Decían a fines del siglo XIX que el Imperio Austro-Húngaro era el enfermo de Europa. Un Estado inviable.
De ser la principal potencia alemana, la “patria” de los Habsburgo declinó por la ceguera de sus propios gobernantes en un Imperio que vivía de los sueños del pasado. Solo la salvaba del colapso la mediación de las demás potencias, que veían en la existencia de Austria-Hungría un elemento necesario para el sostenimiento de la balanza de poder en Europa.
Pero el Imperio era un zombie. Caminaba, pero no vivía realmente. Tenía grandes intelectuales, grandes innovadores industriales, artistas, riqueza histórica, cultural, científica, natural…. Pero carecía de una dirigencia capaz de trazar un proyecto colectivo acorde a los nuevos tiempos. Se aferraba a sueños absolutistas en el que mal-convivían diferentes naciones. Poco más al Este, Rusia, que hizo saltar todo por los aires.
Pero entre los austríacos, después de fracasados los intentos revolucionarios y reformistas, las cosas se vivían con melancólica resignación antes que con ira rebelde. El intelectual y escritor Robert Musil definía a su patria como algo así como el Imperio de Caconia, si la memoria y la traducción no me fallan. Todos hacían como sí no pasara nada, pero todo estaba a punto de colapsar.
Los argentinos parecemos transitar un estado de resignación semejante. Los que tenemos algunos pesos, nos los sacamos de encima antes de que entren a la billetera, porque ya no sirven más que para ser gastados rápido y los que no tiene casi nada, arañan el final del día gracias a una changa o plan social. Ninguno puede proyectar algo más allá de mañana. Una economía sin moneda estable es como un matrimonio sin amor, la inercia de estar juntos puede durar hasta que alguno da un portazo y se va. O no, se quedan juntos pero separados porque viven en Argentina no hay plata que alcance para pagar otro alquiler.
Nosotros somos como ese matrimonio. Ya estamos resignados. Nada va a volver a ser como antes, pero tampoco tenemos hacia donde disparar. Cada tanto surge alguna pelea (“la grieta”), pero ya no hay ni pasión para el odio. Ya ni vuelan los platos.
Pasaron demasiadas peleas, demasiadas crisis. Sabemos que las vamos a transitar, pero para ir a ningún lado.
Acaba de renunciar Martín Guzmán. El único ministro que asumía que había una enorme crisis por resolver y el único que tenía algo así como un plan. Desde dentro de su partido (¡de su gobierno!), lo corrieron por izquierda hasta el final. Pero todos sabemos que no hay nada más fácil que correr por izquierda cuando no se gobierna. Mejor dicho en este caso, cuando se es gobierno pero se logra el milagro de no tener que gobernar, sin dudas un prodigio posible solo para el peronismo en el país pos-macri y pos-la-autora-misma del prodigio.
Desde el afuera-afuera del arco político, también se grita de todo, también se corre al Ejecutivo desde el extremo, el derecho en este caso, pero nadie ofrece tampoco algo cercano a un plan viable. El mismo axioma le corre entonces a la oposición como al oficialismo que no es oficialismo: nada más fácil que gritar soluciones radicalizadas cuando no se tiene la responsabilidad de aplicarlas.
En el centro, el emperador de nuestra Austria-Hungría. Como las últimas generaciones de Habsburgos, se ofusca, hace guiños para un lado, a veces para el otro, pero no va para ningún lado. Deja a todos con respuestas a medias y a todos descontentos. El Rey está desnudo, él lo sabe, todos lo se lo dicen, todos lo sabemos, pero ninguno hará nada.
Por ahora, el enfermo de América Latina sigue.
Saldremos a tomar una cerveza artesanal de mil pesos. A gastar otros tantos en algún fin de semana largo y esperaremos poder ver el colapso como si estuviéramos afuera. Ya vimos unos cuantos, sobreviviremos a éste… ¿sobreviviremos?









