Los habituales lectores de esta columna que tratamos de escribir, aunque no respetemos la periodicidad, todos los domingos desde la creación de Venado24, allá por el 2011, son testigos de nuestra constante reivindicación de una mayor representatividad de Venado Tuerto y del departamento General López en los debates provinciales y nacionales.
Es que el sur profundo de la provincia, más allá de su fuerte aporte al producto bruto nacional y provincial -gracias a la generosidad de sus tierras, en pleno corazón de la Pampa Húmeda-, históricamente ha sido una región postergada y escasamente tenida en cuenta en los debates de las grandes ligas.
Utilizando una alegoría quizás forzada, podríamos sostener que acá producimos granos y cereales, pero no hemos logrado producir, en la misma proporción, grandes dirigentes. La casi nula representatividad de la región resultaba por demás llamativa.
Pero algo empezó a cambiar en los últimos años. No solo logramos tener un gobernador oriundo de Hughes, sino que hoy contamos con una sobrada representación de la región en la administración santafesina. Nunca antes en la historia habíamos tenido tres ministros provenientes del sur santafesino, como Lisandro Enrico, Silvia Ciancio y Gustavo Puccini, ni dirigentes encabezando instituciones nacionales de peso.
Algunos ejemplos al respecto son: la presidencia de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires a cargo del venadense Adelmo Gabbi; la presidencia de Carlos Castagnani (recientemente reelegido) al frente de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA); la también reciente elección de Jorge Sola como uno de los integrantes del triunvirato que conduce la CGT nacional; y ahora, desde el viernes, la asunción del intendente de Venado Tuerto como presidente del Comité Nacional de la Unión Cívica Radical (UCR).

Nunca antes en la hístoria, Venado Tuerto y el departamento General López tuvieron semejante representación en las grandes ligas. Un colega y amigo de Rosario me envió un mensaje de texto sintetizando el espíritu de época con la contundente y provocadora sentencia: ¡Venado Tuerto al poder!
Claro está que habrá que ver hasta dónde dicha representatividad logra traducirse en beneficios concretos para nosotros, los habitantes de esta región. A nivel provincial, al menos en parte, algo de eso se vislumbra con la importante cantidad de obras públicas en marcha.
Los desafíos de Chiarella
Fue fuerte el impacto de la elección del mandatario local como titular de la UCR nacional. Más allá de lo alicaído que se encuentra dicho partido, vale recordar que es la fuerza política con más años de vida en la historia argentina. Además, el mismo lugar que hoy ocupa el venadense alguna vez fue ejercido por figuras como Marcelo T. de Alvear, Hipólito Yrigoyen y Raúl Alfonsín, entre otros.
A su vez, es de destacar que Chiarella se convirtió en el presidente más joven de los 134 años de historia del radicalismo, superando al cordobés Gabriel Oddone -quien asumió con 41 años tras la muerte de Marcelo T. de Alvear en 1942-, seguido por Hipólito Yrigoyen, que llegó al cargo con 45 años en 1897.
Como sea, es la primera vez que un dirigente de Venado Tuerto alcanza un cargo partidario de esta magnitud. Hace treinta años, cuando también era intendente de la ciudad, Ernesto De Mattia fue presidente del Comité Provincial de la UCR; mientras que Ricardo Spinozzi y José Freyre supieron ocupar el cargo de secretario general del Partido Justicialista de Santa Fe. Pero nunca un venadense llegó a un lugar tan significativo dentro de un partido con tanta tradición histórica.
Chiarella obtuvo 81 votos en un plenario que contó con la presencia de figuras como Gerardo Morales, Gustavo y Juan Pablo Valdés, y Maximiliano Pullaro, quien lo propuso para el cargo. Sin embargo, su designación no fue unánime: los delegados de Mendoza y Chaco, disconformes con la estrategia de llevar al partido hacia Provincias Unidas, ni siquiera ingresaron al plenario. Alfredo Cornejo, gobernador mendocino, expresó públicamente su rechazo a esta orientación, dejando en evidencia, desde el primer día, las profundas divisiones que el ahora nuevo presidente de la UCR deberá enfrentar.

