Columnista invitadoLa Peste es el Otro: mecanismos de defensa frente al COVID-19

Tomás Lüders05/04/2020
Compartir esta noticia
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter

 

Por Federico Baldomá (1) y Tomás Lüders (2)

El médico clínico Federico Baldomá y el docente y periodista Tomás Lüders abordan críticamente en esta nota aquellas “estrategias” a través de las que una sociedad traumatizada y sus confundidos referentes intentan lidiar con un fenómeno inédito como es la pandemia del coronavirus.  

 

..

La Pandemia que se cierne sobre nosotros, aunque haya sido adelantada como temor en narraciones de ficción ya clásicas y reflotada en cientos de series y películas pos-apocalípticas de oscura moda en los últimos años,  impacta con el peso de lo inesperado. Es algo que parece difícil de categorizar. ¿A dónde lo ubicamos en nuestra vida?

Nos quita las coordenadas con las que vivimos. Si en un país tan inestable como éste la posibilidad de simbolizar un futuro ya era compleja, ésta al menos podía seguir “imaginarizandose”, nuestras frustraciones y miedos podían ser introducidos en un relato: encontrábamos distintas formas de ubicar responsables de los fracasos, de hacer catarsis, más o menos justas, más o  menos certeras. Pero este mecanismo parece fallar frente la amenaza de algo que aún no podemos definir y frente al que los especialistas de distintos órdenes parecen estar tan casi perplejos como nosotros.

Antes de la llegada del Coronavirus, manteníamos además lazos fundamentales que ninguna crisis parecía capaz de horadar: familia, amigos, compañeros de tareas…. Vale aclarar que no es el caso de otras naciones más individualistas, que en el lugar de ese lazo afectivo parecen poner el respeto por la Ley, que los ordena, nosotros por nuestra parte, parecemos obtener seguridad por la cercanía de la amistad.

Ante esta perplejidad, tal como lo hacen las personas con su psicología “individual”, las sociedades también suelen echar mano de ciertos mecanismos colectivos de defensa para poder gestionar la angustia y las incertidumbres:

 

1-¡Llamen a Papá!

En un primer momento emergió una inusitada confianza en la autoridad presidencial, incluso pareció atenuarse la llamada “Grieta” –al menos entre quienes nos sentimos menos atravesados por ella o somos capaces de relativizarla en determinados contextos–.

Los psicoanalistas hablan de un resurgir del “Nombre del Padre”, y es cierto, el no muy carismático Alberto Fernández logró ser representado como un Gran Padre protector, al menos a juzgar por numerosos posteos en redes, a la sazón, la única forma actual de encontrarnos con el otro extramuros, a excepción de algún furtivo intercambio en la cola para comprar provisiones.

Pero mientras algunos pensábamos en las fortalezas y debilidades de este tipo de encuentro con algo del orden del “sentirse seguros”, pronto reemergieron las viejas grietas y las dudas. El enunciado “La salud antes que la economía”, aunque para quienes descansan en ciertas tradiciones de izquierda o del anticapitalismo conservador sonaban a “nosotros” antes que el “mercado” parece perder fuerza frente a la necesidad de quienes dependen del mercado (formal o informal) para subsistir, lo que fue rápidamente resaltado por los desde el comienzo críticos al nuevo gobierno (más allá de su necesidades materiales).

Pero, dejando las diferencias estrictamente políticas de lado, la idea de que hay uno Otro organizador, protector, omnipresente y que sabe lo que hace, suele aparecer en las grandes crisis y, en este caso, se corporizaba en la figura de la engrandecida autoridad presidencial y de un estado que intenta proveer y dar normas claras. Se producía al comienzo de la cuarentena un excepcional escenario en el que el virtual “toque de queda” resultaba tranquilizador.  Y la figura del Padre no es la única, pues se escuchan expresiones que señalan el resurgir del Estado materno o maternante. Incluso en sociedades individualistas y democráticas como las actuales y en contextos de intensos reclamos por nuevos derechos individuales que ponen en cuestión tradiciones y leyes, la búsqueda de seguridad activó nuestra búsqueda de contención en alguien que tuviera una Respuesta  y supiera qué hacer sin tener que consultarnos.

