La doctora en Educación y magíster en Ciencias Sociales Carina Kaplan estuvo de visita el pasado sábado en la sede gremial de Amsafe General López con la propuesta de una charla-taller denominada: “El poder de los afectos en la escena escolar”, una actividad que, desde la entidad gremial, se ofrece de manera gratuita para sus afiliados, apostando a la capacitación como herramienta de cambio.
En tiempos donde la dimensión socioafectiva en la escuela está tan en boga dentro de los discursos oficiales, Kaplan plantea un ejercicio pedagógico donde “la escuela se transforme en un refugio emocional” y sea posible considerar las heridas sociales de las familias de los estudiantes que habitan esas aulas.
La reconocida especialista propone que la escuela recupere el lugar de reparación histórica de los sectores más vulnerables y desmitifica el concepto de violencia como componente individual o hereditario. Asimismo, invita a reflexionar sobre el dolor social como disparador de los efectos de violencia dentro de las escuelas.
“No se trata de evitar el sufrimiento o negarlo, como ocurre en las redes sociales, donde hay un mercantilismo de la felicidad, donde es posible consumir felicidad como comprar una Coca-Cola, sino de mitigar ese dolor, generar redes de contención, ofrecer herramientas que ayuden a nuestros estudiantes a superar esas instancias y seguir avanzando; porque es posible pensar una escuela que repara vidas”, resaltó.
En un repaso histórico, Kaplan señaló: “La escuela moderna nació con la idea del castigo físico como ejemplificador. Los maestros golpeaban a sus alumnos y eso estaba socialmente aceptado. Por esa razón nos cuesta tanto pensar que la violencia, cualquiera sea su índole (física, verbal, psicológica), debe estar desterrada de la escuela”.
Para la especialista, “la violencia se mide por el efecto de daño subjetivo que produce en quien la recibe, no importa si es un apodo, un golpe o un destrato” y añadió: “La mayoría de la violencia en la escuela es simbólica, porque es menos evidente e invisible”.
A modo de cierre, dijo: “Es posible vivir momentos de felicidad en la escuela. Los maestros son quienes tienen el poder de derrumbar los muros afectivos simbólicos que construyen las microviolencias. Cuando un niño o joven se autolesiona, está pidiendo ayuda a gritos” y concluyó: “El afecto tiene el poder de transformar. La escuela puede y debe validar y amparar a los niños y jóvenes, porque es el lugar donde es posible no sentirse solo”.







