Columnista invitadoMundoHabilitar el esparcimiento: de la infantilización a hacerse cargo

Tomás Lüders26/04/2020
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Por Federico Baldomá (1) y Tomás Lüders (2)

“En tiempos donde nadie escucha a nadie

En tiempos donde todos contra todos

En tiempos egoístas y mezquinos

En tiempos donde siempre estamos solos

Habrá que declararse incompetente en todas las materias del mercado

Habrá que declararse un inocente o habrá que ser abyecto y desalmado

Yo ya no pertenezco a ningún ismo me considero vivo y enterrado

Tendré que hacer lo que es  no debido Tendré que hacer el bien y hacer el daño

No olvides que el perdón es lo divino

Y errar a veces suele ser humano”

Al lado del camino (Fito Páez, 1999)

Hace algunas semanas pensábamos desde este espacio en la necesidad que tiene una sociedad que atraviesa una profunda crisis de una voz clara y nítida que la ordene, entregando como precio la suspensión de ciertas libertades, poniendo en stand by casi todos los reclamos. Será que es solo la voz de un Gran Otro (un sucedáneo permanente del Padre) lo que permite reordenar el sentido de la realidad cuando algo escapa a lo que hasta entonces se lo daba.

Es, claro, un pedido con doble filo. Máxime si hablamos de una sociedad que, con todas sus particularidades, se forjó bajo la máxima occidental de que la vida y la libertad de cada individuo es sagrada.

Así las cosas, a la vez que necesitamos de un mensaje claro y seguro, en tiempos de “nuevas pestes”, la regla es la duda.

A la vez, aunque están quienes parecen dispuestos a creer y obedecer sin cuestionar y quienes estaban dispuestos desde el vamos a lo inverso (la continuación de la grieta por otros medios), lo cierto es que quienes orbitamos entre un extremo y otro (¿la mayoría de nosotros?), más que habitar el “justo medio”, parecemos pendular entre reclamar directrices inequívocas y desconfiar de las sentencias cerradas…. después de todo, como dice el músico rosarino haciéndose eco de Alexander Pope, lo más humano es errar. Y la Ciencia, la gran voz detrás de la voz presidencial, ha construido sus certezas –si acaso tiene alguna- sobre la base del ensayo y el error.

Lo cierto es que ahora “la voz” aparece habilitando el esparcimiento, bendito sea Dios o… el Cosmos.

Creemos desde aquí que este esparcimiento que el Gobierno nos lo está concediendo tiene un triple sentido: está “abriendo la puerta para salir a jugar”,  pero esparcidos, es decir con gran distancia. Y tal vez esparciendo, es cierto que de manera lenta y administrada, al propio virus. De esta forma, la famosa la curva comenzaría lentamente a “desachatarse”. Después de todo, una condición necesaria para que alguna vez terminen los contagios es que alguna vez empiecen… Ya hemos dicho antes que el mejor escenario posible no es el de la población sin contacto con este agente ubicuo sino uno en el que se permite (¿nos permitimos?) la lenta propagación administrada, en la que la mayor parte de la población va adquiriendo inmunidad y en el que el más bajo porcentaje que requiere atención (adultos mayores, personas con enfermedades respiratorias y otros grupos de riesgo) podría acceder a ella de manera segura y eficiente, evitando reproducir los dantescos cuadros que vimos llegar desde Italia, Guayaquil o Nueva York.

La cuestión pasa por la infantilización que esto implica. Después de todo, lo que se ha llamado práctica de la biopolítica parece exigirla. Pues, como bien supo analizar Michel Foucault, el anverso de las libertades individuales que tanto valoramos al oeste del mundo fue el surgimiento en paralelo de la administración gubernamental de la vida de las masas. Y en masa, ni el hombre ni la mujer tienen ciudadanía, sino que son solo una parte de un “gran organismo” que se debe mantener saludable.

Pero sucede que cuando la infatilización que supone la biopolítica se evidencia, nos emerge el ciudadano que exige que se lo trate como a un adulto. Fue lo que aconteció en Buenos Aires con el colectivo más añoso de la ciudad capital; allí “la gran Voz local” retrocedió respecto de su pretensión de obligar a los adultos mayores a pedirle permiso (¡a través de teléfono!) para salir a la calle. La cosa terminó, patéticamente, en una mera sugerencia. Papá retrocedió ante el pataleo de quien exige ser tratado como adulto.

¿Qué sucedería sin embargo si la Voz presidencial hiciera explícito ante el ciudadano que es necesario un lento esparcimiento del virus? ¿Qué emergería de nosotros, el “libertario” o quien pide ser protegido y cuidado como un niño….? Quizá, nuevamente, oscilaríamos entre una cosa y otra.

La paradoja es que los infantes verdaderos, con poco riesgo de complicarse pero alto de contagiarse, contagiar y complicar, evidentemente no tienen otra opción más que obedecer, por lo que el espacio público (o lo que queda de él) se ha vuelto completamente adulto o, para ser más fieles a nuestros conceptos, mayor de edad.

En la calle no hay un solo niño. Hasta hoy. Veremos cuánta madurez demostrará la sociedad argentina para poder ir asumiendo este nuevo permiso que apela de manera contundente a las condiciones personales y comunitarias más relacionadas con la adultez: la responsabilidad de poder hacerse cargo de las propias acciones y sus consecuencias. Pero, no casualmente, parece ser justamente éste el aspecto de las libertades individuales que más nos cuesta asumir por estos lares.

Queda pendiente la tarea irrenunciable de volver a reclamar esos derechos momentáneamente cedidos al Estado. Deberá hacerse cuando esta situación de obligada excepción se termine, pero sin ni un minuto de demora. Después de todo, como alguna vez dijo Emanuel Kant, el camino para poder seguir “siendo grandes” es hacer lo correcto… pero emancipados de la Voz del padre.

(1) Médico Especialista en Clínica Médica, staff del servicio de CM del Hospital Gutiérrez.

(2) Profesor de Sociología y Semiótica en los diferentes niveles educativos. Colaborador habitual de Venado24.

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