El presidente Javier Milei llegó al poder desafiando una de las reglas más básicas de la política: recorrer el territorio. Su campaña fue, esencialmente, virtual. Un candidato que no caminó las localidades del interior, no tocó timbres ni abrazó vecinos, ni compartió mates. Su construcción fue mediática y digital, sostenida en la hiperpresencia televisiva y la amplificación algorítmica de las redes sociales. En ese sentido, Milei fue más un fenómeno del territorio virtual que del real.
Sin embargo, a punto de cumplirse dos años de su gobierno, la realidad económica, el desgaste de su narrativa, las distintas denuncias de casos de corrupción (el caso Libra, las presuntas coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad, el narcoescándalo que involucra a José Luis Espert. entre otros) provocaron una caída sostenida en las encuestas, lo que obligó a un cambio de estrategia. Su asesor estrella —el “mago del Kremlin” Santiago Caputo— le marcó el camino: salir al interior, mostrarse en las provincias, poner el cuerpo donde antes solo había likes. Pero el territorio no se deja domesticar tan fácilmente.
Desde que emprendió esa tardía “reconquista federal”, cada aparición pública del presidente en el país se convirtió en un operativo de riesgo. Lo que debía ser una puesta en escena de liderazgo popular termina, cada vez con más frecuencia, en imágenes de escraches, corridas y huidas improvisadas. El episodio de Lomas de Zamora, donde Milei y José Luis Espert debieron abandonar el lugar entre insultos y empujones, marcó un antes y un después. Lo mismo ocurrió el sábado por la mañana en la ciudad de Santa Fe, donde la visita presidencial se redujo a un fugaz paso ante una manifestación que la policía reprimió con cuatro detenidos.
Paradójicamente, el presidente que más viaje al exterior en la historia reciente parece ser el que menos puede moverse dentro de su propio país.
Del escrache digital al escrache territorial
El fenómeno no es nuevo. La historia argentina reciente está atravesada por los escraches como forma de repudio público. Su origen, en los años 90, fue noble y necesario: la lucha de los hijos e hijas de desaparecidos organizados en H.I.J.O.S., que convirtieron el señalamiento social en un acto de justicia simbólica frente a la impunidad. Luego, el método se extendió y deformó, pasando de herramienta de memoria a instrumento de confrontación política.
Pero el escrache es, sobre todo, un método político. En los años del kirchnerismo reciente, los sectores más radicalizados del oficialismo “escrachaban” a periodistas, jueces y empresarios; incluso colocaban gigantografías con sus rostros en plazas públicas, invitando a la gente a escupirlos o insultarlos.
También los grupos feministas, en los últimos años, adoptaron este método para visibilizar abusos y violencias de género, escrachando públicamente a “machos abusadores” en espacios culturales, académicos y políticos.
Los escraches, en su versión moderna, ya no se limitan al espacio físico: las redes sociales multiplicaron su alcance, borrando los límites entre protesta y linchamiento virtual. De hecho, el propio espacio libertario hizo de los escraches digitales —a periodistas, artistas, políticos y cualquier ciudadano que se opone a sus idea— una práctica cotidiana para acallar o disciplinar la opinión pública. Hoy, ese mismo método parece devolvérsele con crudeza en el territorio real.
La política, como suele ocurrir, devuelve lo que siembra.
El espejo de la intolerancia
El debate jurídico y ético sobre el escrache sigue abierto. Entre la libertad de expresión y el derecho al honor, entre el repudio legítimo y la violencia moral. Pero el fenómeno Milei introduce una novedad: el blanco del escrache no es un represor ni un funcionario acusado de corrupción con décadas de impunidad, sino el presidente en ejercicio, que llega a cada provincia con un discurso de odio acumulado y una gestión que golpea a los sectores más postergados.
La pregunta ya no es solo si los escraches cruzan los límites de la convivencia democrática, sino qué tipo de convivencia sobrevive a un gobierno que deslegitima toda forma de disenso. Cuando la palabra “casta” se usa para vaciar de legitimidad a cualquiera que piense distinto, el territorio responde con su propio lenguaje: el rechazo.
Una vieja práctica con historia local

Venado Tuerto también conoce la genealogía de los escraches. En mayo de 2009, en pleno conflicto del campo, el entonces diputado Agustín Rossi a la salida de un acto partidario fue blanco de una lluvia de huevos en el club Chanta Cuatro Sarmiento. Aunque, en realidad fue el recordado dirigente peronista local Miguel Isola quien se camufló para suplantar al legislador, recibiendo así los proyectiles destinados al rosarino. Tras el yerro en el “escrache”, los militantes peronistas despidieron a los escrachadores al grito de “qué boludos, qué boludos”.
Años después, en 2011, el turno fue del gobernador Hermes Binner, abucheado por militantes kirchneristas durante la visita de Cristina Fernández de Kirchner a una empresa local en ocasión de la pomposa presentación del Plan Industrial 2020.

Los protagonistas cambian, pero el método permanece.
Entre el repudio y la deslegitimación
Lo que enfrenta Milei en sus recorridas provinciales no es solo un problema de seguridad ni un mal cálculo de campaña: es la consecuencia política de su propio modelo de comunicación. La construcción de un poder que se nutre del agravio y la descalificación termina chocando con la resistencia que genera.
El escrache, en este contexto, opera como síntoma y respuesta. Un espejo donde el presidente se encuentra con su propio método de acción política. Si su campaña fue un escrache constante a la “casta”, el territorio hoy le devuelve esa violencia simbólica convertida en rechazo físico.
Esta aseveración no significa la justificación del escrache; todo lo contrario. Nada justifica dicha práctica en un contexto democrático. En todo caso, cualquier escrache —sin importar qué sector sea el victimario y cuál la víctima— sigue siendo una actitud antitolerante, contraria a las mediaciones democráticas.







