Tomás LüdersViolencia de Género, medios y los sectores lejos del foco

Editor14/01/2019
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Al juzgar por las cifras, los femicidios, la violencia de género en general, está lejos de descender, al menos en promedio. Difícil saber si estamos peor o mejor en cuanto a número. El octavo asesinato de una mujer en el año no nos permite ser optimistas. Difícil serlo además cuando las estadísticas, sobre todo en este caso, no son fiables. Solo se registra -y debe observase cómo- aquello que llega a los extremos. No creo que en este caso lo “rentable” como noticia del tema lo esté sobredimensionando. Creo que más bien lo tematiza de otra manera. Así, el viejo “homicidio pasional” fue reemplazado por el femicidio. Pareciera de mínima, haber un recrudecimiento de la crueldad de los hechos.

 

el alcance del fuerte reconocimiento simbólico lleva a gran parte de la sociedad a pensar que “ya está”

 

En este contexto, lo que preocupa, es que, como viene sucediendo tanto aquí como en los países donde se han iniciado los ya no tan nuevos reclamos sociales (minorías de género y sexuales, migratorios, étnicos..) es que el alcance del fuerte reconocimiento simbólico lleva a gran parte de la sociedad a pensar que “ya está”, que la cuestión ya se resolvió. Incluso, “que se han pasado de vuelta”. Más como cuando en éste y otros casos el reclamo se asocia entonces a otras demandas que tienen menos consenso. “Qué más quieren las mujeres”, rezan algunos comentarios “anti-pañuelos” para la cuestión que nos ocupa. Y sin embargo, pensemos solo en la demanda por la legalización del aborto: la interrupción voluntaria del embarazo sigue estando prohibida e incluso penalizada en la gran mayoría de los casos y, sin embargo, ciertos sectores conservadores manifiestan su hastío con la presencia de “tanto verde” en las pantallas, en las redes y en las calles. Más perjudicial aún, el menor consenso en torno al  aborto afecta incluso a la generalizada legitimidad del reclamo contra la violencia machista -la legitimidad que tiene, al menos,  la crítica sus ribetes más atroces-.

En este marco, creo que nos debemos considerar con cuidado el hecho de que el reclamo contra la violencia machista está alcanzado por las gramáticas mediáticas. Vale entonces analizar qué efectos tiene la mediatización del drama sufrido por una persona famosa, pues a la vez que hace focalizar rápidamente atención sobre un tema oscurecido previamente  genera la sensación de que similares cuestiones se han resuelto análogamente allí a donde los focos no llegan.

Frente a esta situación, pienso que no hay que dejar de leer lo que la intelectual feminista estadounidense Nancy Fraser critica sobre lo que sucede en su país con la fuerte presencia de lo que se llaman políticas de la identidad en la agenda pública y en los medios: habrían  desplazado de la agenda a viejos reclamos ligados a la desigualdad económica, volviendo incluso a muchos reclamos, como el feminista, funcionales al neoliberalismo, diluyendo la posibilidad de un feminismo que pueda a su vez ser parte de un cambio más amplio de las relaciones de poder, como supo pretender el “viejo” feminismo de Simon de Beauvoir. Como recuerda Fraser, si antes el feminismo se asociaba con facilidad al marxismo, hoy ciertos discursos parecen reclamar el derecho de la mujer a participar en pie de igualdad en el mismo despiadado y ultra competitivo mundo de los negocios hegemonizados por los varones. Para Fraser, se  produce entonces un oxímoron realmente existente: un progresismo neoliberal.

 

¿Ayuda esta presencia a las mujeres que sí la sufren al ponerlo en agenda, al volver discurso público lo que antes era velado? Temo que la repuesta no es lineal ni simple.

