Tomás LüdersOpinión: Un micro que no llega a destino y la angustia de “ya no ser”

Editor25/11/2018
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Ahora que la crónica periodística vuelve a evidenciarse como  uno de los géneros más importantes del súper-yo argentino, vale la pena repasar algunos de los relatos y acontecimientos sobre los que trazamos la narrativa de nuestra identidad.

La socióloga y psicoanalista eslovena Renata Salecl explica en su libro “Angustia”, editado recientemente en español por Godot, cómo, después de la caída del Muro de Berlín, se generó tanto entre las dirigencias como en la sociedad de los países post-socialistas del este europeo un deseo de reconocimiento por parte del Primer Mundo –encarnado sobre todo en los Estados Unidos–.

Países como el de Salecl simplemente querían “pertenecer” al Occidente desarrollado, en una actitud que la autora y profesora de Ljubljana describía como tan hondamente patética como honda era la ignorancia de los países desarrollados hacia estos nuevos “pares” del Este, pares a los que debían invitar a la nueva sociedad de mercado en el contexto del entonces Fin de la Historia –Nota 1: el resurgir de los fascismos en el “Mundo Desarrollado” nos obliga a remarcar las comillas para la expresión y mirar a la pseudo-utopía de Fukuyama casi con nostalgia– .

Por aquellos años, en la periferia occidental, otro país, el nuestro, entraba a su manera, a la nuestra, en la dialéctica del reconocimiento. Argentina primer mundo, nos decía el gobierno encabezado por un esperpéntico ex imitador de Facundo Quiroga, que había hecho campaña recurriendo a los elementos más voluntaristas del peronismo clásico. Votado tanto por una clase trabajadora en proceso de lumpenización como por intelectuales que hacía apenas meses habían apoyado la renovación modernizante del justicialismo, el presidente riojano nos prometía el acceso al mundo desarrollado concretizando –con un costo social que no es necesario recordar– sus significantes grado-cero: estabilidad y consumo.

Los argentinos archivábamos así las pretensiones de “tercera posición” que había resucitado una ya agonizante presidencia alfonsinista, gobierno desde siempre demasiado institucionalista (¿débil?) frente a expectativas demasiado altas expresadas demasiado maximalmente.

Somos el país que construyó de sí mismo el mito de país que supo-ser, por un lado, sobre indicadores económicos nunca demasiado bien puestos en contexto (habríamos sido directamente desarrollados après-coup) y, por otro, que se animó incluso a proponerse un “Argentina potencia” a partir del primer peronismo, en este caso apoyado sobre el discurso de ideólogos que exhibían el relato opuesto al anterior: no solo no habíamos sido un gran economía, sino que, sin más, habíamos sido una colonia británica. Sobre estas dos visiones contrapuestas se montaron estos dos “haber sido”, el que se trazó la tradición nacional y popular en directa oposición a la tradición liberal y el de ésta contra el peronismo. Mientras la última detiene el venturoso “desarrollo” del país en el 43 o 46, la segunda insiste en que la cosa se destruyó en el 55. Pero en los tempranos noventas las pretensiones eran más modestas,  nos dejábamos llevar por la zanahoria de “un peso un dólar” bien regada por la salsa secreta del Big Mac.  ¿Alcanzaba con que nos dijeran que éramos “parte de”? ¿Ya no era necesario ser un primus inter pares?

No lo creo del todo, nunca un país con tantas pretensiones como la Argentina renuncia así de fácil a las mismas. Lo cierto es que las brutales reformas de mercado no fueron más que alteraciones de variables que se montaron sobre lo que no dejamos de ser: un país que nunca encontró un proyecto de desarrollo sustentable para sí mismo. De consecuencias terribles, sin dudas, pero no más que variables que se alteraron.

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Empachados algunos y emparchados otros, la clase media que había retomado sus vuelos a Miami a por el deme dos y la clase trabajadora que era apenas rescatada por la compra en cuotas y la red clientelar, la ilusión de pertenencia de bajo costo terminó, ya sabemos, en el estallido y derrumbe.