En la misma categoría de que son necesarios Grandes Hombres que vengan a cuidarnos o “Madres-Estado” a protegernos, se inscribe también la apelación al Médico Héroe. Aquél cuya figura idealizada, carente de defectos, es pura entrega por una tarea que nos rescata de “El Mal”.

Debe decirse que esta posición a la vez que interpela, también incomoda al personal de salud, que reclama por su posibilidad de angustiarse, protestar, enojarse y claudicar como el resto de los mortales. Pero sobretodo su propio derecho a la duda, a no saber y a no tener certezas en su práctica, ya que estamos frente a una patología que aún tiene perplejos a los mayores referentes del mundo, ya que han tenido apenas algunas semanas para investigarla.

No queremos terminar de darnos cuenta que esos “mártires” son ubicados en nuestro imaginario para salvarnos de la incertidumbre, generando una ilusoria sensación de amparo proveniente de una figura médica paternalista o maternalista, pero quizá no para curarnos o contener todas las duras consecuencias que aparejará esta pandemia.

2-El contagiante-contagiado es malo

Otro aspecto a observar fue la manera en la que se propagó la fantasía negativa del “contagio”. Por error o estrategia, el gobierno no explicitó lo que sí se aclaró en otras latitudes (en particular Alemania), que el COVID 19 nos alcanzará prácticamente a todos. Que la restricción del contacto tiene por objetivo aminorar el ritmo de los contagios para que no colapsen nuestros precarios sistemas sanitarios, como sucedió en Italia y España y como está sucediendo en Estados Unidos.

Pero, a juzgar por algunas reacciones, lo que mucha gente espera es No Contagiarse. Nadie quiere ese “ser extraño” en su cuerpo. Así, el coronavirus parece tomarse como la lepra del siglo XXI: quien lo tiene se convierte en un chivo expiatorio.

En principio la agresividad caía sobre los “ricos” que lo trajeron de sus viajes al extranjero, sobre todo aquellos que actuaron irresponsablemente, pero pronto se demostró que el mal podía ser traído por aquellos a los que poco antes se aplaudía: así, el propio personal que trabaja en salud al mismo tiempo que es idealizado, sin cortapisas y en paralelo pasó rápidamente a ser visto como peligroso, en lo que parece el sumun del egoísmo potenciado por el miedo.

Inscribiéndose en esta ilusión de que es tan posible mantenerse “impoluto” cabe el artilugio de que el que se contagió , y por ende, contagia, lleva en ese acto un error, un delito, y que debe ser marcado, identificado. Con esa transgresión nos permite trasladar la culpa de ese “germen”, sin nombre, sin identidad ¿sin vida? hacia alguien con nombre y dirección a quien depositarle nuestros más hostiles sentimientos (ver nota anterior al respecto).

En esta dirección encontramos un dilema más profundo que el de vida-economía: el del aislamiento-encuentro. En este tiempo de recomendación de distancia, se hace cada vez más necesaria la cercanía, la empatía con el que está en desventaja y solo, y por supuesto con el enfermo.

En la era cristiana la concepción de la enfermedad como castigo siempre tuvo un rumbo hacia la deconstrucción, aunque no sin grandes tropiezos, entre los cuales se destaca el de la epidemia de VIH SIDA, probablemente la que más reconozcamos por cercanía y por lo que significó en términos de padecimiento e injusto castigo moral sobre el enfermo.

Cuesta creer cómo, en estas circunstancias y con todo lo recorrido, un nuevo flagelo vuelve a ser estigmatizante. Pero quizá debamos dejar de lado nuevamente la moderna pero ya vieja expectativa de que los seres humanos podemos confiar en que la Historia nos hace mejores que nuestros antecesores.  A veces, cuando nos creemos parte de un Futuro sin parangón, somos capaces de caer en las actitudes más “primitivas” que se nos puedan ocurrir.

