Columnista invitadoEl costo de la política

Tomás Lüders09/01/2020
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Por Emilio Rodríguez (*)

En estos tiempos se ha escrito y hablado mucho en Argentina sobre lo que nos cuestan los políticos, los que ganan ellos, las cantidades de asesores que tienen y otras cuestiones más. Por tal motivo me parece oportuno recordar algunas ideas. En primer lugar, fue a mediados del siglo V a. C.,  cuando Pericles perfeccionó la democracia en Atenas. Decidió pagarles a los que participaban de la asamblea o tenían cargos en el gobierno. De esta forma, garantizaba que la participación política estuviera abierta incluso a los ciudadanos más pobres. Esa lógica, esa forma de pensar tenía sentido y fue un avance para esa época. Pero cierto es también que estos tiempos son muy distintos.

Es una rara avis encontrar un político perteneciente a los sectores de bajos recursos. La gran mayoría desempeña sus cargos públicos y mantienen sus actividades privadas de manera parcial o total, con lo cual siguen percibiendo sus ingresos particulares.

El filósofo, economista,  y sociólogo alemán Max Weber consideraba que solo hay dos formas de hacer de la política una profesión; se vive para la política, o se vive de la política. Obviamente la mayoría sigue la segunda opción. Weber sostenía que entre un ciudadano que dedique un poco de tiempo a las cuestiones públicas o alguien que se aboque de forma completa a la política, era preferible esta última opción. Remarcaba la necesidad de que sea un profesional de la política. Alguien que esté ocupado exclusivamente en los temas públicos.

Y es por eso que todavía tiene sentido que todo político que desempeña una función pública, sea un ministro, secretario, gobernador o legislador perciba un sueldo por su tarea.

Ahora bien, la discusión no es tanto lo que ganan por sus sueldos oficiales, sino por aquellos ingresos “extras” o “por izquierda”, como se suele decir, obtienen. Además tienen otros beneficios, como por ejemplo, los legisladores nacionales pueden canjear por efectivo los tickets aéreos y  terrestres, que les entrega el Congreso Nacional para trasladarse por el país. Muchos no los usan  pero después terminan cambiándolos por dinero y logrando unos “jugosos” sobresueldos.

Estudios comparativos entre la legislatura nacional y la española demuestran que “el costo por diputado argentino es 3 veces mayor que el de un diputado en España; y el de un senador es 13,5 veces más alto“.

Indudablemente hay un excesivo gasto político. Pero quizás si la mayoría de los políticos fueran productivos no estaríamos hablando del costo de la política. Y es aquí donde surgen muchas preguntas para plantearles: ¿Cuánto tiempo le dedican a la política, el tiempo que les sobra o viven para la política? Si son legisladores, ¿Van siempre a las sesiones y a las reuniones de comisión o brillan por su ausencia? ¿Intervienen en los debates? ¿Presentan proyectos? ¿Son de relevancia? ¿Tienen asesores que realmente los pueden orientar sobre diversas temáticas o son personas a las cuáles les debían favores?

Indudablemente los tiempos de Pericles han pasado. La sociedad reclama que los políticos también se ajusten y se pongan a tono  con la realidad. Aquellos funcionarios que han decidido congelar sus salarios o reducir sus dietas están escuchando el mensaje. Los que no lo han hecho, sepan que el pueblo está esperando un gesto de parte de ustedes y no se sabe hasta cuando tendrá paciencia.

 

(*) Master en Ciencia Política / profesor de teoría política

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