Este sábado murió Rubén Rada, excombatiente de la Guerra de Malvinas y presidente de la Federación de Veteranos de Guerra de Malvinas de Santa Fe. Aunque mis recuerdos puedan traicionarme, conocí a Rubén durante mi paso por la Facultad en Rosario. Fue él y el querido excombatiente venadense Alejandro Videla quienes me hicieron perder el prejuicio que tenía sobre Malvinas. Es que en ese momento creía que la lucha por la recuperación de aquellas lejanas islas era cosa de los desquiciados militares que solo utilizaron el tema para intentar conservar el poder. No hay duda de que ese fue el principal motivo de semejante despropósito lanzado por un presidente de facto al que se le escapaba el poder entre las manos por su impericia para gobernar un país.
Pero escucharlos a ellos, a los excombatientes, quienes a pesar de todo el sufrimiento que pesa sobre sus espaldas insisten en reclamar por la soberanía de las islas, fue suficiente para entender que la causa Malvinas trascendía por completo a la dictadura que decidió iniciar aquella guerra.
Vale la pena recordar una y otra vez que a esos casi adolescentes (algunos tenían 18 años recién cumplidos) los mandaron a una guerra con precario armamento y equipamiento, contra una de las fuerzas armadas más experimentadas del mundo, con una extensa experiencia en conflictos internacionales y en la ocupación de territorios. Mientras tanto, la Argentina contaba con unas Fuerzas Armadas cuyo mayor antecedente inmediato había sido el terrorismo de Estado dentro de su propio territorio. De hecho, hasta tuvieron que acudir a métodos ilegales e inmorales para imponerse a los inexpertos grupos insurgentes que había por acá.
A pesar de todo esto, Rubén, como recordó hoy el gobernador Maximiliano Pullaro, seguía insistiendo en que su sueño era volver a las islas “con DNI y no con pasaporte“.

Claro que ese sueño hoy parecía muy lejano, sobre todo porque los argentinos tenemos un presidente que manifiesta abiertamente su admiración por Margaret Thatcher, la Dama de Hierro que fue primera ministra británica durante la guerra. Además, días atrás, la representante del Gobierno nacional, la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, aceptó sin cuestionamientos públicos la insólita decisión de la FIFA que impidió al público argentino llevar banderas reivindicando la soberanía de las islas. La ministra no solo tuvo el empacho de comunicar la decisión como si fuese propia, sino que incluso calificó al “mapita” de las Islas Malvinas como de “contenido político”. Una verdadera vergüenza y una ofensa a los excombatientes, a sus familiares y a todo argentino que considera que la reivindicación de Malvinas sigue siendo una causa de todos.
Lo cierto es que Rubén Rada murió sin poder cumplir ese sueño, pero al menos alcanzó a ver cómo un grupo de futbolistas a los que buena parte de la progresía local miraba con desconfianza decidió exhibir, tras el triunfo frente a Inglaterra, una bandera arrojada desde la tribuna con la leyenda “Las Malvinas son Argentinas”.
Es cierto que en nada contribuirá ese gesto a la recuperación de las islas, pero tuvo un peso simbólico mucho más poderoso que todas las decisiones políticas tomadas hasta el momento por los distintos gobiernos argentinos que sucedieron posterior a la guerra.
Tan es así que hasta un artículo publicado en los últimos días en uno de los periódicos más influyentes de Inglaterra, The Guardian, sugirió negociar con Argentina por Malvinas bajo el racional argumento de “No pueden ser británicas para siempre”. El artículo, firmado por el columnista Simon Jenkins, se justifica en el “sentido común geográfico” que debe responder al proceso de descolonización que acumula décadas, mencionando el reciente avance en Gibraltar, donde se eliminaron las fronteras con España, y los ejemplos de los últimos tiempos de Diego García y Hong Kong.
Y agregó: “Ninguno de los territorios de la era imperial británica tiene el derecho eterno de permanecer como están, menos uno que les cuesta a los contribuyentes británicos más de 60 millones de libras esterlinas por año en defensa“, para luego expresar su deseo de que la bandera exhibida por la Selección durante el Mundial 2026 sirva como un llamado a retomar las conversaciones sobre la soberanía de las Islas Malvinas.
Como sea, un grupo de jugadores que ya quedó en la historia por sus logros deportivos (más allá de lo que suceda mañana en la final) consiguió algo que excede al fútbol. Volvió a poner a Malvinas en el centro de la escena y, aunque fuera por unos minutos, le regaló una sonrisa a Rubén Rada, a Alejandro Videla y a miles de excombatientes desparramados por los más recónditos rincones del país. Tal vez no cambie el destino de las islas, pero sí nos recuerda que la causa Malvinas sigue viva mucho después de la guerra.







