Hace muy poco, el actual presidente Javier Milei cuestionó a Nicolás Maquiavelo. Las batallas culturales del día, por derecha e izquierda, a veces parecen tener loops infinitos hacia el pasado. Sacan de su galera paranoide a figuras que, fuera de círculos muy herméticos, generan cero controversia. Mientras escribo estas líneas, temo de hecho por la memoria de otro Nicolás, el monje polaco Copérnico, que puede llegar a ser vilipendiado tanto por un movimiento indigenista pro dios Inti como por pensadores neomedievales como otro Nicolás que en este caso es Márquez.
Javier Milei, como tantos otros líderes de la nueva derecha populista, se asume como un Cruzado por la restauración de los valores pre-modernos de Occidente. No decimos simplemente medievales-cristianos porque hoy el mix ideológico suma del lado del Bien a sectores del ala más derechista del sionismo… para perplejidad de algunos torquemaditas locales.
El renacentista Maquiavelo es el gran desacralizador del poder. Para el florentino en política no hay ni bien ni mal, la moral se juega en otro campo, por lo que para alguien que dice (y realmente parece creer) que lucha en representación de las Fuerzas del Cielo se está ante un apóstata. En El Príncipe se explicita que en el “arte” de gobernar lo que cuenta es solo la eficacia o ineficacia. Para usar su léxico, un líder debe tener virtú, que no tiene que ver con la virtud moral, sino con la inteligencia, astucia, audacia, etc. y ésta a su vez está acompañada por la buena o mala fortuna, que no es la suerte ni la riqueza, sino los factores externos a su virtú. Pero de él depende navegar lo mejor posible tanto “en las buenas como en las malas”, para ponerlo en criollo. Es un tema que suelo poner en debate en el aula, pero eso es una cosa y otra tirar los huesos del ex consejero de Lorenzo de Médice al centro de la actual arena política. Suena un pelín anacrónico.
Milei, como Cristina Fernández post 2008, no carece de astucia y menos de audacia. Pero de ambos líderes sorprende lo que parece ser la poco maquiavélica intensidad de su ideología (o lo que sea que es eso en lo que creen). Sus pasiones “morales” a veces se llevaron y llevan puesta la necesaria dosis de pragmatismo que se necesita para sobrevivir en política. Ambos, sin embargo, y ya que lo trajeron al ruedo seguimos usando al pobre de Niccolò, tienen o han tenido a Monjes Negros capaces de que sus “valores” no terminen en pateadas de tablero.
Forzando el psicologismo en nuestro análisis, líderes como Trump, Meloni, Putin, Lula o Xi (por nombrar solo algunos casos relevantes de todo el espectro geopolítico) parecen ser, para quienes no estamos entre las minorías intensas que los apoyan o desprecian, cínicos que malean valores por cuestiones de táctica y estrategia antes que por convencimiento. Para ponerlo en claro con un ejemplo cercano al nuestro: incluso la radicalización de Maurico The Killer Macri de cara a las elecciones generales de 2019 fue una priorización de la astucia, atizó los antagonismos solo para mejorar su performances en las urnas. Estuvo lejos de ganar, pero ante una gestión que se caía a pedazos, logró sacar un porcentaje de votos digno. Por el contrario, en 2015, contando ya con el voto furioso anti-k, había apelado a la moderación para sumar electores menos basados.
Y ya que volvimos al presente y el ruedo nacional, queda claro que, sin tener que ser lectores de sus mentes, la mayoría de los políticos nacionales que han llegado o supieron llegar alto, si no buenos estrategas, son al menos expertos en el arte del oportunismo. Podríamos vernos tentados a llamarlos dignos jugadores de su juego, pero al repasar la pésima performance de las últimas campañas presidenciales de “profesionales netos” como a Larreta o Massa, uno diría que ni siquiera fueron buenos en el uso de su única virtú (seguimos con el florentino), que es la lectura de coyunturas. La fortuna no estaba de su lado, no convenía insistir con la baza de la pseudo moderación y pseudo concordia nacional y, aún así, insistieron publicitariamente con eso en un claro contexto de ira y demanda de escarnio. Para disculpas de Massa, habría que decir que oootra vuelta más sobre su eje ya resultaba mecánicamente imposible.
Si acercamos más el zoom, nuestro actual gobernador, Maximiliano Pullaro, parecía ser la excepción, una historia de éxito frente a la ola libertaria (no me voy a detener en las particularidades de la política territorial y la performance de otros gobernadores y jefes distritales que comenzaron, también, con éxito).
