Tomás LüdersAlberto Fernández y el realismo peronista

Editor19/08/2019
Compartir esta noticia
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter

El consenso generalizado parece ser la aceptación de que no hay alternativa: solo puede gobernarnos el peronismo. Cuando parece que está por desaparecer, el justicialismo reaparece como el único partido capaz de ocuparse de las crisis que sus gobiernos inician y después empeoran sin solución de continuidad sus sucesores.

La mayor expectativa posible de la mayor parte de los argentinos es que el candidato designado por Cristina Fernández y elegido por la mayoría en las primarias que no fueron primarias encarne al “peronismo empírico”, según la definición de Carlos Altamirano. Que no sea la continuidad del “demoníaco populismo autoritario” de la propaganda electoral de Cambiemos, ni “el Capitán Beto” de los kirchneristas no seculares.

Ordo peronista

La esperanza es que Fernández se parezca lo más posible a un político capaz de garantizar una módica “paz y administración”, aunque solo sea una versión resignadamente justicialista de lo que supuestamente habría de encarnar Mauricio Macri tras el final poco feliz (en la opinión de las mayorías seculares) del cristinismo como etapa superior del kirchnerismo.

Una “paz y administración justicialista” que, ya se descuenta, incluirá a los gobernadores semi-feudales del NOA y el NEA, a los viejos jefes sindicales y a los viejos barones del conourbano bonaerense o sus sucesores como Verónica Magario –vale decir aquí que la intendenta de La Matanza es sin dudas el lado b de la imagen entre tierna y épica que ofreció Axel Kicillof recorriendo la provincia de Buenos Aires en su viejo Renault  Clio–.

“Nadie piensa en La República cuando el sueldo no alcanza”, repiten algunos analistas ad hoc en diferentes grupos de WhatsApp. La realidad es que al gobierno de Cambiemos parece haberle importado bastante poco también. Porque aunque el macrismo en el poder no llegó a coquetear con ideas anti-constitucionales como la de “democratizar la justicia” –es decir, acabar con la “ficción” de la justicia independiente y poner jueces partidarios– continuó con la vieja tradición de la zanahoria y el garrote para una Justicia Federal cuya base sigue siendo la montada por Carlos Corach.

El hecho de que algunos de los más impresentables funcionarios y empresarios del kirchnerismo terminaran presos o con extensas prisiones preventivas fue el resultado de la capacidad acomodaticia de los magistrados de Comodoro Py 2002, y no el resultado de un denodado trabajo por la mejora de la calidad institucional. Nada en Cambiemos, a pesar de las furibundas esperanzas de la Pasionaria chaqueña remedó siquiera los proyectos alfonsinistas post-dictadura. Según Carrió y sus acólitos, a juzgar por lo representado ante los micrófonos y atriles, estaríamos frente a un republicanismo de guerra, es decir, uno que tiene claudicar a corto plazo de lo que es para poder llegar a ser lo que es en el largo plazo.

Vamo’ a volvé

El retroceso de los indicadores económicos del kirchnerismo, agudizado en la etapa post-Néstor Kirchner había sobrevenido en un incremento de la mística y la paranoia militante. La base fuerte del kirchnerismo, ahora cristinista, tuvo su abril entre 2011 y 2015. El final sin entrega de los atributos presidenciales y con una Plaza de Mayo empoderada desde arriba hacia abajo por la líder fue el acto final y su apoteosis.

El Macrismo de 2018-2019 fue el reflejo de signo inverso de ese cristinismo. Tras una gestión económica calamitosa (mucho más calamitosa que la de su antecesora), el gobierno de Cambiemos apostó todo al trauma de ese recuerdo. Y fracasó estrepitosamente.

La soberbia de un Macri obcecado con los delirios traducidos en datos del monje negro-asesor Jaime Durán Barba, siempre mediado por el fiel Marcos Peña, llevó al jefe de Estado a creer que una gran parte de su base electoral (la que se afinca en una clase media que es más una cultura que una franja en la escala de ingresos) aceptaría el canje de bienestar económico por la compensación simbólica de participar de la lucha casi sacrificial por una república real y una economía que recompensa el mérito por sobre el acomodo o supuesto acomodo. Para el resto menos convencido, tenía que alcanzar con la inversión de la fórmula de Carlos Menem en las elecciones de 1995: del “yo o el caos (económico)” menemista al macrista-carriotista “yo o el autoritarismo”. La circulación de videos de militantes ultra en Suiza gritándole a Macri “vamo’ a volvé” y “te queda poco porque vuelve Cristina” parecían mejor advertencia que cualquier spot de que pudiera ofrecer el equipo de campaña del Gobierno. Pero el rechazo que pueden generar jóvenes universitarios jugando a ser la voz irredenta del Pueblo fue sobreestimado.

La jugada de Cristina Kirchner de terminar por asumirse como una líder de referencia más que una líder de territorio y negociaciones (el rol que siempre le quedó más cómodo), una suerte de líder espiritual en funciones, eligiendo para ello al único ex funcionario kirchnerista capaz de presentarse como independiente de su control, terminó siendo la última piedra sobre el sueño reelectoral macrista.

Solo el espectacular pifie de las consultoras de opinión pública (un pifie en el que parece haberse mezclado tanto engaño como autoengaño) no terminaba de confirmar lo que ya se encaminaba a ser un hecho. Antes del domingo 11 de agosto, incluso los periodistas y analistas críticos del Gobierno no dejaban de ponderar el profesionalismo de la campaña de Juntos por el Cambio frente a lo que se pintaba como un proselitismo casi amateur del Frente de Todos. El consultor ecuatoriano se había vendido como un infalible manipulador de demandas a través del fulgurante fetiche del control del big-data vía micro-segmentación. El oficialismo era incapaz de gobernar, pero era el mejor para ganar elecciones, se aceptaba. En un país que se vuelve a repetir a sí mismo, nadie conectaba los puntos que llevan de Durán Barba y Marcos Peña al publicita Agulla y a Antonito De la Rúa. La fascinación por lo nuevo parece ser la actitud más vieja del mundo.

Así las cosas, hoy discurrimos por una larga transición en la que quien resultará electo es apenas candidato y quien debe encarar un gobierno de transición y emergencia es alguien que se dedicó un lunes 12 a arrojar más combustible al fuego y un martes a anunciar medidas de neto corte electoralista.

Entre tanto, los posteos celebratorios del batacazo incluyen perlitas proto-fascistas como el pedido de un “Ministerio de la Venganza”. Del otro lado, aún insisten con afirmar que Alberto Fernández será el mascarón de proa de un nuevo desembarco de La Cámpora en el poder.

Pero las  expectativas de partidarios más sensatos y de una mayoría del electorado es que el ex jefe de Gabinete sea alguien capaz de acercarnos lo más rápido posible a la mezquina normalidad de siempre. Porque, como reza el adagio argentino: “qué bien que estábamos cuando estábamos mal”.

(TL)

 

https://www.venado24.com.ar/archivos24/uploads/2019/07/ESTEVEZ-BANNER-WEB-OKEY.gif