El inesperado contrapunto entre el senador provincial por el departamento San Cristóbal y presidente de la Cámara Alta, Felipe Michlig, y el ministro de Obras Públicas, Lisandro Enrico, aparece como un cruce de titanes difícil de interpretar. Para agregarle protagonismo a semejante disputa hay que destacar que Michlig, a partir del pase de Gisela Scaglia a la Cámara de Diputados nacional, se convirtió en virtual vicegobernador y además (un dato no menor) es, a la vez, el presidente de la UCR santafesina. Este último dato adquiere especial relevancia si se considera que el titular de la UCR nacional es el intendente de Venado Tuerto, Leonel Chiarella, un dirigente estrechamente alineado con Enrico. En ese marco, el conflicto puede leerse como una tensión entre las máximas referencias del radicalismo a nivel provincial y nacional. Traducido: un escenario potencialmente escandaloso.
Por eso lo sucedido termina siendo de una gravedad institucional inconmensurable, además de un golpe autoinfligido para un gobierno de Maximiliano Pullaro que viene haciendo malabares para evitar internas en la heterogénea alianza que lo llevó a la Casa Gris. Para colmo, el cimbronazo no provino de sus socios socialistas -que han acompañado en silencio medidas alejadas de su tradición ideológica, como el conflicto con el sector docente- ni del PRO, hoy alineado a nivel nacional con La Libertad Avanza, sino del propio riñón radical.
De todos modos, no sorprende lo sucedido remite a una constante en la historia del radicalismo: el internismo es la sangre que corre por sus venas.
Los antecedentes sobran. Alguna vez fue el propio Hipólito Yrigoyen quien sufrió el enfrentamiento con su correligionario Marcelo T. de Alvear, que tuvo como consecuencia la histórica división del partido en la segunda década del siglo XX entre personalistas (yrigoyenistas) y antipersonalistas (alvearistas).
O el cruce entre Ricardo Balbín y Arturo Frondizi, que también provocó la ruptura de la Unión Cívica Radical (UCR) en 1956, dividiéndose en la UCRP (Balbín, línea dura antiperonista) y la UCRI (Frondizi, línea desarrollista). El punto de inflexión fue la búsqueda de votos peronistas por parte de Frondizi para ganar las elecciones de 1958, tras pactar con Juan Domingo Perón, superando a la fórmula de Balbín. También, ya en tiempos más recientes, Raúl Alfonsín sufrió el embate de los radicales de Córdoba. Y, luego, fue Fernando De la Rúa quien en su paso por la presidencia sufrió al propio Alfonsín; la tensión alcanzó su punto crítico en diciembre de 2001, cuando fue él quien, junto a Eduardo Duhalde, orquestó la salida anticipada del gobierno de la Alianza ante la crisis social y financiera.
A escala local, Venado Tuerto tampoco fue ajeno a estas dinámicas. De hecho, tuvieron el logro de contar con el primer intendente de la renacida democracia, y a poco de asumir Ernesto De Mattía, su estilo personalista le hizo ganar fuertes enemigos dentro del mismo partido, que llegó a dividirse en tres sectores contrapuestos, que en esos momentos se reconocían con distintos colores. Tal fue la interna que los propios radicales eran más opositores que los otros partidos políticos. Posteriormente, luego de dejar la intendencia (fueron tres períodos consecutivos desde 1983 hasta 1994), la disputa se trasladó entre los sectores que encabezaba el propio De Mattía y el recordado Domingo Savino. Tras el fallecimiento de este último en un lamentable accidente de tránsito ocurrido en febrero de 2002, el legado lo tomó Lisandro Enrico.
De hecho, el arribo de Pullaro a Venado Tuerto fue bajo la bendición de De Mattía para disputar espacios con el actual ministro de Obras Públicas. El tiempo cicatrizó las heridas y Enrico y Pullaro se convirtieron en una dupla inseparable. “No hay que hablar de internas, yo tengo un solo líder que es Maximiliano Pullaro”, dijo el propio ministro en declaraciones a Venado24, respondiendo a la crítica lanzada por Michlig.
En definitiva, fue Leandro Alem quien puso en palabras este síntoma que atravesó al partido en su historia: “Que se rompa pero que no se doble”, dijo alguna vez. Marcelo T. de Alvear fue más explícito: “Los radicales somos así; no siempre estamos de acuerdo, y cuando no lo estamos ponemos en nuestras luchas internas el mismo entusiasmo que ponemos con el adversario (…)“.
