Tomás Lüders¿Quién necesita identidad política? yo… ¡Covid, por favor!

Tomás Lüders19/09/2020
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Pasquale Serra es un politólogo cuya obra, El Populismo Argentino estoy estudiando en estos días. Otro argentinólogo o peronólogo italiano más… ¿en la senda del gran Gino Germani? Hasta ahora, por lo que detecto en una prosa bastante atravesada por el complejo léxico del posetructuralismo, sin dudas se parece al reverso político de Loris Zannatta, el otro politólogo italiano fascinado con el peronismo. Hay que decir que Zannatta tiene un estilo bastante más sencillo o menos pretencioso y, aunque ataca el binarismo argentino, no tiene dificultades expresarse abiertamente desde el polo “liberal” del debate. En cambio, el “peronismo” de Serra aparece demasiado recubierto de categorías laclaunianas como para que se termine de evidenciar (aunque no se duda sus simpatías cuando se lee la dedicatoria de su libro)

A la vez, hasta donde yo sé –porque en esta era de panfletarismo desembozado uno mira cada vez menos tele y lee cada vez menos diarios–, Serra tiene menos prensa. No es fácil resumir a Laclau en los latiguillos que demanda TN (o C5N para el caso).

Lo que sí creo que hay o parece haber en ambos es cierta fascinación con lo latinoamericano, ¿con lo atávico? ¿como dos etnólogos que viajan recurrentemente al “corazón de las tinieblas”? Como le pasó a Borges, antes a Sarmiento desde adentro, Zannatta parece tener una clara relación de amor-odio con la “barbarie” pampeana… y no lo juzgo por tal cosa, que no estoy aquí para hacerme al gris. Después de todo, no hay nada más italiano que un argentino rioplatense o nada más argentino que ser un intelectual que no se siente argentino, aunque Sarmiento haya sido presidente de este país y Borges su escritor más reconocido.

Serra, en cambio, también un visitante asiduo de estos pagos, llega quizá en busca de una identidad perdida, sin jugar a las antítesis como Zannatta. Una identidad imposible de conseguir en la Italia pos-pos comunista, donde solo la derecha rabiosa parece dispuesta a ofrecer algo así como una épica de la política (horrenda, pero épica al fin).

Hay, parece haber en ambos, una suerte de necesidad europea por estudiar aquello que por una cuestión étnica o geográfica (chi lo sa) escaparía en estos lares a la incredulidad posmoderna que desertificaba ideas y pasiones cuando ambos habrían elegido sus temas de tesis doctoral (antes que el Peronismo y la Iglesia argentina, Zannatta se destacó como estudioso de la figura de Fidel Castro, al que todavía define sin ironías como “al último rey católico”). Claro que sus miradas hacia el sur se iniciaron antes de que el populismo “premoderno” se pusiera en boga en el propio corazón de un Continente en el que hasta entonces cierto “decadentismo” (perdón por el exabrupto anti-posmo) parecía incluso lucirse como emblema de sofisticación.

“¿Quién necesita identidad?” se preguntaba hace casi 30 años Stuart Hall, un jamaiquino fallecido no hace mucho que devino en el último gran referente de los Estudios Culturales ingleses. Hall fue, como Serra ahora, un cultor de la complejidad argumentativa. Si no recuerdo mal, en ese artículo, bastante difícil de leer para los no iniciados (o sea, para casi todo el mundo, que saludablemente, no ve la necesidad  de torturar su cerebro con los textos de Derrida, Lacan, Foucault y demases) la conclusión es la siguiente: la identidad como esencia pre-dada, a priori, no existe. No existe una esencia que nos dé un “yo” pero tampoco otra que nos haga ser parte de un “un pueblo”. Para Hall la identidad es …. ¡sorpresa, sorpresa!....una construcción (la ironía, claro, no es justa con el atribulado Hall, después de todo el constructivismo como moda teórica y militante es posterior a su texto del 93 y de hecho le debe bastante a esas páginas).

Hall, y en esto se pone más interesante la cosa, propone reemplazar el concepto de identidad por el de identificación. Para llegar a tal premisa sigue a los posestructuralistas que lo precedieron, como Roland Barthes, que pedía reemplazar el significado de un signo por la significación que adquiere diacrónicamente o esa, en el tiempo. No voy a profundizar en las fuentes teóricas de Hall –por enredado que sea en este texto que cito no dejo de recomendar otros suyos para iniciarse en el tema de los estudios culturales–, así que yendo brutalmente al nudo de la cuestión, de lo que se trata es de comprender que al no haber una identidad “natural” o histórica legada por la tradición o el suelo (el famoso “blut und boden” pangermánico) , la identidad termina siendo producto del acto de identificarse con o como. Entonces, así como los significados de las palabras son siempre abiertos a la polisemia, las identidades parecieran ser fruto de un proceso siempre en devenir.

Ahora bien, lo que parece omitir el constructivista Hall es la fuerza con la que se adhieren los sujetos a eso que “eligen” ser. Habiendo leído tanta historia y psicoanálisis, Hall se olvida de la fe del converso o de la pasión adolescente por no ser como el padre, solo por mencionar algunos casos no al azar.

Si no lo soy, lo seré. Para ir a otro ejemplo más reciente, nadie nace vegano pero, al menos mientras se lo sea, la obsesión por no comer ningún organismo o sustancia animal parece ser el alfa y omega de esta nueva tribu obsesionada con ordeñar almendras para no dañar los pezones la vaca.

