Columnista invitadoFin de ciclo, nuevo ciclo

Editor19/11/2019
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Por Tomás López Sauqué

 

La compleja coyuntura argentina parece estar pasando por estas semanas a la segunda plana de la agenda de los medios tradicionales y hasta de los posteos de tono político que circulan por las redes sociales.

No es para menos, países que hasta hace muy poco eran presentados como la contraatacara de una Argentina en espiral descendente –Chile, “por derecha” y Bolivia “por izquierda”- hoy aparecen sumidos en la incertidumbre política y el caos social. La Argentina, esta Argentina que atraviesa una nueva y fuerte crisis económica, parece así, de manera irónica, volver a ser el país al que nuestros vecinos “deberían envidiar”.

Lo cierto es que los problemas locales no son exactamente los de nuestros vecinos. Comparte con Bolivia, Chile, Ecuador  y Perú –por nombrar solo los más convulsionados de manera reciente– una causa no menor: la caída en el precio de sus respectivos commodities como resultado de una adversa cuyuntura financiera, comercial y política global. Pero la forma en que las respectivas economías, sus sociedades e instituciones políticas han procesado la adversidad económica no es la misma -ni tampoco, claro, es indéntica ni mucho menos la forma en que venían procesando el “viento en contra” internacional-.

En el caso Argentino, el fundamento democrático que se gestó a partir de 1983 y el trauma por no reeditar otro 2001 parece haber ayudado a asegurar un cambio de gobierno que tendrá por primera vez desde 1989 visos de normalidad institucional en medio de una aguda caída económica que seguirá golpeándonos por varios años, limitando a su vez las opciones del futuro y ya electo presidente.

En esta nota, el analista político y abogado Tomás López Sauqué recupera y reanaliza las cuestiones que definieron el resultado de unas elecciones recientes, recientes, pero que sin embargo los hechos de la región hacen parecer ya lejanas. Traza también líneas interpretativas hacia el futuro, tanto para el nuevo oficialismo como para la nueva oposición, ofreciéndonos algunas coordenadas para orientarnos en el próximo escenario político que se comenzó a gestar el 11 de agosto del año que ya se va.

La victoria

Después de una agónica transición iniciada durante las elecciones primarias del 11 de agosto, Argentina tiene un nuevo presidente. Alberto Fernández se impuso por casi ocho puntos de diferencia frente a Mauricio Macri, pero lo que resultó más llamativo de las elecciones generales fue la recuperación de más de siete puntos porcentuales de Juntos por el Cambio respecto de las elecciones primarias -donde la victoria del Frente de Todos había superado los quince-. Dicha ventaja representó más de 2.300.000 votos, lo cual se explica en parte, por la mayor participación electoral, por la menor cantidad de votos obtenidos por Lavagna, Espert y Gómez Centurión que migraron directo hacia el macrismo, pero sobre todo por el fenómeno de la polarización, que se quedó con el 89% de los votos de las dos fuerzas políticas más competitivas. De hecho, fue la elección más polarizada desde la vuelta de la democracia después de la que protagonizaran Raúl Alfonsín e Ítalo Luder en 1983, donde la concentración de votos alcanzo al 92% del electorado.

Las elecciones primarias celebradas en agosto habían generado un cimbronazo electoral que además de poner en jaque a la coalición gobernante, puso en evidencia la fragilidad institucional argentina. Así, una transición de gobierno efectuada a través de tramos tan largos generó una incertidumbre innecesaria que el próximo 10 de diciembre alcanzará los 120 días. Como si fuera poco, en el camino, provocó una corrida cambiaria contra el peso, además de la salida de una gran cantidad de depósitos de los bancos, alimentando viejos fantasmas que azotaron la memoria colectiva. Producto de dicha transición, desde el 12 de agosto la moneda se devaluó un setenta por ciento, y la fuga de capitales alcanzó los 22.000 millones de dólares, lo que para algunos significó el financiamiento más oneroso que haya tenido una campaña electoral alguna vez. Empero, ello tampoco le bastó al oficialismo para ganar.

Un Macri diferente.

