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El 2 de abril del 1982, me desperté con fiebre. No recuerdo quien dio la orden de que no fuese al cole. Quinto año del Agrotécnico, doble turno. Supongo que con sentido común alguno de mis viejos prefirió que me quedara a tener que  ir a buscarme luego. Raro, a la escuela no se faltaba.

No recuerdo detalles. Al mediodía papá volvió del trabajo y me vino a saludar. En la tele, creo un Hitachi de última generación,  que tenía una botonera para darle color y un buscador de señal. una ruedita por cada canal que la hacías girar para que la imagen apareciese detrás de una lluvia de puntos o directamente eran todo neblina espesa. El control remoto, ja, una perilla como de hornalla que sonaba trac, trac, hacía las veces de buscador de canales. Bah, había dos, o uno u el otro, Canal 3 y Canal 5 de Rosario. Habían levantado una antena repetidora, ahí mismo donde hoy levantaron el nuevo Hospital Gutiérrez . Íbamos a verla, recuerdo 150 metros de altura ameritaba pararse en la vereda de enfrente y ver como allá arriba, las nubes que apenas se movían te mareaban cuando perdías las referencia del suelo. Vaya coincidencia. Ese predio permitió que viésemos la guerra contada por cronistas. Hoy el elefante blanco está preparado para otra guerra. Donde los soldados visten de guardapolvo, por casco llevan un barbijo y guantes suaves como arma de mano.

El recuerdo es apenas eso, ni siquiera sé qué parte es real o que parte completé en mi cabeza para mantener al viejo vivo y joven aún. ¿Quién no daría lo que sea por volver a sentarse frente al viejo a tomar un mate?. Pero, me voy de tema. uno nunca deja de extrañarlo y cualquier cosa es buena para dejar que la imaginación lo busque y lo quieras abrazar una última vez.

Cuando apareció en la habitación ya venía buscando las imágenes de la televisión, con la sorpresa de quien escuchó parte de lo que sucede, pero ver no es lo mismo que escuchar. Escuchar lleva el filtro del que habla y del que escucha. Ver, nadie te la puede contar. Aunque tampoco es tan así.

La tele mostraba una Plaza de Mayo repleta de gente con banderas Argentinas que se contaban por miles. La cámara iba desde la casa de gobierno con balcones vacíos a la multitud. Creo ver la cara de Ademar. De asombro, de sorpresa, de pánico. Al rato salieron los militares de turno por una puerta y llenaron los balcones. La multitud estaba desbordada. Esto si lo recuerdo, cuando papá dijo. – ¿Qué hace esa gente ahí? Están todos locos. Vamos a ir a una guerra.

Aquella guerra la vimos por TV. Siguen repitiéndose las imágenes de “¡Vengan que le daremos batalla!”, “¡Comunicado número tanto…” y el maldito “¡Vamos ganando!” Esa guerra la vimos por TV y hoy quedó lejana. Salvo por los que murieron, los que volvieron mutilados, por las familias que quedaron destrozadas para la eternidad. Familias que habían entregado a un soldado de 19 años a una patria que los escondió cuando los trajeron. Que fueron tratados mejor como prisioneros de guerra que como héroes por un gobierno y un país que por desidia, ineptitud o quizás porque no había mucha clase media y alta entre las bajas, solo hizo como que no pasó nada.

Lo que pasó, es que perdimos. Y en el mundo real, cuando se pierde una guerra, date por contento con que no se lleven lo que es tuyo. Así se hacían grandes los imperios en el pasado. El que gana se lleva todo, y el que pierde paga las cuentas.

Inglaterra y el mundo alineado tras ellos creo nos perdonaron la vida no desembarcando en el territorio o devastar Buenos Aires con una cañonera, una ciudad, que mira al mar. Muy fácil de ser atacada.

Podríamos haber ganado la guerra, es verdad, pero la única verdad es la realidad. Y la perdimos dos veces. Cuando dejamos que se suiciden más soldados luego de la guerra que los que murieron en las mismas islas. Como una triste paradoja hay más muertos en tierra firme que en la batalla lejana.

Ahora, los aniversarios vienen con feriado puente incluido, así en lugar de agachar la cabeza y recordar aquellos y estos muertos, nos vamos de vacaciones cortas para poder disfrutar. Los que pueden, claro.

El 2020 nos agarró mal parados con un virus 800 veces más chico que el grosor de un cabello. Pero nos pega a todos esta vez. Tenemos que hacer frente a un enemigo biológico que nos dejará muertes pero además un desastre económico que perdurará en el tiempo. Y tenemos poca idea salvo tratar de adelantarnos haciendo lo que no hicieron los países donde la muerte camina en las calles.

Como aquella vez, hace 38 años, es válida como nunca la pregunta de mi viejo. –¿Qué hace esa gente en la plaza? Esta vez si no nos quedamos refugiados en casa, repetiremos aquel error irreparable de colmar las calles. Si no hubiésemos salido a llenar la plaza y vivar por aquellos innombrables de turno, los muertos de la guerra de Malvinas caminarían entre nosotros. Rindámosle el homenaje que se merecen y ganemos esta guerra. Quedémonos en casa.

Por Guillermo Ademar Barbey

(Ingeniero Agronómo, autor del libro de cuentos “Hermanos para siempre” Ciudad Gótica – 2016)

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