La visita de Mauricio Macri a Santa Fe el viernes pasado, con la excusa de recorrer las obras del Estadio Multipropósito del CARD para los XIII Juegos Suramericanos, dejó una imagen que vale más que mil palabras: el gobernador Maximiliano Pullaro, sonriente, flanqueado por el intendente de Venado Tuerto y presidente nacional de la UCR, Leonel Chiarella, el ministro de Obras Públicas Lisandro Enrico y la senadora Gisela Scaglia. Una imagen que, leída en clave política, habla mucho más que de una simple recorrida de obra.
La señal es contundente: el posicionamiento del radicalismo sigue corriendo hacia el sector más conservador del espectro. A la derecha ya no hay mucho espacio (solo Milei), y la decisión de abrazar con entusiasmo al expresidente consolida una identidad ideológica que se aleja cada vez más del legado alfonsinista que el propio gobernador dice reivindicar.
La escena también deja al descubierto una incomodidad creciente dentro de Unidos para Cambiar Santa Fe. Particularmente para el socialismo, socio principal de la coalición gobernante. Los dirigentes del partido de la rosa, vienen tragando sapos cada vez más grandes. Esta vez, al menos, tuvieron el gesto político de no participar de la visita. Pero el silencio también es una forma de acompañar.
No deja de resultar paradójico. Hermes Binner repitió durante años que su límite era Macri. Algo similar sostenía Miguel Lifschitz, aunque con el pragmatismo que imponía la convivencia institucional entre provincia y Nación. Aun así, quedó grabada aquella frase de Macri en 2018 cuando acusó a Lifschitz de coincidir con él “en casi todo” en privado y “en casi nada” en público.

La foto del viernes fue precisa y cuidadosamente construida. La pregunta que sobrevuela entonces es inevitable: ¿es por acá la salida?
Dicho de otro modo: después del experimento libertario, ¿la alternativa es una derecha más prolija, más institucional y con mejores modales?
La propuesta que parece insinuar el radicalismo santafesino (que además aparece hoy como uno de los sectores más influyentes de la UCR nacional) podría resumirse así: mantener los lineamientos económicos generales impulsados por Milei, pero incorporando gestión territorial, inversión en infraestructura y un discurso más cercano a la producción y al desarrollo regional.
Pero allí aparece otro interrogante. Si el próximo paso es volver a Macri, ¿qué aprendizaje dejó la experiencia anterior?
Porque no estamos hablando de una figura nueva. Hablamos del mismo expresidente cuyo gobierno terminó dejando una profunda crisis económica y política. Y esa experiencia nos dejó como herencia directa el escenario que facilitó la llegada del fallido gobierno de Alberto Fernández. Del mismo dirigente que respaldó explícitamente a Milei durante el balotaje y buena parte de su primer año de gestión. Del mismo líder que contribuyó a consolidar el fenómeno libertario cuando entendió que podía ser funcional a sus intereses políticos. Y que solo lo abandonó cuando dejó de ser invitado a comer milanesas.
Por eso sorprende que el radicalismo vuelva a recorrer un camino conocido. Otra vez parece dispuesto a convertirse en furgón de cola de un proyecto claramente conservador en lugar de intentar construir una alternativa propia, coherente con su tradición histórica.
Y allí aparece una contradicción particularmente evidente para Pullaro. El gobernador suele reivindicar a Raúl Alfonsín como una de sus principales referencias políticas. Sin embargo, resulta cada vez más difícil encontrar puntos de contacto entre aquel radicalismo democrático, reformista y socialdemócrata que encarnó Alfonsín y el posicionamiento que hoy adopta buena parte de la UCR santafesina.
La situación también interpela directamente a Chiarella
Cuando asumió la presidencia nacional del radicalismo advertimos desde este espacio que dicho partido atravesaba una oportunidad histórica. Con un peronismo debilitado y un oficialismo libertario ocupando la centralidad política, la UCR tenía la posibilidad de reconstruirse como una alternativa nacional con identidad propia, dejando atrás el trauma que significó la crisis de 2001 y la caída del gobierno de Fernando de la Rúa. Sin embargo, parece avanzar en sentido contrario.

En lugar de consolidar un perfil opositor autónomo, corre el riesgo de volver a quedar atrapado entre el macrismo y el mileísmo, sin agenda propia ni diferenciación clara. Peor aún: de transformarse nuevamente en acompañante de un liderazgo político desgastado. La cuestión no es solamente electoral. Es identitaria.
Como ya sostuvimos en nota anterior, la UCR necesita dejar de definirse exclusivamente por su antiperonismo y recuperar parte de su tradición histórica como partido popular, democrático y progresista. No en el sentido superficial y banalizado que muchas veces adquirió el término durante los últimos años, sino en su significado original: defensa de las instituciones, movilidad social, educación pública, desarrollo productivo y ampliación de derechos.
Sin embargo, parecen optar por otro camino. Antes que construir una alternativa diferenciada frente a Milei, acentúa su perfil más conservador y su histórica pulsión gorila.
El riesgo es evidente. Intentar disputar el mismo electorado que los libertarios puede terminar fragmentando el voto de derecha y dejando al peronismo como única oposición claramente identificable. Paradójicamente, también implica regalarle a ese espacio el terreno progresista que alguna vez fue patrimonio del radicalismo y del socialismo.
Mientras tanto, quedó muy lejos aquella imagen de Chiarella durante la marcha universitaria en Buenos Aires, cuando fue captado por las cámaras gritando: “¡Traigan al gorila de Milei!“. Aquella escena parecía mostrar a un dirigente dispuesto a confrontar políticamente con el gobierno nacional y a romper con la lógica de definirse exclusivamente desde el antiperonismo.
La foto con Macri sugiere otra cosa. Sugiere que, al menos por ahora, una parte importante de la UCR sigue creyendo que su destino está más cerca del gorilismo tradicional que de la construcción de una alternativa superadora.
Y esa decisión, más temprano que tarde, obligará a responder una pregunta que hoy permanece abierta: si Milei termina agotando su ciclo político, ¿la sociedad buscará una versión más elegante de la misma receta o algo verdaderamente distinto?







