El triunfo de La Libertad Avanza en las elecciones legislativas de este domingo fue, sin dudas, contundente. Ni las encuestadoras ni los analistas políticos más arriesgados anticipaban semejante resultado. En un contexto económico adverso y con un gobierno nacional acosado por denuncias de corrupción —como el caso Libra, las presuntas coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad o el escándalo narco que salpica a José Luis Espert—, el electorado volvió a elegir al oficialismo nacional antes que darle una nueva oportunidad al peronismo.
A ello se suma un dato no menor: una apatía social récord, ya que apenas votó el 67,85% del electorado (en Santa Fe fue algo más bajo, 63,38%), la cifra más baja desde el retorno de la democracia en 1983 para una elección de medio término. Un síntoma claro del desencanto y la desafección política que atraviesan a buena parte de la sociedad.
De todos modos, el resultado ratifica que la grieta continúa al rojo vivo y que buena parte de la sociedad sigue votando más por descarte que por convicción: eligiendo lo que percibe como “el menos peor”. Volvió a imponerse el argumento de la polarización, y en ese terreno el triunfo discursivo de Javier Milei es indiscutible. No casualmente, el propio presidente lo resumió en su alocución de la noche electoral con una frase exagerada y cargada de intencionalidad, pero que encierra un argumento visible: “Dos de cada tres argentinos no quieren volver al pasado”.
Sin embargo, el riesgo de Milei puede ser creer que este resultado es un cheque en blanco. Conviene recordar que en 2017 su actual aliado, Mauricio Macri, había obtenido un apoyo similar (41%) y dos años después perdió frente a un peronismo que parecía en retirada. La historia argentina suele ser despiadada con quienes confunden un voto coyuntural con una adhesión ideológica duradera.
Más allá de los números, los grandes derrotados de la jornada fueron los analistas y encuestadores, que volvieron a errar sus pronósticos. Reaparece así un viejo conocido del sistema político argentino: el voto oculto o vergonzante, aquel que se niega en las encuestas pero se expresa en las urnas. Algo similar ocurrió en 1995, cuando Carlos Menem se impuso pese a que casi nadie admitía votarlo. Votar a Menem era mal visto por buena parte de la sociedad; sin embargo, ganó con holgura. En aquel momento se impuso el famoso dicho “yo no lo voté”.
Ese fenómeno puede leerse a la luz de la “espiral del silencio”, teoría propuesta en 1974 por la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann, que explica cómo las personas tienden a ocultar sus opiniones si creen que son minoritarias o impopulares, por miedo al aislamiento social. La opinión pública, en este sentido, actúa como un mecanismo de control social, amplificando las voces dominantes y silenciando las disidentes, especialmente cuando los debates son morales o emocionales. En esta elección, el discurso libertario parece haber capitalizado ese clima: quienes se sentían solos o señalados por su apoyo a Milei terminaron encontrándose en el silencio compartido de la urna.
Pullaro, la fuerte apuesta que no alcanzó
En Santa Fe, la elección deja otra lectura relevante. Maximiliano Pullaro volvió a jugar su estilo característico: a todo o nada. Apostó a poner su gestión provincial en el centro de la escena, con su vicegobernadora Gisela Scaglia encabezando la lista, y convirtió así la elección nacional en un plebiscito sobre su gobierno. El resultado, sin embargo, no acompañó las expectativas.
Aunque Provincias Unidas logró el 18,32% de los votos —una leve mejora respecto de experiencias previas de formaciones provinciales—, no alcanzó para torcer el resultado. La Libertad Avanza se impuso con el 40,67% y Fuerza Patria (PJ) quedó segundo con el 28,70%. Pullaro logró sumar dos bancas, pero su fuerte apuesta apenas le permitió mejorar en cuatro puntos el desempeño histórico de los espacios provinciales en elecciones de medio término. Solo para recordar: en la anterior elección legislativa, en 2021, Juntos por el Cambio obtuvo el 40,23% de los votos, el PJ el 31,40% (cuando gobernaba la provincia con Omar Perotti) y el Frente Amplio Progresista, el 12,24%. Antes, en 2017, con el Frente Progresista gobernando Santa Fe, Juntos por el Cambio obtuvo el 29,42%, el PJ el 25,45% y el Frente Progresista, el 14%. En ambas elecciones, el espacio provincial logró obtener una sola banca.
El gobernador, que en su momento consolidó su carrera aceptando el riesgo de ser ministro de Seguridad durante los años más violentos de Rosario, repitió ahora esa audacia. Pero esta vez, el riesgo no tuvo premio.
Párrago aparte, para lo sucedido en Venado Tuerto. Ni siquiera el respaldo de figuras de peso como Leonel Chiarella —el intendente récord de Venado Tuerto— o Lisandro Enrico, artífice de una inédita ola de obras públicas en la ciudad, fue suficiente para frenar el vendaval libertario.
En Venado Tuerto, el oficialismo local logró al menos quedar segundo, un matiz que no alcanza para disimular la derrota provincial. El mensaje parece claro: una parte del electorado que llevó a Pullaro a la Casa Gris en 2023 esta vez le dio la espalda. Habrá que ponderar cuánto tuvo que ver con este resultado el descontento con las políticas salariales de los trabajadores estatales y jubilados provinciales, en especial los docentes, un sector que en 2023 lo acompañó masivamente.
La política en tiempos de desconfianza
Lo que emerge de esta elección es un mapa político dominado por la desconfianza y la fragmentación. Los votantes, lejos de abrazar proyectos, castigan gestiones. Y los líderes, cada vez más, parecen condenados a administrar el desencanto más que a construir esperanza.
Milei festeja hoy un triunfo que refuerza su poder discursivo, pero el desafío que viene será gobernar un país donde la esperanza se volvió escasa y la paciencia, aún más. Y para Pullaro, la lección es doble: en tiempos de crisis, no siempre gana el que se expone más, sino el que logra interpretar mejor el clima invisible del silencio.







