Mauro CamillatoOpiniónVacuna: culpa, desigualdad y privilegios

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El miércoles por la tarde recibí la notificación, me esperaban en el Hospital Alejandro Gutiérrez el día siguiente a las 9.30 para vacunarme. Es raro, estaba ansioso por vacunarme, pero en ese momento mientras leía el correo electrónico que me citaba, algo me hizo ruido.

A pesar que me corresponde, según las normativas vigentes, por ser director de una institución educativa y que “no me adelanté en la fila”, sentí cierta culpa. ¿Por qué me vacunan a mí y no primero a mi vieja que ya tiene 80 años? ¿Por qué a mí y no a otras personas con más riesgos que yo? Encima, en los pasillos del Hospital mientras aguardábamos que nos llamen para inocularnos, me crucé con otra docente que me contó su desesperación. Su hijo de solo 28 años fue trasplantado de un riñón y necesita urgente ser vacunado. “Él no puede agarrarse Covid”, repetía la preocupada madre una y otra vez.

Llegó el momento, la enfermera me llamó y fui, me senté en una silla dispuesta para la ocasión y ahí nomás sin mediar palabra alguna la fina aguja fue introducida en mi brazo izquierdo. Después la misma enfermera me acercó un pequeño trozo de algodón que había sumergido en alcohol y me pidió que lo sujetara en el lugar del pinchazo.

Así me quedé unos segundos, hasta que me indicó que ya me podía retirar y esperar 10 minutos sentado en otras sillas que estaban a escasos pasos del lugar. Me dijo que era por precaución, por si tenía algún efecto adverso.

Creo que no fueron más de cinco minutos los que estuve ahí, mi ansiedad me pudo, no sentía ninguna molestia ni nada que me alertara, así que me levanté y me fui. Al fin y al cabo, tenía que seguir trabajando.

Me volví a mi oficina, lo que restó de la mañana lo pasé como todos los días, ninguna novedad, nada que me cambiara mi rutina. Solo que ahora estaba vacunado y había comenzado (me falta la segunda dosis) mi proceso de inmunización para el maldito bicho.

Coincidentemente ayer se cumplió un año del primer caso detectado en la Argentina, un año que todos sentimos que en parte lo perdimos. Un año que no disfrutamos de encuentros con amigos, un año en el que no hubo abrazos fraternos, ni siquiera una mano estrechada, menos aún: un beso. Un año donde la vida nos cambió para siempre, un año donde una gran parte de los habitantes de la Argentina (y el mundo) volvieron a perder. Siempre pierden los mismos, a pesar que en un principio nos querían hacer creer que la pandemia nos igualaba a todos, la realidad nos volvió a demostrar que no. Otra vez los más desvalidos, los que menos tienen fueron los principales sufrientes.

Siempre pierden los mismos, a pesar que en un principio nos querían hacer creer que la pandemia nos igualaba a todos, la realidad nos volvió a demostrar que no

Tampoco la vacunación nos iguala, me siento un privilegiado. La culpa me agobia, aunque que (repito) “no me adelanté en la fila”. ¿Sentirán culpa los vacunados vip? Un amigo me da la respuesta: “No creo, están habituados a los privilegios y por lo tanto lo viven con naturalidad”.

Seguí mi día como siempre, otro amigo al que hace mucho que no veía (otra vez la pandemia como la culpable) me llamó, me invitó a tomar un café al paso y a charlar unos minutos. Fui, seguía dándome vueltas en la cabeza la idea de sentirme un privilegiado y necesitaba hablar con alguien más. (Uno busca en el otro la respuesta que no puede encontrar por sí mismo. Y para eso, al final, están los amigos).

Nos sentamos en la vereda del café ubicado en la zona céntrica de Venado Tuerto. Fueron no más de 20 minutos, cada uno tenía que seguir con sus rutinas laborales.