 

En el caso de nuestro país, al menos, estimo, sin embargo, que mínimamente debemos plantearnos qué alcance y efecto concreto tiene el nuevo reconocimiento simbólico de las cuestiones ligadas a las temáticas de género. Pues, mezclándose inevitablemente con la lógica comercial de los viejos y nuevos medios, se llega incluso con facilidad a habilitar que a viejas figuras asociadas a lo peor del machismo televisivo puedan bañarse rápidamente de progresismo o, como decíamos antes, quizá menos grave y con resultados ambigüos, a darle fuerte presencia mediática a artistas femeninas jóvenes que no necesariamente sufren lo peor del machismo social (al menos no como colectivo). ¿Ayuda esta presencia a las mujeres que sí la sufren al ponerlo en agenda, al volver discurso público lo que antes era velado? Temo que la repuesta no es lineal ni simple. Poner en foco el tema lleva a que a algunos sectores sociales busquen cambiar viejas prácticas con cierta rapidez . Es lo que hoy se categoriza como “deconstrucción”. Son varias sin embargo las cuestiones a considerarse:

Una, que plantear una “deconstrucción” veloz de las viejas “posiciones de sujeto” (tal el nombre en académico de las identidades asumidas por sujetos que son mayormente producto de sus circunstancias) no es simple: la rapidez puede ocultar una represión de las viejas formas que, como todo lo reprimido, puede a su vez volver con furia feroz. O, directamente, el rechazo que se genera entre sectores conservadores frente a reclamos que, entre ciertas militancias, terminan excediendo la consigna específica partir de la que se originaron: se sienten provocados y esto es algo que  ya tiene terribles expresiones políticas en Europa, en el norte de América con Trump y  más recientemente aquí en Sudamérica, con la elección de Jair Bolsonaro. Es un rechazo que genera un retorno más atroz de las viejas prácticas que se creían superadas (la humanidad, es una lección que ya deberíamos saber, no evoluciona, no linealemente al menos). Correlativamente, que el hecho de que el discurso machista sea rápidamente corregido en los medios por un discurso políticamente correcto (…de “homicidio pasional” a “femicidio”) no implica para estas empresas más que eso:  un cambio estilístico y lexicográfico por estrategia comercial, pero no un cambio en su lógica profunda. Las empresas de medios, claramente, no tienen preocupaciones morales. Es la sociedad, algunos de sus periodistas y algunos artistas, quienes pueden sí exigir que las empresas del sector estén a la altura de lo que ahora difunden.

 

plantear una “deconstrucción” veloz de las viejas “posiciones de sujeto” (…) no es simple: la rapidez puede ocultar una represión de las viejas formas

 

La segunda, más preocupante aún, tiene que ver con el alcance de los cambios más allá de las pantallas y de lo que sucede en ciertos sectores sociales más dados a las debates. El reconocimiento simbólico, decíamos, es ahora rápido en los medios, aunque inevitablemente subordinado su lógica comercial, pero es mucho más lento y conflictivo en la agenda pública. Al mismo tiempo, muchas de las grandes empresas no mediáticas ya están –como lo hicieron mucho antes en los países del mundo llamado desarrollado- tomando rápida nota a la hora de programar contrataciones y, sobre todo, controlar posibles abusos y prácticas machistas. Otra cuestión es lo que sucede con las empresas locales que no son filiales, donde la sensibilidad a la agenda es mucho menor.

Pero, vayamos al meollo del asunto. Como referíamos en antes, en las capas medias y medio-altas se comienza a intentar, no sin dificultad, modificar ciertas prácticas, pero incluso allí, como todo tema que adquiere politicidad, se genera una “nueva” y triste grieta –la guerra de los pañuelos, por caso-. No es sin embargo allí donde el machismo tiene sus efectos más serios -no en promedio-. Al juzgar por los hechos que alcanzan la difusión de la violencia de género, en los mayoritarios sectores populares y marginales la cuestión parece mantener características muy diferentes. Quizá algunos discursos puedan tener ciertos efectos positivos. Ciertas agrupaciones de activistas logran rescatar o “salvar” a ciertas mujeres.  Pero al mismo tiempo, la descomposición o la crítica a la vieja “dominación masculina”–sobre todo allí donde no es parcialmente “salvada” por estrucutras sociales tradicionales o, por caso, por el reactiviado Evangelismo– produce, estimo, más reacciones y más violentas que durante el momento en el que se reproducía sin ser puesta en cuestión.

TL

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