Si bien el actual presidente acusó recibo del golpe sufrido en agosto, parecía difícil pensar en una recuperación tan fuerte como súbita, más aún, ante una realidad económica cada vez más acuciante y sin ningún signo de recuperación. De todos modos, Macri asumió la derrota sin resignarse y optó, en cambio, por una táctica que fuera capaz de movilizar no sólo a su núcleo duro sino también a un sector del electorado más bien escéptico, despolitizado e indiferente. La “marcha del millón” fue testimonio de ello, así como también la frenética recorrida por el interior del país. Por consiguiente, pudimos vislumbrar que, esta vez, la política y la movilización en las calles –métodos más bien tradicionales – prevalecieron sobre las típicas estrategias marketineras del Pro. Detrás de eso, se ve, ya no la mano invisible de Duran Barba y Peña sino el consejo y la experiencia de un hombre de estado como Miguel Pichetto. Con todos los indicadores económicos en rojo, y en un estado general de cosas mucho más dramático que el de 2015, Macri logró retener un 40% del electorado[1]. En este sentido, la recuperación del presidente Macri comprueba una vez más la poderosa latencia de esa corriente antiperonista que atraviesa nuestra sociedad.

Pareciera entonces que, después de la derrota en las primarias, Macri hubiese virado desde un espíritu perdidoso signado a su eventual retiro de la política[2] y más proclive a la aceptación pasiva de un virtual posmacrismo -incluso a la posibilidad de un exilio político en Europa-, hacia una actitud más cautelosa y tutelar para su propio electorado que, de otra manera, podría quedar huérfano y disperso. Se presume que Macri asumió que su esfuerzo por “refundar”[3] el país no fue en vano -esos 40 puntos que obtuvo finalmente lo interpelaron- y al menos percibió que una parte de su imagen quedará ligada al presidente no peronista que se encargó de encarar una transición de gobierno más o menos ordenada hacia el nuevo presidente peronista. Después de todo, la política es el arte de lo posible.

En relación con los números de la elección, es dable asumir que el gran ganador de la noche fue Horacio Rodríguez Larreta. Muy afincado en la capital parece ser el dueño de un poder, hoy, indisputable. Si bien Alberto Fernández quiso instalar un candidato proveniente del progresismo –Matias Lammens- y que fuera capaz de romper el techo electoral que tradicionalmente padece el PJ porteño, eso no fue suficiente. Con respecto a la Provincia de Buenos Aires, y aunque la gobernadora María Eugenia Vidal haya sido la más perjudicada de la elección, sus 38 puntos obtenidos significaron solo 3 menos que los conseguidos en la elección que la consagro gobernadora en el 2015. Por lo tanto, es dueña de un caudal político importante que se expresará en distintas vertientes de poder desplegadas, tal vez en forma despareja, en una fuerte presencia en la cámara de diputados y en el senado provincial y en una revinculación -con futuro incierto- con los intendentes, victoriosos en gran parte merced a la boleta corta: Néstor Grindetti en Lanús, Diego Valenzuela en Tres de Febrero, Julio Garro en La Plata, Guillermo Montenegro en Mar del Plata, Héctor Gay en Bahía Blanca y según dicen el artífice de esta estrategia municipalista, Jaime Méndez de San Miguel. En consecuencia, Vidal y su entorno deberán rediscutir el reparto de poder, aunque esta vez desde el llano, lo que obstaculiza la consolidación definitiva de su liderazgo. El duro presente de Vidal y la manera en que logre reconfigurar su control del territorio, permiten recordar una vieja frase que suele invocar con frecuencia el escritor Jorge Asís pero que en realidad pertenece al histórico operador peronista Juan Carlos “Chueco” Mazzón: “En política, hay sólo una cosa peor que la traición: el llano”.

Por lo demás, todo parece presumir que la relación entre Vidal y Macri -en especial con Peña- quedo bastante dañada y los pases de factura por las diversas estrategias electorales -desde el Plan V, hasta el desdoblamiento electoral de la provincia de Buenos Aires respecto de nación- terminaron por desgastar una relación mucho más complicada de lo que parecía. Por el momento, es lógico imaginarla como candidata a diputada nacional por la provincia de Buenos Aires en 2021 con el fin de consolidar su dominio y no fragmentar su caudal de votos.

El péndulo Albertista.