La paradoja entonces es que la identidad es, justamente, aquello que parece actuar como fundamento de lo que somos aunque no lo hayamos sido hasta que se produjo el “acto de identificación”. Ser idéntico a… uno mismo, a otro sería aquello que nos sostiene en el mundo. Ofrece coordenadas. Nos da el ser que justifica el hacer. De hecho, hasta suele anular el “ir a las cosas” porque como el ser no se negocia, entonces la intransigencia es la única táctica posible para la acción.

¿Y a qué viene todo esto? Pues bien, viene al hecho de que quienes parecen estar más obsesionados con definir lo que “son” sobre lo que “hacen” serían quienes, por los procesos que fueran, tienen menos “variables patrón” de las que agarrarse, es decir identificaciones ya cocinadas por la tradición y bajo las que el disenso no se produce porque, básicamente, ni siquiera hay condiciones de posibilidad para plantearlo. Para seguir ilustrando la cosa con ejemplos, ésta y no otra es la razón por la que justamente tiene menos chances protestar o siquiera poner en cuestión la dominación masculina una mujer del interior chiapaneco que una de la pequeña burguesía del DF mexicano en un país en el que todavía se hace culto generalizado del machismo.

Por eso uno no se imagina una grieta política en una sociedad tradicional relativamente estable: allí se es lo que dicen los relatos de los viejos que se debe ser y las acciones se eligen en función de eso. Hay pocas dudas neuróticas en esas sociedades. Un psicoanalista moriría de hambre indagando sobre el Edipo de un miembro de la tribu Qom que aún reside en el monte chaqueño. Las grietas dietarias, políticas o dietario-políticas en este sentido, parecen ser fruto de la “heterogeneidad” antes que de la “homogeneidad” social, para usar palabras de la doxa laclauniana.

Será por eso que, y al menos así parecen demostrarlo algunos trabajos de investigación de los que fui parte, la pasión por ser k o anti-k es más una obesesión de los sectores medios que de los tradicionalmente son mal llamados “populares” y las clase alta (dije clases alta, el A del ABC1, no la clase alta aspiracional que ahora extraña “meter” cada tanto un viaje a Miami). Allí donde hay más certezas sobre el “sentido de lugar”, como diría Pierre Bourdieu, parece haber menos interrogación por el espacio que se ocupa. Por eso el “centro social”, al contrario del político-partidario, se ha vuelto el lugar del radicalismo, al menos en estas décadas de inestabilidad.

Esta, claro, es solo una respuesta posible al por qué entonces buscamos hacer del otro un “exterior constitutivo” –y me estoy volviendo a poner inevitablemente técnico, pero si llegaron hasta aquí, no suelten la compu o el celu que ya me explico–. Si no estoy seguro de quién soy (en términos de posición social, pero quizá también en términos de identidad sexual, etaria, etc.) tengo que hacer del juego político un juego de lucha por la identidad antes que un espacio para definir ideas y programas: parafraseando a Luca Prodan: “no sé lo que soy, pero….:  no soy gorila o no soy peronista”, usted elija. Por eso los centros políticos solo seducen cuando las aguas se aquietan o todo se ha ido demasiado al traste: no son izquierda ni derecha, sino una cosa lavada que vuelve a oler a sensatez o té de boldo después del empacho identitario.

Dicho esto, ¿qué decir de la cuestión en el actual momento de crisis sanitaria y económica que se vive?

Puedo recurrir a algunas anécdotas para acercar algunas respuestas, un pobre muestreo en términos estadísticos, pero muestreo al fin: ir a la peluquería, al bar o la despensa de siempre es para mí, que cobro un sueldo fijo como docente (¡patéticamente fijado en noviembre, debo decir!) un acto de amor. Hay que soportar la angustia del otro. Jamás les pregunto a quién votaron allá en el lejanísimo balotaje de octubre de 2019. Algunos, deduzco, parecen haberse inclinado por Macri, otros, menos indignados pero igual de ansiosos y angustiados, por la dupla de Fernández. Todos, claro, se despachan contra quienes gobiernan ahora, aunque no me hago a ninguno muy encantado hace algunos años con los abruptos aumentos de tarifas del ex presidente que alterna el relax de siempre con alguna cartita destinada a su núcleo duro.

Con esto entonces no intento borrar con el codo lo que dije antes. Simplemente basta decir que aunque la cuestión de la grieta (que no se inició con una crisis económica sino con el temor gubernamental ante una) está plenamente vigente, conviene en estos días de desesperación hacer un ejercicio por no olvidarse de algunas viejas lecciones sin caer en mecanicismos económicos ni tirar los libros de Hall por la ventana. Y entonces hay que reconocer que las demandas y los miedos –y esto el propio Laclau lo dijo sin terminar de explicarlo bien– preceden a las identidades.

Y entonces, entonces no hay que hacer del dueño del boliche de la esquina un golpista anti-k porque salió hace ya dos semanas a protestar contra el retorno a una Fase-1 apenas atenuada. Pero tampoco del médico amigo con simpatías kirchneristas previas que insiste en pedir que no se hagan asados, un bolivariano que busca traer el “socialismo” caribeño a estas tierras.

Que uno insulte a Cristina Fernández y el otro la defienda no sería en este caso más que algo anecdótico. Aquí lo que sobrevuela es el miedo a perderlo todo, el boliche y la vida. 

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