Tomás LüdersAnálisis: No te preguntes..¡sé tu goce!

Tomás Lüders23/09/2018
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Radio con Vos, domingo 12.40 pm, entrevista a Médica Ginecóloga y Sexóloga.

El programa venía girando al rededor del gusto del conductor por los pies femeninos. Empezó así, espontáneo. No estaba guionado. Lo confesó, deduzco –he agarrado el programa ya empezado– a partir de una charla sobre si comprar zapatos online o no. Lo admitió sin previo aviso ni indagación, entre acomplejado y excitado. Columnistas y locutora lo siguieron sin vacilar. Primero las chanzas hacia él, después, todos confesando sus propios “fetiches” (la palabra surge rápido, aunque sin conexión aparente con el psicoanálisis)

… La nueva radio es así, el periodismo, el chisme y el exhibicionismo se mezclan sin previo aviso, ni distancia. Nada es en serio, pero tampoco nada es irónico. Es la era post-sarcasmo y pos-pudor (todos seguimos pasando por la Facultad de Sociales, pero los textos de Adorno y Horkheimer ahora se ojearían rapidito). Hoy se puede ser progre y disfrutar de un buen chisme. Un programa puede mezclar una investigación periodística (en esta caso, el secuestro y desaparición en 2003 del joven correntino Cristian Schaerer ) con algún “secretito” de algún “famoso” al que en seguida se le adosa el de alguno de los conductores y, después, claro, los de los oyentes, que ya no llaman, sino whatsapean. Si divierte más (¿si mide más?) el secretito que el tema que estaba previsto, los bloques se sucederán yendo y viniendo sobre la cuestión.

Llaman los oyentes, confiesan gustosos sus propios “fetiches” y placeres. Llega el cierre con la llamada de rigor desde el estudio a la especialista, y todo termina por el principio: “¿y por qué me gustan los pies?” la médica venía hablando sobre las nuevas formas de gozar, que si se disfrutan, “están (siempre) bien”, insistiendo en que no son tan nuevas, se despachaba sobre la píldora y el feminismo en los tardíos sesentas…, la pregunta, entonces, parece sorprenderla. El conductor, no buscaba una absolución anticipada, quería confesar ante el especialista clínico. Pero esta vez, en lugar de examinar, analizar y clasificar, se despachaba como una foucaultiana de la primera hora, perdonando por anticipado Urbi et Orbi.

Eh… porque sí, porque es cuestión de gustos, como pasa también con algunos a los que les gusta el vino y a otros la cerveza..(sic).” se ataja y nos ataja, “¡No patologicemos!” lanza sin siquiera habérsele puesto en cuestión lo afirmado (el “piso” se limitaba a escuchar al especialista, había terminado la hora de hablar, ya habían dicho, solo esperaban ser examinados).

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No hubo mención al psicoanálisis ni alguna otra ciencia que la definiera como sexóloga, sería porque no quiso clasificar nada. Pero sí que se clasificó el goce, aunque con el sentido simétricamente inverso al del viejo discurso clínico. Definirlo demasiado es “estigmatizar”, es atribuirlo a una “perversión” –aunque entre las entrevistas mediáticas a liberadores y abolicionistas de la normalización aparecen los neurobiólogos para atribuirlo todo a una cuestión de cerebros–.

Una fijación con los pies, parece, no tendría ahora nada que ver con la constitución del sujeto. Es como elegir entre vino o cerveza. Es un género (menor) de la poesía personal, entre los géneros mayores de la homosexualidad, la bisexualidad, el transexualismo, el pansexualismo y el demodé y muy cuestionado heterosexualismo monogámico. Todo es construcción, entonces…. ¿todo es elección a la carta? La cuestión nunca se aclara demasiado. Es como tomar vino o cerveza… según se prefiera. Porque, si no es liviana construcción, entonces sería imposición normalizante, entonces, entonces, ¡goza, goza y no te preguntes nada.

El psicoanálisis fue archivado en el museo de las ciencias que vigilaban y clasificaban. No se entendió que, tras hablarse de “perversiones” (palabra desafortunada, pero heredada) Freud y lo mejor del freudismo (no todo, es cierto) explicó como no pudo ningún otro que la pulsión sexual, a diferencia del instinto, no tiene destino. Que el destino se encuentra, aunque no se elige. Y que ese encuentro no es entonces ni antinatural pero tampoco natural. Abrió la puerta a la posibilidad de leer con qué se goza, no para corregirlo, ni mucho menos, sino para ver qué complicidades inconscientes tenemos con aquello de nuestro goce con lo que muchas veces sufrimos, y si es necesario, ¡por qué no! intentar cambiar los aspectos que convocan a la auto-destrucción y no al placer.

El psicoanálisis explica al goce también, al menos lo hacen los más lúcidos entre los analistas, no para clasificar y corregir, sino para explicar cómo se lo puede vivir, quizá, sin la necesidad de hacer de la “condición” sexual, el significante único sobre el que se estructura la identidad del sujeto público. Pero, por lo pronto se invita, a vivirlo, a hablarlo… pero no a leerlo. Entonces, entonces a la invitación le falta algo fundamental.

Hay que gozar, sí, claro (¿cómo no acordar?), pero ¿hay que hacer del goce, de cualquier goce, una identidad? Y otra pregunta, ¿Si es liviana construcción, poesía de la vida (vino o cerveza)…puede ser a la vez identidad? Parece que se pretende tenerlo todo en un solo movimiento: fijeza y fluidez identitaria.

Permítaseme decir que cierta convocatoria supuestamente liberadora, más que a la libertad, parece un llamado a la victimización como estado permanente. Y eso, eso no es libertad. Es hacer de la normalización el significante que rige la propia vida.

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