Alberto Fernández será el encargado desde el 10 de diciembre en adelante, de la ardua tarea de poner en marcha el país después de casi ocho años consecutivos sin crecimiento. Dueño de un carácter que suele oscilar entre un fuerte temperamento, pero también una impávida serenidad, luce como un hombre conocedor de los engranajes de la maquinaria estatal. A partir del 2003, su paso por la jefatura de gabinete de ministros del gobierno de Néstor Kirchner dio pruebas claras de “expertise” sobre la gestión de gobierno, mas no dio cuenta -necesariamente- de ningún intento por encabezar algún proyecto político personal. En verdad, siempre se sintió mejor como un operador o como un burócrata -un eterno jefe de gabinete diría el escritor Martín Rodríguez- que como un líder popular. Por lo tanto, los votos que consiguió en esta elección fueron, en su gran mayoría, prestados, y si verdaderamente tiene un proyecto de poder en la cabeza, deberá validarlos. La única vez que compitió para un cargo electivo fue para ser legislador por la Ciudad de Buenos Aires en el año 2000 y en la nómina de candidatos ni siquiera se encontraba entre los diez primeros lugares de la lista. Pero las vueltas de la política permiten ciertos enroques por medio de los cuales personas que no cuentan con demasiado caudal electoral pueden igualmente aspirar a manejar el poder ejecutivo nacional. El caso de Pichetto, lo refleja aún más claramente.

En definitiva, una de las misiones de Alberto será construir en el plano interno una maquinaria de poder propia, capaz de maniobrar ante los distintos sectores de su alianza de gobierno que especulan con la idea de pedir una porción mayor de la torta de poder estatal de la que, en realidad, les corresponde. Curioso es el caso de Sergio Massa. Luego de seis años fustigando desde la vereda del antikirchnerismo, se convirtió en una pieza esencial del triunfo albertista. Disciplinado y con una inusitada predisposición para cumplir un rol secundario dentro de la campaña, parece haber tomado consciencia de la necesidad de dejar atrás sus típicas cruzadas televisivas para formar parte de una estrategia mayor. Habrá que ver como contiene su deseo de ser presidente desde su actual función de aliado del presidente electo, incluso como manejará su relación con los intendentes de la primera sección electoral -uno de cuyos principales distritos es Tigre- que no se sienten cómodos con Axel Kicillof. Por lo tanto, ante un eventual marco de mayor influencia de Cristina Fernández sobre Kicillof o Alberto Fernández -a quien, además, le deben gran parte de sus respectivas victorias- es posible que los intendentes molestos por una injerencia mayor en sus distritos busquen amparo en los brazos de Massa. Serán cruces muy delicados.

Sin embargo, los condicionamientos mayores vendrán por la delicada situación externa, el próximo gobierno deberá cumplir compromisos con el Fondo Monetario Internacional[4] (FMI) sólo entre el 2022 y 2023 por 46.000 millones de dólares, además de entablar negociaciones con el fin de obtener un eventual reperfilamiento de las obligaciones asumidas con los acreedores privados que sea lo suficientemente pronto y sensato como para no quedar nuevamente fuera del mercado de capitales. En consecuencia, equilibrio, tiempo y capacidad de negociación serán los tres vértices del poder albertista.

Las contradicciones del federalismo

Recientemente, Fernández pareciera hablar-a la antigua usanza alfonsinista- con el “corazón[5]”, y repite como un mantra que su presidencia será el gobierno de los “24” gobernadores. Si, por una parte, es capaz de reconocer que los gobernadores fueron dejados de lado por la avanzada centralista de los gobiernos de Cristina, tampoco resulta obvio que Alberto se deje atrapar por la lógica que imponen las dinámicas provinciales, llenas por lo general, de políticos que viven del federalismo fiscal y al frente de provincias ancladas en el atraso y la corrupción. Por el contrario, Alberto, profesor universitario, porteño e incluso con cierto aire bohemio, -según el ex director de la Biblioteca Nacional Horacio González “luce como un porteño viejo”- suele sentirse más cómodo alrededor de circuitos políticos plurales, capaces de aglutinar en su seno a diferentes opciones del progresismo metropolitano, desde el peronismo de la Capital Federal, núcleo desde el cual forjó su identidad y carrera política, pero además estableciendo fuertes vínculos  hacia determinadas corrientes de lo que fue el ibarrismo, el alfonsinismo[6], otros sectores independientes, y también con guiños claros hacia el ámbito de la cultura, -en especial la música-[7] que sujeto a los diferentes acuerdos y dinámicas que pueden ofrecer los gobernadores, expresión de un poder mucho más tradicional.