Más allá de si tiene reales convicciones derechistas o no, la realidad es que la táctica inicial del hombre de Hughes, en una coyuntura-fortuna que lo favorecía ampliamente por el paralelo colapso del PJ santafesino con el nacional comenzó siendo efectiva.
Particularmente bien le salió haber puesto en el centro de su agenda la necesidad de resolver la acuciante inseguridad, el cascote en el zapato que le costó a Antonio Bonfatti su elección frente a un Omar Perotti, quien a su vez había prometido en campaña terminar con el crimen en un tris… porque todo era culpa del socialismo y coso. Pero el hombre de Rafaela no solo no resolvió de un plumazo la cuestión, que, como todos sabemos, tenía sus manifestaciones más salvajes en los asesinatos narco de Rosario. Incluso demostró que alguien como él, muy curtido en los manejos más oscuros de la política, también puede comprarse las recetas propias de la alquimia que se le venden a los votantes. Trajo al “mago” Sain y…. ¡oh, sorpresa! se empezaron a acumular macabramente más cadáveres generados por las mafias narco-policiales. Así las cosas, el ex jefe de la Policía Aeroportuaria se volvía en un indignado comentarista de la entonces Twitter ante una realidad compleja que no tuvo a bien encajar en sus fórmulas. ¿Y Perotti? No dio pie con bola y se lo comió la soberbia y el cinismo con la que había ido a las urnas.
El radical, que conocía aún más la cloaca por la que corrían las aguas del delito, fue más astuto, y utilizando un ultra-pragmatismo propio del mejor peronismo recurrió al garrote y la zanahoria para bajar velozmente la tasa de delitos violentos. La seguridad fue para el gobernador santafesino lo que el control de la inflación es para Milei.
Histórica y ridículamente asociada la protección ciudadana a una demanda de “derecha”, Pullaro buscó consolidarse en el extremo de ese lado del dial político. Frente a la escasez, quiso jugar a ser el “gobernador de la gente decente” y aplicó sin compasión todo el ajuste sobre empleados estatales, médicos y personal educativo. “La gente quiere seguridad y odia a los siempre de licencia docentes”, habrá sido su razonamiento. Así que para ellos nada de actualización salarial, es más, “sumemos el presentismo como parte importante de sus ingresos”; una de las fórmulas inconstitucionales más odiosas que aplicó la derecha justicialista bajo las gestiones de Reutemann. Hoy, una maestra embaraza, por caso, tiene que ir casi parturienta a dar clases si no quiere ver como el 30 o 40 por ciento de sus ingresos se le esfuman. ¿A dónde va ese dinero? Pullaro quiere superar a Miguel Lifschitz, a quien dice admirar, y ser él el gobernador que más obra pública generó en las últimas décadas. La coparticipación está por el piso, entonces que el dinero salga de los salarios públicos…. Ah, y también de los pasivos provinciales, que no serían “la gente” sino “la casta santafesina”.
Hoy vemos que, jugar el mismo juego de Javier Milei, pero en este caso sumando a la seguridad la obra pública en el contexto del “no hay plata”, haciendo pasar para eso a empleados públicos y jubilados como casta, no pagó lo que tenía que pagar. Su argucia salió mal y la respuesta debió ser obvia para él porque a la derecha de La Libertad Avanza hoy no hay nada. Entonces, habiendo jugado a la Reina, su vicegobernadora Gisela Scaglia, quedó en las legislativas nacionales de 2025 en un humillante tercer puesto frente a un “X” que solo valía algo por llevar el sello de LLA y frente a un esperpéntico rejunte de peronistas rancios barnizados del buenismo de Ciudad Futura. La “gente” votó al hombre de Milei y el sector público a cualquier cosa que no se asociara a Pullaro.
Habiendo aplicado un inclemente aplastamiento de los salarios públicos, el hombre que creyó que podía jugársela toda desfinanciando servicios públicos tan básicos como educación y salud no contó con que el aplanamiento salarial afectaría a un sector que para él y su electorado ideal era fundamental: el de las fuerzas de seguridad.
La virtú del príncipe local generó su mala fortuna y hoy tiene totalmente en contra a una policía a la que su reconocimiento simbólico y retoque de ingresos no estuvo ni cerca de mejorarle sus siempre penosas condiciones de trabajo (no importa que ayer, y caricaturizo sin mentir, haya lloriqueado casi a los gritos “yo también soy re milico”). Los agentes se le pusieron en contra junto con maestros, estatales y personal de salud. Un “ahorro” que, para peor, no le está alcanzando para financiar su preciada obra pública.
El hombre que apostó todo a la infraestructura y el combate al delito se creó su propia trampa. Si vas a ser astuto y amoral, al menos leete El Príncipe de Maquiavelo.