Una UCR al borde del abismo
Claro que todos estos datos y pergaminos no lo eximen de la tarea titánica que le espera. Chiarella asume la presidencia de un partido que atraviesa su peor crisis desde el retorno de la democracia. Los números son contundentes y despiadados: tras las elecciones legislativas de octubre de 2025, la UCR pasó de tener 26 diputados nacionales a solo seis, el número más bajo en su historia centenaria. De las 14 bancas que ponía en juego, apenas renovó cuatro.
El panorama en el Senado no es mejor. El partido perderá cuatro senadores y el bloque se encuentra al borde de la ruptura permanente, dividido entre quienes quieren colaborar con el gobierno de Javier Milei y quienes se posicionan como oposición. Esta crisis no es solo numérica: es, sobre todo, una crisis de identidad, que fragmentó al partido en múltiples bloques y corrientes internas que apenas logran dialogar entre sí.
En provincias como Buenos Aires, que concentra el 40% del electorado nacional, la UCR fue a las elecciones de 2025 sin lista propia, un hecho inédito que refleja la magnitud del desastre organizativo. En Catamarca, la conducción partidaria pidió la expulsión de 40 dirigentes que fueron candidatos por La Libertad Avanza. La sangría de cuadros hacia el oficialismo libertario es constante y amenaza con dejar al radicalismo sin dirigentes con proyección nacional.
Chiarella no tendrá una tarea sencilla. Deberá decidir el rumbo del partido: o se pliega a la lógica de los llamados “radicales con peluca”, como los gobernadores de Chaco y Mendoza, Leandro Zdero y Alfredo Cornejo -ambos ausentes en su elección-, o intenta reconstruir al radicalismo como un verdadero partido de oposición.
En el medio tendrá la presión de los cinco gobernadores y de los más de 500 de intendentes radicales que querrán mantener su pedazo de la torta, y de los conversos como Luis Petri que, siguiendo una vieja y lamentable tradición del partido centenario, terminan convertidos en burócratas, más interesados en un cargo que en un proyecto político.
La UCR tiene hoy la posibilidad histórica de volver a ser un partido competitivo a nivel nacional, dejando atrás el traumático final del gobierno de Fernando de la Rúa. Para ello deberá definirse con claridad como una fuerza opositora; de lo contrario, corre el riesgo de ser fagocitada por el poder del gobierno nacional o por el avance libertario, como ya le está ocurriendo al PRO.
En ese sentido, resulta imprescindible que se despegue de ese reflejo histórico que atraviesa al radicalismo: la tentación de negociar -en el mejor y en el peor sentido del término- con los gobiernos nacionales de turno, con el único objetivo de preservar sus bastiones municipales y provinciales, su principal fortaleza territorial.
La UCR debe romper con ese síntoma y posicionarse como un partido opositor con identidad y programa propios. Con un peronismo/kirchnerismo en retirada y un libertarismo que hoy luce exultante -pero que, como todo fenómeno político, también tendrá su ciclo de desgaste-, contar con una posición clara resulta crucial. Estar preparados para convertirse en la alternativa contracíclica aparece como la estrategia más sensata, aun cuando eso implique perder alguna de las cinco provincias o las numerosas municipalidades que hoy gobierna el partido. El costo de no hacerlo podría ser aún mayor.
Intentar subirse al triunfalismo libertario sería hoy un error grave, como también lo sería sostener una oposición tibia, ambigua, incapaz de definir con claridad qué apoya y qué rechaza. De hecho, pronto deberán enfrentar el desafío de decidir qué postura adoptar frente al proyecto de reforma de la Ley Laboral que Milei enviará al Congreso.
Más allá de aceptar que la legislación laboral necesita ser actualizada —negarlo sería necio—, acompañar sin discusión, o con cambios cosméticos, un proyecto regresivo y profundamente desequilibrado, podría marcar el principio del fin del sueño de la UCR como alternativa futura. Peor aún sería convalidar iniciativas, más polémicas, como la eventual reforma educativa o tributaria en los términos que hoy se anticipan.
Para ello, los boinas blancas deberán dejar de definirse exclusivamente por su antiperonismo y volver a ser coherentes con su identidad histórica como partido popular, democrático y progresista. Y cuando hablamos de progresismo, hablamos de recuperar su sentido histórico del término, no de la banalización a la que fue sometido en los últimos años

El tiempo juega a favor
Chiarella cumplirá 37 años la próxima semana. En su discurso de asunción, con emoción visible, declaró: “Muchos decían que esto es agarrar una papa caliente. Este es el desafío más hermoso de nuestra vida política“. También enfatizó: “Sentarme en el mismo lugar que alguna vez ocuparon Alem, Yrigoyen, Balbín o Alfonsín es el mayor desafío de mi vida política. La UCR es el partido que amo, que llevo en la sangre“.
No hay dudas de que llega al cargo con credenciales sólidas: los medios de comunicación nacionales se encargaron de destacar que fue reelecto intendente de Venado Tuerto con más del 80% de los votos, gobierna con superávit desde hace seis años y fue reconocido como uno de los 30 intendentes más innovadores de América Latina por la Red de Innovación Local. Sin embargo, gestionar un municipio exitosamente no es lo mismo que conducir un partido nacional en crisis existencial.
Si hay algo que Chiarella debe tener en cuenta es justamente su edad. Tiempo para hacer carrera política le sobra. Por eso tendrá que aprender a cultivar el camino de la paciencia estratégica. Su desafío no es solo evitar que la UCR desaparezca del mapa político nacional -algo que hoy parece una posibilidad real-, sino sentar las bases para una reconstrucción de largo plazo.
El venadense tiene dos años de mandato al frente de la UCR. Dos años que pueden marcar el inicio de una reconstrucción histórica o el certificado de defunción de uno de los partidos más importantes de la historia argentina. El tiempo, efectivamente, le sobra. La pregunta es si sabrá usarlo con inteligencia política.
Foto de portada: gentileza Nico Vilchez







