Y uno está ahí, llorando. Llorando como un chico, o como si estuviera en el velorio de un familiar querido. Pero no hay dolor, sino emoción, desahogo y la certeza de estar viviendo uno de esos momentos que se marcan a fuego en la memoria. Los que abrazan la racionalidad dirán que uno es un estúpido, que no puede tener ese comportamiento por un simple partido de fútbol, que el DNI delata 36 años que...