Tomás LüdersPor qué la homofobia se volvió un gesto de rebeldía: crítica al pensamiento woke

Tomás Lüders29/01/2025
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¿Se puede no ser progre, según las actuales normas del progresismo, y no ser homofóbico? Va referencia personal, conozco a muchas personas gais y lesbianas tan cansadas de las “identity politics” como personas heterosexuales. No soy ni gay, ni lesbiana, por lo menos no me autopercibo así, pero yo también llegué a saturarme.

Lo mismo le ha pasado a muchos jóvenes, nominalmente apolíticos y de tendencias tolerantes. Muchos de ellos, de hecho, ante el “vigilanteo” para que se diga y piense lo políticamente correcto, se han inclinado directamente hacia el conservadurismo moral, al menos en lo referente a cuestiones ligadas a la diversidad sexual. Nota aclaratoria: sobre esto último no necesito remitirme a mi experiencia personal, ya que en 2023 realizamos un estudio cuanti y cualitativo en la Carrera de Periodismo de Venado Tuerto en el que la cuestión se evidenciaba claramente.

¿Por qué? Porque como ya escribí en varias notas -que, disculpas nuevamente por la referencia personal, me han ganado el mote de “conservador”-, la pasión “woke” por crear especies-identidades ha llegado a fronteras alucinógenas. ¿Y cuál es la genealogía de esto?

Por un lado, como ha analizado recientemente el ensayista estadounidense Paul Graham, el movimiento woke es la transformación del movimiento contestario estadounidense de fines de los 60s y principios de los 70s norteamericano en dispositivo cultural hegemónico (al menos en la academia, pero también con incidencia en varias políticas de “discriminación” positiva), cosa que sucede a partir de los 80s, con el ascenso de los antes jovenes militantes a docentes titulares y, ya en el siglo XXI (y de ahí su revival) en decanos de las principales facultades de sociales y humanidades de Estados Unidos.

A diferencia de nuestra “Nueva Izquierda”, además de abordar la cuestión del imperialismo, en Estados Unidos las izquierdas entonces nuevas hicieron foco en los derechos civiles, particularmente de los negros (perdón, afroamericanos) y de las mujeres. En el primer caso, que la cuestión “racial” haya sido un tema habla mal de Estados Unidos, pues aún a mediados de los 60s seguía siendo una sociedad fuertemente segregada -particularmente en el sur de ese país-. En nuestro país, siendo literales, la cuestión étnica estaba mucho más mestizada. El segundo punto, el foco de los militantes del gran Norte en el derecho de las mujeres, habla mal de nosotros: muchos militantes de las izquierdas argentinas, sobre todo los ligados a su mayoritaria ala peronista eran muy machistas (y, esto no valdría la pena ni aclararlo, también totalmente homofóbicos -resta repasar las políticas “morales” de Montoneros, su ala armada, para recuperar lo que la memoria ya no enseña a las nuevas generaciones).

Uno podría decir que los progresistas estadounidenses, los liberals (palabra con muy diferentes connotaciones allí que en el resto del mundo) hoy wokes se han inclinado más por la cuestión de género y racial porque son (o fueron, eso está por verse) “el Imperio Capitalista” por antonomasia. Pero lo cierto es que el nuevo progresismo argentino y latinoamericano en general también ha relegado del centro de su discurso cuestiones que le fueron tan caras antes como la lucha contra la desigualdad económica, ni que hablar de “la lucha de clases”, y el antiimperialismo (aunque, para matizar esto último, debo admitir que llegué a ver carteles en la Facultad de Sociales de la UBA y de Política de la UNR en los que muy estrombóticamente se ponían citas de los homofóbicos y muy machistas Fidel Castro y Ernesto Guevara traducidos a esa neolengua que no fue, ese pseudo-catalán que usa la “e” donde debe ir “o” genérica).

Es cierto, el caso nuestro difiere en un punto muy importante del estadounidense. Allí el partido Demócrata relegó a la papelera de la historia su larga relación con los Sindicatos y abrazó e impulsó políticas de financiarización y desindustrialización económica a la vez que abrazaba la agenda de las identity politics: entonces se privilegiaba el color de piel de un pobre o su sexo por su sobre su condición de trabajador o trabajadora en condiciones precarias de subsistencia.

Por el contrario, en el caso argentino, el peronismo kirchnerista supo tener la astucia de amalgamar (muy laclausianamente) supuestas luchas contra la desigualdad económica con el efectivo derecho de las personas gais a casarse y las mujeres a abortar. Tampoco tiró a la basura su relación con los gremios, aunque hay que decir que en el caso argentino no se lo hizo por razones mucho más oscuras que las de los demócratas y despreocupándose a la vez de la creciente informalización del mundo laboral. Asi las cosas, no haría falta aclarar que, durante comienzos del siglo XXI hasta hoy, el kirchnerismo se sigue engullendo casi entera a la izquierda del dial ideológico, incluidos movimientos que supieron ser explícitamente marxistas y hasta trotkistas (como el PCR), los que relegaron despreocupadamente la lucha contra el capital por una distribución y redistribución de la riqueza de patas muy cortas.

En ambos casos, entonces, sucedió algo que, como señalábamos, acontenció antes en los Estados Unidos: lo que antes lo hacia a uno parte de cierta resistencia lo llevó a uno a ser parte de un apartado de estado. Claro, lo hizo en el marco del capitalismo (más aperturista en el caso estadounidense, más proteccionista en el caso argentino), así que quizás deberíamos pedirle disculpas a Antonio Gramsci por abusar de su categoría de hegemonía. Fue así que la asunción de cargos en lugares académicos y estatales relegó a segundo plano luchas más radicalizadas y generales contra todo un sistema en favor de elevar casos particulares al absoluto. Medidas como como el derecho a abortar o casarse con una persona del mismo sexo pueden ser muy justas, pero por poco que le guste a las Judith Butler, Paul Preciado o Rita Segato del mundo, no son medidas anti-sistema, si por “sistema” entendemos al ubicuo mercado. Son cuestiones que el Capitalismo puede absorver muy bien sin dejar de pauperizar y hacer producir a la masa asalariada.Nota 2: ¿hay algo menos funcional para a un mercado, que hoy divide en dos un salario que antes era uno, que el Patriarcado?

Hecho este repaso, el puritarismo woke que tanta resonancia ha tenido aquí no explica por qué Javier Milei es presidente, pero sí por qué pasó del libertarianismo a un paleolibertarianismo que encabeza la batalla por la vuelta de las viejas y buenas costumbres morales. Nuevamente retomando a Laclau, la asociación (“equivalenciación” según el neologismo del autor del populismo del Siglo XXI) entre políticas estatalistas y derechos de las mujeres y minorías sexuales ha generado la “cadena equivalencial opuesta”: entonces, para Milei es tan “socialista” una medida arancelaria como el derecho de una persona a no parir un hijo no deseado o acostarse con alguien de su mismo sexo.

La causa principal del voto a Milei fue la calamidad económica del gobierno de los Fernández, pero sin dudas la vigilancia y control de la que fuera doctrina oficial, que se puso a observar cada comentario en aulas, redes y hasta mesas de bar, ayuda a explicar la tolerancia ante su actual intolerancia a las minorías sexuales y los derechos de las mujeres. E incluso a legitimar algunos abiertos aplausos.

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