Tomás LüdersUn San Martín que espera

Tomás Lüders17/08/2020
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No vayas a la escuela, porque San Martín te espera”, decía Luca Prodan en los 80s, a los de mi generación nos lo volvería a decir en los 90s, aunque ya llevara algunos años de muerto, bastantes menos que “el Libertador”.

Cuando entré al Secundario era la época en la que los adolescentes repartíamos nuestro tiempo y energía (y en este orden) en pasar el rato con nuestros amigos sin hacer nada más que hablar de nada, amigos que eran nuevos aunque muchos fueran los mismos; discutir, obedecer y desobedecer a nuestros padres para solo volver a discutir; mirar chicas e intentar que las chicas nos prestaran algo de la mínima atención que nosotros les prestábamos a ellas –más tarde descubriríamos que lo hacían, pero con la sutileza que las caracterizaba entonces– y discutir, obedecer y desobedecer profesores.

A la vez, era una época en la que los adolescentes, algunos por lo menos, buscábamos con bastante ansia algún ideal que le diera forma a esa rebeldía contra padres y profesores –yo tengo que sumar curas al asunto de las autoridades–. Uno, entonces, que no fuera el que creíamos era de nuestros padres, profes (y curas).

Púber todavía, hijo de padres liberales bastante progres, yo era un rabioso ateo, pero eso era porque odiaba a los curas. También fui por menos tiempo (¿8 meses, un año?) un nacionalista rabioso. Y eso sí se lo dedicaba a mis padres, que para mí no entendían que ir de compras a los nuevos shoppings era traicionar al País, o algo así.

La Patria era todo y hasta llegué a retar en la fila a algún compañero que no cantaba el himno, himno que salía sucio y monocorde del viejo tocadiscos del patio embaldosado del Sagrado Corazón.

En tercer año llegó la adolescencia de verdad. Y uno oscilaba de nuevo entre lo que pongo en el segundo párrafo y sumar algún glorioso “éxito” con alguna chica, osadía que hoy no haría más que enternecer a una abuela. Con tercero también llegó el rock, Led Zeppelin, pero también otros ingleses. Los más oscuros, como Joy Division con su “Love will tear us appart”, fueron escuchados por mí a cada rato cuando la chica que apenas pasó unas tardes conmigo partió con otro. Es cierto, antes de Joy Division había sido presentado Sumo por el hermano mayor de un amigo. Y con Sumo ese tema: “Mañana del Abasto”. Luca lo entendía todo.

San Martín era eso que seguía ahí, repetitivamente colgado en ese mismo cuadro de colores oscuros que estaba en cada aula y en cada oficina: un militar con el ceño fruncido que nos miraba enmarcado a dos metros del suelo. Y la historia era en “el Sagrado” una materia que nos contaba, bastante a las apuradas debo decir, que ese General había cruzado Los Andes para liberarnos muy estoicamente y muy disciplinadamente de “los Españoles”. ¿Liberarnos por qué y para qué? Jamás se nos decía y nosotros no preguntábamos. Era entonces un General que no parecía tener otra idea en la cabeza que la misma que había abandonado yo hacia el final de primer año: “Patria”, palabra que no quería decir nada y sin embargo lo abarcaba todo o casi todo. Pero él era el Padre de esa Patria y a los padres se los obedece aunque no se los comprenda. Y uno está en tercer año sobre todo para desobedecer, así que, como decía Luca: no vayas a la escuela….

Claro que también eran los 90s, así que a nadie parecía importarle demasiado el asunto. Quizá solo yo y los dos amigos con los que habíamos empezado a intercalar Sumo con Nietzsche éramos los únicos que nos obsesionábamos con esa imagen desgastadamente solemne que volvía a colgar sin sorpresa de la pared del aula de 4to bachiller.

Después llegó la primera novia “en serio” y las energías se empezaron a canalizar hacia cosas más felices. San Martín quedó colgando de la pared cuando me fui a Rosario y nunca más se volvió sobre el asunto.

En la Facultad se estudiaba historia contemporánea. Mayo y la Independencia quedaban relegadas juntas para siempre al cuadro, o más atrás, a alguna Billiken y Anteojito de sexto o séptimo grado. Eran la prehistoria.

