Tomás LüdersUn nuevo atentado: otra vez la pulsión de muerte ocupando el Vacío

Tomás Lüders06/01/2017
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Un nuevo tiroteo se produce en el llamado Primer Mundo.

No se sabe si quien disparó lo hizo invocando el significante “Alá” o lo hizo desde su delirio privado. El motor tiene un componente común: la muerte que cubre el vacío y la alienación sin fondo que enmarcan la época.

El Primer Mundo ya cocinó una respuesta: el gobierno de la paranoia. La misma paranoia que ayudó a construir la profecía de odio que se va cumpliendo. La cosa viene sin explicaciones, con un semblante que en otros tiempos habría resultado directamente grotesco: la exhibición sin disimulo de un imaginario poder fálico, bajo una indisimulada peluca rubia y con muchos gritos que ni son chicana, apenas mueca.

La cosa no es nueva, ya tuvo lugar en otra parte del Occidente auto-proclamado civilizado, cuando promediaba la primera mitad del siglo pasado. Solo a sangre y fuego logró imponerse finalmente el capitalismo auto-denominado democrático, que durante algunas décadas pareció estar a la altura de sus promesas.

Occidente pudo diferir así su autogenerada crisis de sentido, pero solo ganó tiempo. La Edad de la Razón no advino nunca, en la modernidad solo advino lo mortífero, cubierto de ideología racista y potenciado por la racionalidad técnica. Millones de vidas se perdieron para aplacarlo, pero solo aplacarlo.

Agotada la promesa triunfante, caía por propio peso el enemigo ideológico (una apropiación imperialista rusa de un relato emancipatorio que nunca fue). Pudo generarse otra promesa, global, pero mucho más mezquina: la pax capitalista tolerante y con supuesta meritocracia en lugar de algo menos de desigualdad. Pero solo trajo y solo por allá -aunque allí para casi todos y todas y sin importar para esto el color- la posibilidad de comprar a crédito mientras se perdían derechos y esperanzas de existencia digna a la largo plazo.

Claramente, no alcanzó. Tras los coloridos anuncios de Bennetton, vuelven reforzadas (y sin estructura) las viajas lacras: racismo, sexismo, milenarismo, xenofobia… La satisfacción a crédito duró casi tan poco como lo que dura el consumo de un huevo kínder. Convengamos que no hay producto que condense mejor la lógica del mercado que un huevo kínder o una cajita feliz: comprar, abrir, devorar, sorprenderse y tirar. Deprimirse, volver a comprar, volver abrir…

Obama, el tardío presidente de la diversidad que no cuestiona y de la (pequeñísima) atenuación de los bordes más ásperos del Capital ya hizo las valijas. El sistema que solo logra crecer a fuerza de auto-generar su propia crisis ve ahora, a disgusto, cómo uno de sus aventureros ocupa el Salón Oval. El aventurero ganó tirando kerosén sobre las heridas sobre las que Obama intentaba poner banditas, y hasta extraña comandar el reality show que lo terminó de ubicar en el star-system.

Mientras, los tiros siguen.

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