Aun así, resulta difícil comprender el momento elegido para exponer públicamente una tensión que, no hay dudas, existe desde siempre y ahora simplemente se despertó.
El episodio se originó a partir de un pedido de informes impulsado por Michlig sobre un plan de viviendas demorado en San Cristóbal. El referente radical denunció “discrecionalidad” por parte del ministro de Obras Públicas. En defensa de Enrico salió la senadora Leticia Di Gregorio (que reemplaza a Enrico en el cargo), quien atribuyó los cuestionamientos a “una animosidad personal”.
A tal punto llegó el cruce entre los senadores de Unidos, que Michlig cuestionó que Enrico mantuviera su cargo como senador en uso de licencia en lugar de haber renunciado para asumir en el gabinete. “Pongo en duda, y hasta de alguna forma me arrepiento de haber aprobado eso“, disparó. Declaración que luego del escándalo refrendó en sendas notas periodísticas, lo que demuestra que no se arrepintió un ápice y que sus palabras no fueron un arrebato, sino algo claramente premeditado.
La respuesta de Enrico fue del mismo tenor: en la nota realizada por Venado24 salió con los tapones de punta, remarcando que el presidente del Senado le faltó el respeto a Leticia Di Gregorio, y fue por más afirmando que él nunca extorsionaría a Pullaro, como sí lo harían otros. Ante la consulta sobre la posible apertura de un diálogo con Michlig, respondió tajante: “Para qué voy a hablar después de lo que dijo… Me pondré a responder su informe. Dicho sea de paso, se molestó porque la senadora hablaba de las viviendas que se están haciendo en General López, y le mostré los datos que indican que todavía hay más viviendas por habitante en el departamento San Cristóbal que en General López”.
Y cerró diciendo, sin ocultar el fastidio por la situación: “Hay cosas que están completamente fuera de lugar. Semejante escándalo político-institucional por un plan de vivienda, de parte de alguien que tendría que garantizar soluciones más importantes con una visión más completa, pero que le exige al gobernador más viviendas para su ciudad sabiendo que estamos en un momento económico complicado“.
Este cruce de titanes se da en un contexto complicado, con un Pullaro que está cada vez más cuestionado por su ajuste a los trabajadores estatales y con encuestas que empiezan a reflejar esa tendencia. A esto se suma una caída estrepitosa de la coparticipación nacional -producto de la caída del consumo-, que pone en vilo el ambicioso plan de obras públicas del gobierno. Pero, además, el episodio alimenta a una oposición dormida que hasta hace poco consideraba imposible disputarle la reelección a Pullaro.
Y, en un plano más amplio, condiciona la posibilidad de que el radicalismo capitalice el escenario nacional y se proyecte como alternativa de poder -ya sea como partido o en alianza con otros espacios- en el próximo turno electoral. El descrédito del peronismo y las dificultades del gobierno de La Libertad Avanza, que sufre las consecuencias de un plan económico que no encuentra el rumbo y al que se le suman cada día más casos de corrupción, podrían abrir una ventana de oportunidad. Sin embargo, el histórico internismo vuelve a aparecer como un límite estructural.
En ese escenario, quien queda en una posición particularmente incómoda es Leonel Chiarella. El intendente de Venado Tuerto y presidente nacional de la UCR enfrenta una tarea que, de por sí, ya era complicada: conducir un partido fracturado a escala nacional, donde legisladores y gobernadores correligionarios conviven con posturas contrapuestas frente al gobierno de Javier Milei, sin que esa tensión termine de estallar públicamente. Pero ahora, además, deberá apagar el incendio que se declaró en su propio patio. Porque el enfrentamiento entre Michlig y Enrico no es un conflicto cualquiera para él: de un lado está su padre político, el ministro Lisandro Enrico, el hombre que lo formó y lo proyectó dentro del partido; del otro, el presidente del partido provincial, Felipe Michlig, cuya autoridad institucional dentro del radicalismo santafesino es imposible ignorar. Mediar entre ambos sin quedar pegado a ninguno, sin debilitar su propio liderazgo nacional recién estrenado y sin alimentar aún más la interna, es un ejercicio de equilibrismo que pondría a prueba al más experimentado de los dirigentes. Para Chiarella, que todavía está consolidando su lugar en la conducción nacional del partido, el momento no podría ser más inoportuno.
Pero, como sostuvimos líneas atrás, el internismo en el centenario partido está en sus genes, y parece que nunca comprendieron aquella repetida advertencia del Martín Fierro de José Hernández:
“Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera; tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean los devoran los de afuera.”







