Tomás LüdersLa “sociología espontánea” de la Ministra Acuña, ¿de quién es la pobreza cultural?

Tomás Lüders17/11/2020
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La “sociología espontánea” de la Ministra de Educación porteña, Soledad Acuña no es más que clasismo encubierto. Sus referencias semi-académicas no velan su desprecio. Seguramente una reacción a su fracaso como funcionaria. Replica sin dudas el desparpajo con que cierto sector social y político viene refiriéndose a algo que además de no saber, desprecia gestionar, después de todo, ya ha sido dicho, la escuela pública es algo en lo que se “cae” y que en algunos casos, como el universitario, es algo a lo que ciertos sectores sociales no deberían acceder… ¿para ellos entonces caridad en lugar de igualdad?. 

No tengo un conocimiento profundo de la realidad educativa en la ciudad más rica del país. Pero sí conozco testimonios y he leído lo suficiente como para comprender que en “CABA” corren las realidades del resto del país: la educación pública escolar ve erosionar sus recursos y su prestigio mientras la educación privada los absorbe y procesa de acuerdo a su lógica. Quizá, por la cantidad de recursos y por las particularidades demográficas de la Capital, el proceso sea más irregular y desparejo respecto al resto del país, como también debe ser irregular y desparejo al interior de la propia ciudad; una cosa debe ser lo que sucede con las escuelas públicas del norte y centro de la ciudad y una distinta lo que sucede con las del sur y el oeste. Pero para hacer tal consideración con precisión, resultaría necesario un buen análisis sociológico, uno que no sean excusas regadas de prejuicios como las exhibidas por Acuña.

Por eso genera tristeza, y mucha, que sean sus declaraciones tan denigratorias y penosas las que llevan a recordar todo lo que tienen para aportar la sociología y las ciencias sociales en general al estudio de la problemática educativa en Argentina. Aportes que permitirían analizar e interpretar, entre otras cosas, cómo juega la cuestión de clase en las clases.

Así las cosas, sobre el fin de un año que nos ha exigido tanto a los docentes, llego a recuperar lo ya hecho por una de las tantas cientistas sociales que todavía logran formarse en el mal financiado sector público universitario: el libro de Victoria Gessaghi, La educación de la clase alta argentina: entre la herencia y el mérito. Entre otros puntos, Gessaghi (que es una antropóloga capaz de usar la sociología de manera brillante) plantea cómo desde hace décadas las clases altas argentinas vienen privilegiando en su propia formación escolar y universitaria la reproducción de su capital simbólico, es decir los hábitos que hacen a su distinción jerárquica, por sobre el capital cultural ligado a los saberes humanísticos y técnicos, capital que podría llevar a una distinción simbólica algo más legítima o por lo menos más valiosa.

En consonancia con lo ya analizado desde el ensayo por grandes intelectuales, Gessaghi registra un fenómeno que se viene produciendo en nuestras elites desde hace varias décadas: el encierro “endogámico”, su retracción “defensiva” que anula el rol que tuvieron sus predecesores. Dejaron por ello de ser una “aristocracia” que podía llegar a pensar “desde” su clase pero “más allá” de sus intereses de clase. Como sostuvo hace ya muchos años José Luis Romero: la aristocracia argentina se habría espantado por lo que contribuyeron a crear, una sociedad plebeya como no había ni hay en el resto del subcontinente a partir de un proyecto que, con todos sus defectos y sesgos, fue capaz de generar igualdad de oportunidades, oportunidades generadas, entre otras cosas, a partir de una creación como la escuela pública a la que desde hace tiempo la propia clase alta le escapa y denosta –vale aclarar, por supuesto, que no todo fue apertura de parte de los sectores más acomodados, la Reforma Universitaria, entre otros hechos históricos memorables, es un testimonio de la resistencia al rechazo aristocrático a igualar la disponibilidad de capitales culturales como de modernizarlos en desmedro de su rancia reproducción ritual–.

Reconsideremos entonces el sesgo clasista con el que la funcionaria asocia sin mediaciones pobreza material a pobreza cultural, y utilicemos entonces el análisis de Gessaghi y algunos predecesores de para revisar la cuestión de “lo poco” que aportaría un docente de acuerdo a su “nivel socioeconómico”.

Si, como analiza a partir de un trabajo de campo muy riguroso Gessaghi, los rituales de clase han desplazado de la educación que los sectores acomodados se dan así mismos aquello que fue el pilar bajo el que se forjó la educación pública argentina, esto es, la idea ilustrada del saber, quizá entonces sean justamente esos sectores los que tienen cada vez menos para ofrecer en las todavía no reabiertas aulas.

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