Fueron los precios internacionales inéditos y no poca audacia lo que le permitió a Néstor Kirchner encauzar rápidamente la post-crisis tras un gobierno de la Alianza sin programa ni relato. Ni kirchneristas ni anti-kirchneristas reconocerían que el consumo (los bienes ascensionales, CFK dixit) fueron no solo el motor de la dinámica económica interna financiada por soja-dólares sino parte sustancial del “relato”. Una “pertenencia” a la criolla a un capital nunca combatido. Una pertenencia autónoma, propia, se decía entonces. Ya no estaba la ambición de ser un país llamado a ser algo así como el Estados Unidos del Sur (la Argentina potencia), pero alcanzaba con enseñarle al mundo el modelo propio (de “matriz productiva diversificada…”). Habíamos sido, sin embargo, más dependientes que nunca de lo que dictara el viento económico del capital global.

Debería a haber vuelto quedar claro que los atajos no existen. Pero insistimos en 2015, ahora de nuevo por derecha. Es cierto que la Revolución de la Alegría apenas logró decorar de “buenas ondas” lo que realmente vino hacer: ajuste, endeudamiento y, sobre todo, una brutal transferencia de ingresos de abajo hacia arriba. Pero también es cierto que Macri creía que con ser él, con su sonrisa y la promesa de ajuste, alcanzaba para que Papá-mercado nos admitiera rápido como hijo pródigo. Pero el mundo no se mueve al ritmo de la voluntad nacional. Y la promesa macrista tuvo que profundizar su costado más patético: para poder ser hay que sufrir, pagar las culpas “populistas” sin atajos.

Los  cambiemitas, que son más de los abiertamente dicen serlo, asumen así la narrativa edípica del hijo que debe flagelarse para agradar al Padre después del berrinche. Los kirchneristas seguirán impugnando la culpa asumida al otro lado de la grieta, vociferando que nos habían dejado a las puertas del paraíso hasta la llegada del gobierno de los globos y el ajuste.

Según Freud, el duelo melancólico es aquél en el que el objeto se introyecta como una manera de sostenerlo y resistir a su pérdida. Por ahí parecemos andar los argentinos: incapaces de renunciar a nuestra imagen idealizada, el ser potencia o el haber sido un país desarrollado antes de que llegara Perón, cada tanto tenemos arrebatos u oportunidades que parecen brindarnos un nuevo atajo para estar a la altura de nuestro Ego: el mejor jugador del mundo, un papa, un basquetbolista, el clásico con mayor pasión sobre la historia… Pero no, no puede ser.

Como se dice ahora, siempre “la cagamos”. En realidad, y para no sumar más masoquismo tras los incidentes de ayer en Buenos Aires, no “la cagamos todos”. La “cagaron” los hinchas fanáticos, los barras a los que éstos muchos le hacen el caldo gordo, el sistema corrupto del fútbol argentino vinculado al poder político, pero, sobre todo, un gobierno, otro más, que reproduce el voluntarismo argentino de siempre. La única y fundamental constante nacionalistas-populares y entre liberales.

Así, tras la propuesta de Mauricio Macri de jugar con hinchas visitantes, el gobierno que prepara la cumbre del G-20, es decir, que se preparaba para tener los ojos del Mundo sobre el país (o al menos así se difunde la cumbre desde Balcarce al 50), no pudo siquiera lograr que un colectivo llegue a destino. 

El resultado: un papelón que nos vuelve a hacer sentir  los más desgraciados de todos. Porque para los narcisistas la cosa es así: incluso se puede ser el mejor entre los peoresPero nunca, nunca uno más. La cosas, claro está, irían mejor si asumiéramos lo que verdaderamente podemos ser en lugar de insistir con subirnos a un banco altísimo del que volveremos a caer.

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