Juan MiserereOpiniónEn la muerte del Trinche no hubo lugar para el realismo mágico

Juan Miserere08/05/2020
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La muerte siempre entristece, pero si el que se muere es uno que dio alegrías, duele mucho más. Tomás Felipe Carlovich siempre fue simplemente “El Trinche”, un tipo al que tan sólo le gustaba jugar a la pelota. Y los que lo vieron dicen que lo hacía de una forma única, que era uno de esos talentos que nacen muy de vez en cuando, que rompen el molde, que no se repiten.

Pero la muerte es más triste cuando encima es tan injusta. Justo él, cuya vida estuvo siempre elevada a nivel de mito, tuvo una muerte tan llena de lógica. No hubo realismo mágico como en sus proezas en el verde césped, al Trinche lo mató la crónica policial del día. Una muerte rosarina y de estos tiempos.

No hay ni un solo video que acredite lo que dicen aquellos que lo vieron jugar. Que era elegante, que se entretenía tirando caños (el de ida y vuelta era su especialidad), que tenía una pegada perfecta… que la gente iba los sábados a ver a Central Córdoba porque sabía que jugaba el Trinche, en Rosario o donde fuera el Charrúa como visitante.

Hubo dos hechos que agrandaron el mito: un partido de la Selección Rosarina contra la Selección Nacional que iba a jugar el Mundial ’74. Eran cinco de Central, cinco de Newell’s y el Trinche, que ese día la rompió toda. Iban 3-0 y en el entretiempo lo sacaron al cinco que estaba bailando a las estrellas del fútbol argentino. Se dice que el Polaco Cap, técnico de aquella selección, pidió que lo saquen.

La Selección Rosarina. Arriba: Capurro, Biasutto, Pavoni, Killer, Carlovich, González. Abajo: Robles, Oberti, Aimar, Zanabria y Kempes.

El otro hito fue en 1993, cuando Diego Maradona arribó a Rosario para su breve aventura en el Parque Independencia. El día de la presentación, el Diez dijo que no era el mejor de la historia, que ahí había un tal Carlovich que había sido mejor. Los periodistas porteños tuvieron que salir en busca de la leyenda del Trinche. Paradojas de la vida, el encuentro entre los dos genios recién se produjo este año, cuando Maradona volvió a Rosario como técnico de Gimnasia.

Su vida contó con todos los episodios de una gran novela. Que no le interesaba el profesionalismo, por eso ‘apenas’ jugó en el ascenso, en Central Córdoba y en Mendoza. Que un día lo llamó Menotti para entrenar con la Selección y que no se presentó porque se quedó pescando. Que le gustaba salir y tenía afición por la bebida, por eso entrenaba poco. Mitos, cuentos.

El Trinche los derribaba a todos: que nunca le gustó la pesca, que nunca fue salidor porque siempre fue muy solitario, que el refugio era su familia y su barrio en la zona oeste rosarina, aunque cruzaba seguido para Tablada en busca de su Central Córdoba. “Mi sueño es poder entrar otra vez a una cancha para jugar 45 minutos, con eso me conformo”, había dicho hace unos años en una entrevista.

El Trinche era un enamorado del juego. La pelota era su amante, el resto no existía. Nunca tuvo plata y parecía no importarle demasiado. Por eso, cuando unos pibes le dieron un palazo en la cabeza a un abuelo de 74 años para robarle la bicicleta, seguramente no sabían que estaban matando a una leyenda, tan solo para llenar otra página más de Policiales de una sociedad enferma.

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