3-Aquí no ha pasado nada. “Siga… siga

Al mismo tiempo, así como en algunas áreas en las que se subdivide nuestra sociedad hubo un brusco parate, en otras emergió una intenso “hiperactivismo”.

Más allá de que los argentinos somos bastante caóticos, estamos dentro de una sociedad segmentada en subsistemas o campos: la educación, la salud, las distintas ramas de la economía y lo público. Son nuestras burbujas grupales, que suelen sumarse a las burbujas personales que hacen que, incluso en un país tenido por tan afectuosamente cálido como el nuestro, la más de las veces no sepamos qué hace nuestro vecino o vecina durante las horas previas a escucharlo llegar a su casa en su moto o auto.

El hiperactivismo fue patente en el sector educativo. Las escuelas aceleraron la digitalización de la educación. Niños y adolescentes se vieron repletos de tareas entregadas por docentes, a su vez demandados por el mandato de que “la educación no debe detenerse”  porque los “chicos están primero”.

Se perdió de vista que había que asimilar un trauma que golpeaba tanto a esos docentes como a las familias de los alumnos. Pero mientras debíamos intentar encontrar la forma de lidiar con una realidad inédita, llovían tareas por las redes y los emails.

Se perdió también de vista que la Escuela es, además de una institución que forma en contenidos, uno de los pocos espacios en el que los chicos mantienen durante el día un encuentro afectivo y contenedor con el mundo adulto y un encuentro con sus pares bajo ese mundo de sentido que muchas veces ya no pude brindar la propia familia (o por que los padres están “tapados de trabajo” o porque el lazo familiar se ve debilitado por diversas razones en entre las que se incluye, claro, la fuerte demanda laboral de los progenitores).

Este hiperactivismo se explica, en parte por el rol clásico de las instituciones, pero también como uno de los mecanismos de alivio de la angustia: si se sigue con el ritmo habitual o incluso se lo incrementa, puede pretenderse que nada grave ocurre. Pero por esto, en el corto plazo, se paga un precio elevado. Padres, docentes, trabajadores, personal de la salud y los propios chicos terminan “quemados” por la intensificación de una actividad que termina siendo el “hacer por hacer” para no tener que detenerse pensar y sentir.

No se deja espacio para que aparezca el miedo, la angustia o la perplejidad, que por otro lado se impone, como parte de esta realidad tan evidente y por ende, la posibilidad de encontrar mecanismos más efectivos para elaborarla. Se terminan cambiando las rutinas, haciendo sentir a los actores en deuda con el “deber”, sin poder estar a la altura de lo pretendido o mostrado por los referentes. Caemos, como señala el pensador coreano Byung Chul-Han, en infames recortes de las redes sociales con sus cada vez más exigentes modelos de transitar cada cosa, incluyendo el confinamiento.

Y la madeja de subsistemas y la falta de redes “personales” que atraviesen estas “burbujas” en las que se divide la actividad humana para especializarse, dificultan así formas más sensibles y colectivas de enfrentar una situación dramática que nos atraviesa a todos, estemos en la burbuja que estemos.

 

Solo la perspectiva del tiempo nos dirá cuánto nos sirvieron y cuánto nos complicaron estos mecanismos. Resulta difícil concluir un textos sobre una experiencia inédita y singular en la historia.

Sin expertos en su manejo macro ni micro, y por supuesto tampoco en su análisis, quizá podamos confiar en nuestros rasgos humanos más positivos, en aquellos que nos llevan al encuentro, incluso en épocas de aislamiento, que nos llevan a la búsqueda de reconfortar y dejarse reconfortar por el otro.

(1) Médico Especialista en Clínica Médica, staff del servicio de CM del Hospital Gutiérrez.

(2) Profesor de Sociología y Semiótica en los diferentes niveles educativos. Colaborador habitual de Venado24.

Leave a Reply

https://www.venado24.com.ar/archivos24/uploads/2019/07/ESTEVEZ-BANNER-WEB-OKEY.gif