Una década después, San Martín volvió como el amigo de Zamba en un dibujo animado y también en alguna película bastante floja. El gobierno que había asumido parafraseando al General, al otro, al que me importaba discutir, diciendo que era tiempo de “hechos y no palabras”se había vuelto un gobierno obsesionado por los símbolos, por El Relato.

San Martín entonces no adquirió demasiados contenidos, pero sí se recuperó bastante de la erosión de los 90s y fue de nuevo sumado al Mito Constitutivo de la Identidad Nacional. Y como pasa con todo Mito, el contenido no es nada, lo importante es lo que nombra. Es cierto, se volvieron a publicar centenares de papers desde la usina Conicet y hasta Martín Kohan sacó un libro bastante lúcido explicando por qué el “militar” San Martín le había ganado al “civil” Belgrano en el Panteón Nacional. Lustrado, con colores más vivos, al menos ahora se lo ponía de fondo por algo más que el mero hábito. Pero como en la secundaria, a nadie parecía importarle demasiado el asunto.

El nuevo relato sanmartiniano no exorcizaba al viejo, al de la cultura integrista de los Guardianes de la Patria que se habían comenzado a hacer cargo de las cosas cuando a los débiles civiles no “les daba el cuero”. Ellos habían desechado la historia mitrista (aunque solían tener ministros de economía “liberales”) para imponer una más reforzada aún en el Mármol, una de Espadas, Santos y olor a Mirra.

El nuevo discurso, el del kirchnerismo, simplemente cambió, levemente, la orientación de la etiqueta, aunque tampoco faltaron los historiadores buenos –oficialistas, prescindentes y opositores– que se metieron en serio con la cuestión para generar algún debate sobre las ideas que habían cruzado y conflictuado la cabeza del hombre que hizo de Cuyo la base sur para la emancipación de las nacientes repúblicas que aún no se sabía si serían tales o monarquías parlamentarias (porque en Europa el viento de la restauración había vuelto a soplar fuerte).

Pero eso no importaba demasiado, ni siquiera para el nuevo gobierno. De nuevo, un mito no tiene contenidos, su efecto ideológico es nombrar y unificar lo disperso. Por eso de él nos quedaban las arengas antes que los argumentos (vueltas a potenciar ahora y ad infinitum por la cultura del meme). Las areganas y la imagen de casi mártir que cruzó las cumbres vomitando sangre antes que la del estratega que también era estratega político. Por eso el hecho más icónico de la época es la imagen de Cristina Fernández recorriendo los pasillos del Museo Histórico Nacional con el sable corvo aferrado a sus manos. Una unción, la incorporación de un aura, no el trabajo por una historia de procesos e ideas.

Después, claro, directamente le llegó el insulto, una taruca o algún otro bicho patagónico lo sacó de un billete que igual ya no valía nada.

Hoy, en este nuevo aniversario de su muerte, se me ocurren algunas cosas para hacer con ese San Martín que todavía espera en la escuela. Y sé que algunos profesores de historia, colegas de una disciplina que me apasiona pero de la que no sé demasiado, lo intentan casi todas las mañanas.

Debemos insistir con reintroducir a ese hombre, sin dudas excepcional, en los procesos de su época. No hace falta bajarlo de la pared pero sí hace falta todavía contextualizarlo. Y hacerlo por fuera de la Usina-Burbuja Universitaria o de nicho intelectual. No necesitamos más mitos que no explican nada, que de esos estamos empachados. Entiendo que la historia de esta figura y las de su época son los suficientemente ejemplares como para que no tengamos necesidad alguna de seguir contando sus vidas como se cuentan las de los mártires durante la época romana.

Hay que contextualizarlo, valorarlo y criticarlo. ¿Por qué? Porque, a los tumbos, somos una República –que no es la de Brandoni, sino la de la Constitución– y las Repúblicas se sostienen en ciudadanos que piensan y no sobre creyentes. Y esto, valga la inevitable paradoja, esto es algo en lo que creo usando la razón y la pasión.

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