Por lo tanto, en el armado de su gabinete podrán despejarse algunas claves de cómo será la futura gestión de gobierno y el proceso de toma decisiones, si en estos prevalecerá más el armado federal con los gobernadores -vitales para la construcción de poder en el corto plazo- o si, por el contrario, practicará un presidencialismo fuerte con base en sectores progresistas y menos verticales con los cuales Fernández pareciera comportarse con mayor naturalidad y menor sobreactuación. Vale decir, además, que los gobiernos de coalición tienen mayor capacidad de éxito dentro de sistemas parlamentarios -como sucede en la mayor parte de los estados miembros de la Unión Europea- ya que, al surgir problemas de gobierno, cuentan con un diseño institucional que genera incentivos para la cooperación entre los distintos sectores en pugna, pero el desafío es mucho mayor cuando se trata de un gobierno de coalición -como el de Fernández- en el marco de un régimen hiperpresidencialista como el argentino ya que el modo de procesar los distintos conflictos ante una determinada crisis puede afectar directamente la gobernabilidad.

De acuerdo con lo que venimos sosteniendo, los gobernadores deberán negociar para acompañar. De su lado, será interesante ver como irán reaccionando ante el armado de esa Argentina federal que tanto Fernández habla, inclusive el gobernador electo de la provincia más populosa Axel Kicillof, sin lugar a duda el más perjudicado en el reparto de la futura coparticipación federal en desmedro de otras provincias poco gravitantes como Formosa, La Rioja, Santa Cruz o Santiago del Estero[8]. En efecto ¿La futura puja de poder por el reparto de recursos entre Kicillof y Alberto será desempatada por Cristina? No es menor agregar el detalle de que casi el 80% de la diferencia de votos de más que sacó Fernández respecto de Macri en las elecciones generales provienen del Conurbano bonaerense, en particular de la primera y tercera sección electoral, ergo, esos votos le pertenecen a Cristina, su vicepresidenta. Por lo tanto, hoy, resulta difícil analizar cómo puede llegar a ser el nuevo balance de poder y las distintas articulaciones de intereses que se entablarán entre los tres principales dirigentes del Frente de Todos.

Del lado de Alberto, podemos augurar que un escenario de crisis permanente puede ser un buen ordenador que permita ampliar los canales de diálogo y administrar tensiones internas, para poder sostener un orden que garantice un equilibrio entre el futuro presidente y su supuesta alianza de poder con los gobernadores, a través de los cuales obtendrá mayoría propia en el Senado, además del contrapeso natural que puede suponer Cristina y las diversas opciones al interior del Frente de Todos -en especial Kicillof y Massa-, y sobre todo entre el presidente electo y la oposición que encabezara, desde el próximo 10 de Diciembre, Mauricio Macri.

 

Notas

[1] Incluso después de la catástrofe económica generada por la hiperinflación bajo el gobierno de Raúl Alfonsín en 1989, el candidato a presidente por la UCR Eduardo Angeloz alcanzo los 38 puntos.

[2]Como si la diferencia de 15 puntos lograda en las primarias por parte de Fernández respecto de Macri, hubiese generado una actitud inicialmente contestaria por parte del oficialismo del tipo “los quise ayudar, pero no pude ni tampoco me dejaron”.

[3] La refundación es un típico “cliché” vernáculo, que abarca a la mayor parte del sistema partidario y que sostiene que cada 4 o 6 años nuestro país volvería a retomar un eterno rumbo iniciático y apoteótico, pero que hasta la fecha siempre ha terminado mal.

[4] El préstamo stand-by acordado entre el FMI y el gobierno de Macri fue el más grande en toda la historia del organismo. De los 57.100 millones prestados a partir de junio de 2018, el gobierno de Fernández solo recibirá el 12% de ese monto. Fue tan exorbitante la suma prestada que el FMI desconfía de la capacidad de repago de Argentina. Debido a ello, presiona a los tenedores privados de deuda argentina para que acepten un reperfilamiento de sus acreencias, para así el fondo asegurarse su cobro.

[5]Remite a una vieja frase de Juan Carlos Pugliese, ex ministro de economía de Alfonsin: “Les hable con el corazón y me respondieron con el bolsillo”

[6] Alberto Fernández fue, además, subdirector de asuntos jurídicos del Ministerio de Economía de Raúl Alfonsín. El buen concepto que Fernandez guarda respecto del dirigente radical, puede representar la variable de equilibrio ideal entre la relación actual que el propio Fernández guarda con los gobernadores peronistas.

[7] Data de décadas su fuerte amistad con Lito Nebbia, fundador de Los Gatos Salvajes.

[8] El politólogo Carlos Gervasoni sostiene que las transferencias fiscales per cápita a cada una de esas provincias representan hasta cinco veces más los ingresos fiscales que recibe la provincia de Buenos Aires por parte del estado nacional.

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