Mauro CamillatoOpiniónLa hipocresía detrás del debate de la presencialidad en las escuelas

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La presencialidad en las escuelas se convirtió en el principal tema del debate público en el medio de la pandemia. Tan así es que alinearse de uno u otro lado parece ser hoy el indicio más importante para determinar qué parte de la grieta se integra. Como siempre en la Argentina no hay grises, si defendés la presencialidad sos Macrista (a esta altura debería decirse Larretista), y si opinás lo contrario sos kirchnerista. En el medio la nada misma, es que como sostuvo alguna vez Perón utilizando una cita bíblica, por acá quedó firme eso que “a los tibios los vomita Dios“.

Por supuesto, dentro de esta antinomia ingresó en los últimos días la propia Corte Suprema de Justicia que luego de su fallo que refrendó la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires y sus facultades en materia educativa, fue blanco de todos los dardos desde la orilla kirchnerista. Es más, la propia Cristina Fernández hasta sugirió que dicha resolución forma parte de las nuevas estrategias golpistas.

Y aseguró: “Digo yo… para poder gobernar, ¿no será mejor presentarse a concursar por un cargo de juez al Consejo de la Magistratura o que un presidente te proponga para ministro de la Corte?”. A esto, el viceministro de Justicia, Juan Menna, fue más allá y azuzó: “No está mal que los jueces quieran gobernar. Tienen que renunciar al cargo, formar un partido y presentarse a elecciones”.

A esta altura, vendría bien recordar que la idea de la separación de poderes es la base de la democracia moderna, y que un tal Montesquieu escribió “El espíritu de las leyes” (1748). En dicha obra diseñó tres poderes separados e independientes (ejecutivo, legislativo y judicial) que forman un sistema de pesos y contrapesos.

De ahí que en cualquier sociedad democrática, se respetaría “sin chistar” las decisiones de un poder sobre otro. Es más, más allá de las valoraciones propias de cada uno, debería apreciarse que la Corte no obedezca como una adicta a las necesidades políticas ni a las decisiones del Gobierno. Eso en la Argentina parece ser una novedad.

Mientras por si acaso, hay que recordar que la actual composición de la Corte dista bastante de ser monocolor (como sucedió no hace mucho). Vale repasar: Juan Carlos Maqueda fue designado durante el mandato de Eduardo Duhalde; Ricardo Lorenzetti y Elena Highton durante el de Néstor Kirchner; y Carlos Ronsenkrantz y Horacio Rosatti (exministro de Kirchner) durante el de Mauricio Macri.

¡Alumnos a las aulas!

Lo cierto es que posterior al fallo de la Corte el clima político se enrareció y hasta algunos analistas refieren la vuelta a los tiempos suscitado por el conflicto del campo del 2008 con la famosa “125”. Más allá de las evidentes diferencias, afloran algunas importantes similitudes. Sobre todo en la representatividad que tienen los sectores que defienden la presencialidad o la no presencialidad.

De todos modos, no hay duda que una de las enseñanzas que nos deja la pandemia es la importancia de la institución escolar y la necesidad de pensar de aquí en más en un verdadero e innovador proyecto pedagógico nacional. Por ahora, ni en uno u otro lado de la grieta, parece esto preocupar. La historia reciente lo demuestra, desde la década del 90 hasta acá ha habido un permanente menoscabo a la imagen del docente y de la educación como algo prestigioso.

Así dos de los dirigentes con mayor preponderancia en el debate público tienen tristes antecedentes que demuestran ese desprecio hacía la actividad escolar. Cristina en el 2012, durante el discurso de apertura de sesiones del Congreso, enojada por no haber podido llegar a un acuerdo en la Paritaria Nacional Docente, lanzó aquella frase que demuestra, entre otras cosas, un real desconocimiento de la tarea que realizan los maestros: Trabajan 4 horas por día y tienen 3 meses de vacaciones”.

Larreta y los suyos tampoco tienen demasiadas medallas para exhibir en ese aspecto, sólo basta acotar que el presupuesto educativo porteño en la última década perdió 10 puntos, pasó del 27,5% del total en el 2011 al 17,3% previsto para este año.

En tanto, por acá el dubitativo Omar Perotti también hizo lo suyo y en el 2020 tal como sostuvimos en columna anterior subejecutó el presupuesto para Gastos de Capital en área Educación y además del ahorro en sueldo (la partida de  remuneraciones de personal solo creció un 27%, muy por debajo de la inflación del 36,6% que ponderó el propio IPEC). A su vez, para no quedar desalineado completamente con el Gobierno nacional, la semana pasada suspendió por siete días (medida insólita porque hasta ahora todas las suspensiones provisorias fueron por 15 días, de acuerdo con las recomendaciones de los epidemiólogos) las clases presenciales en los departamentos Rosario y San Lorenzo. Pero ayer decidió volver a habilitarlas para los niveles inicial y primario.

Al mismo tiempo, contradictoriamente suspendió “todas las actividades deportivas tanto al aire libre como en instalaciones cerradas de clubes, gimnasios y establecimientos afines en los 14 departamentos con alto riesgo sanitario, incluido General López. El mismo gobernador, que encima quiso congraciarse con la opinión pública y sugirió que iba a disponer la recuperación de las clases “perdidas” los fines de semana o feriados. Por supuesto hasta la titular de Amsafe y de Ctera, Sonia Alesso (tan afín al gobierno), le saltó a “la yugular” y le recordó que “la virtualidad no implica perder clases”.

Por eso volviendo con lo que sostuvimos en la mencionada columna anterior, la discusión no parece tan simple, no es clases presenciales sí o no. El tema a tener en cuenta es: en qué condiciones se está produciendo esa vuelta a las aulas.

Ojalá que tanto los que hoy luchan por el regreso a las aulas como aquellos que defienden la no presencialidad en el futuro se sumen a las luchas docentes. Esas luchas que piden por una merecida categorización de una profesión que en la Argentina desde hace muchos años aparece pauperizada y menoscabada por la dirigencia. No solo por lo salarial, que obliga a la mayoría de los trabajadores de la educación a deambular por distintas escuelas en búsqueda de lograr un salario digno, sino también al prestigio de la profesión. Si no lo hacen, son unos hipócritas.

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