Intentamos ponernos al día sobre nuestras vidas, no es fácil en tan poco tiempo. También hablamos de política, a los dos nos interesa la política y de todo un poco. Al final en las conversaciones de bares siempre se charla de todo, es decir de “nada”.

Ahí estábamos con un café de por medio encerrados en nuestros mundos, pero las interrupciones fueron varias. Primero una nena de no más de 13 años o quizás menos (no soy bueno para calcular edades) nos quiere vender unas biromes, dos por $250. Le decimos que no, son muy berretas las biromes. Insiste, sus ojos trasmiten tristeza, la culpa (otra vez la culpa). Le compro.

Seguimos, intentamos retomar la conversación, ahora nos interrumpe una mujer de alrededor de 40 años o más, nos ofrece unos barbijos (el objeto que tristemente se puso de moda en esta pandemia), le respondemos que no. Los dos tenemos nuestros barbijos a mano. También insiste, nos muestra otras cosas que vende, ni siquiera logro ver qué nos ofrece, habla como balbuceando, no le entendemos. Esta vez no le compramos, se fue mascullando bronca, creo que nos echó una maldición, parecía que era gitana (los gitanos siempre te maldicen).

Otra vez tratamos de volver a nuestra charla, pero no pasaron más de dos minutos y ahora apareció otra mujer, también de unos 40 años (les dije que no sé calcular demasiado las edades), esta vez no nos vende sino que solo nos pide una ayuda.

Gente desesperada, tratando de ganarse el mango como sea o directamente pidiendo. Otra vez me sentí un privilegiado.

El tiempo se nos fue, no pudimos hablar demasiado. Al final sentarse en la vereda no parece ser la mejor idea. Nos saludamos, nos prometimos volver a juntarnos pronto, siempre lo hacemos, aunque después casi nunca lo cumplimos.

Antes de despedirlo, le pregunté si lo habían vacunado, me respondió que sí, es psicólogo y también le corresponde como personal de salud. Insistí, casi obsesionado con el tema: “¿Y a tu mamá?”. Me dijo que no.

Ya pasaron un par de días de mi vacunación, dejé abandonado el relato, al final fue solo catarsis, no pensaba publicarlo. Pero hoy me senté en mi PC e ingresé al Monitor Público de Vacunación, la web que el Ministerio de Salud armó posterior al escándalo que culminó con la eyección de Ginés González García, y repaso los números. Llegaron a nuestro país hasta ahora 2.237.310 dosis y se aplicaron 1.472.510. A la vez, detallan que 1.133.362 personas recibieron una de las dosis, mientras que solo 339.148 las dos, o sea ya estarían inmunizados.

Hoy es sábado, los números no se mueven, nadie, parece, vacuna durante un fin de semana. En Venado Tuerto seguro que no. El bicho no para los fines de semana

Hoy es sábado, los números no se mueven, nadie, parece, vacuna durante un fin de semana. En Venado Tuerto seguro que no. El bicho no para los fines de semana, anda por ahí, y por más que ahora esté algo calmo, sigue haciendo daño. Acá nomás, en zonas de Brasil, el sistema de salud colapsó. Además, se acerca el otoño/invierno, habría que recordar que sucedió en Europa en esa época del año.

Saco cuentas: somos casi 45 millones de habitantes, solo una ínfima parte estamos vacunados con la primera dosis, mucho menos aún con las dos. No entiendo por qué tenemos 764.800 dosis en los freezers y paramos el operativo durante el sábado y el domingo.

De todos modos, formo parte de los 1.133.362 que recibió la primera dosis, soy un privilegiado. Aunque hay 339.148 que fueron inoculados con la segunda, o sea son más privilegiados. Y hay otro grupo, que son más privilegiados aún (la palabra adecuada sería inmorales), aquellos que se adelantaron en la fila, los vip, que vaya a saber cuántos son en realidad.

Mientras, mi vieja, la madre de mi amigo, el hijo trasplantado de la docente y tantos otros siguen esperando, en este caso la vacuna. Muchos más aguardan que alguna vez la vida sea más igualitaria.

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