresarial que también fue favorecida durante el kirchnerismo y antes de éste). La gestión de Cambiemos le sumó además a su “gradualismo que no fue” un exponencial endeudamiento y la subsiguiente timba financiera. Ante una crisis que igualmente se avecinaba, el PRO repartió salvavidas y botes tal como dice Spielberg que se hizo en el Titanic.

¿Una grieta? varias grietas
Lo cierto es que al temor anti-autoritario de algunos se suman otras razones de peso para que la “Cristina que ha madurado” de Alberto Fernández (y del militante “crístico” Juan Grabois) no reciba los votos. Aunque no se oponen a las otras razones, hay causas de mucho peso que están ausentes de la consideración de los grupos chats de WhatsApp clasemedieros o de los debates de los militantes de uno y otro polo. Pues además de la cristalizada en su momento por el duelo Lanata-678 durante el último gobierno de Cristina Fernández, también se produjo otra grieta, solo que esta no tuvo prensa ni peso en el imaginario que dominaba los debates: se trata del antagonismo existente entre los sectores de trabajadores no profesionales y el resto de los sectores populares.

Los rencores que existen entre los trabajadores formales o relativamente formalizados y quienes sobreviven de distintos tipos de asistencia social tiene, claro, tintes mucho menos pintorescos que los se reproducen en la mesa familiar de los sectores menos vulnerables. Es cierto que las clases medias y altas no se quedan demasiado atrás a la hora de juzgar a quienes tienen en los subsidios a sus principales ingresos, pero es entre los sectores trabajadores menos profesionalizados que se generan las más duras expresiones “anti-planeras”. Es, creo, el espanto a la cercanía de poder llegar a convertirse en lo mismo lo que produce un violento rechazo. Después de todo, alguien que recibe subsidios oficiales o está inserto en redes clientelares menos transparentes no es sino una persona cuya familia, cada vez más generaciones atrás, vivía de un empleo más o menos formalizado, pero siempre “digno”, como se decía entonces.

No es éste el espacio para intentar ahondar en explicaciones sociológicas, pero lo cierto es que, adyacente a esta problemática, está la del delito violento. Juzgado cínicamente durante años como “sensación” y como demanda proto-fascita por el kirchnerismo (y el progresismo en general), era y es entre los sectores trabajadores más vulnerables donde la demanda por “seguridad” se ha vuelto más radicalizada. No por justificar nada, sino con afán de poner en perspectiva la cuestión, hay que admitir que es en los barrios más vulnerables, mucho más que en los que retrata TN cuando recorre las mejores zonas del Conourbano bonaerense, donde se sufre lo peor del incremento del delito callejero. Tarde llegaron sobreactuaciones como las de Berni recorriendo escenas del crimen vestido de Rambo.

 

Desierto programático, ergo electoral

Mientras, las energías políticas de gran parte de la juventud y los sectores más intelectualizados se focalizan en las políticas de lo cotidiano y lo múltiple: género, sexualidad, etnicidad, ecología e incluso alimentación. Pero lo cierto es que estas demandas legítimas no decantan en formaciones con programas de acción amplios, que permitan superar su fragmentación. Para colmo, alejada hace tiempo del marxismo, la izquierda llamada cultural ha extendido el cuestionamiento al poder sobre territorios que aquél descuidaba, pero a la inversa de éste, parece incapaz de articular un discurso relativamente coherente para enfrentar una problemática tan acuciante como la de la cada vez más profunda desigualdad económica –aclaro que no intento aquí introducirme en la confrontación entre “vieja” y “nueva” izquierda. no hago aquí una reivindicación de la primera en desmedro de la segunda–.

El resto de la sociedad, alejado de estos debates o que solo siente rechazo por las nuevas demandas, parece por su parte no poder articular posición política más que la de la queja. No es para menos, las intensas horas de trabajo a las que estamos sometidos, el surgimiento a su vez de nuevas exigencias estéticas y de salud que ocupan agotadoramente el escaso tiempo libre y la progresiva pero efectiva instalación de la política como cuestión de técnicos (el votante-consumidor antes que el votante ciudadano) deja nulo espacio para la participación y imaginación política.

No parece quedar otra que ilusionarse con un ex funcionario relativamente exitoso como el ya mayor Roberto Lavagna. Aunque se deja usar por especuladores de todo tipo, se lo ve sin demasiado interés por asumir una presidencia, y mucho menos en estas condiciones. Cual tristes oráculos o peregrinos, dirigentes de diferentes colores partidarios intentan hacer de intérpretes o contagiarse del aura del veterano economista. Pero parecen tener que sacudirlo para que irradie esperanza. No es vano igualmente, ya que la sociedad alejada de los extremos K y M hace los suyo por esforzarse en leer señales hasta en el mal gusto para el calzado de verano del ex ministro de Duhalde y Néstor Kirchner.

La excepción a estas dos posiciones, claro, son los militantes convencidos de uno y otro de los polos que dominan el escenario. Pero, como ya sabemos, estos sectores ya han hecho sus apuestas. ¿Serán ellos entonces quienes dominen el escenario en medio del desaliento de la mayoría?

 

TL

 

 

 

 

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