Tomás LüdersOpinión: Tierra Plana y Eutanasia de la Razón

Editor07/03/2019
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Si le damos crédito a lo que circula por las redes, estamos viviendo en algo así como una suerte de sátira británica de la Edad Media, esta vez, sin Iglesia ni teólogos.

Lo que se plantea en innumerables posteos y blogs con pretensiones de publicación acreditada, parece, realmente producto de un guión de los Monty Phyton: se pone en cuestión la eficacia de las vacunas para evitar epidemias, se condena como producto de un complot la “creencia” en la forma de esférica de la Tierra, se defiende el “saber no cientificista” de la astrología frente a la astronomía –fría disciplina que se resiste a que los astros nos hablen–,se hace proselitismo con fervor religioso para impulsar el consumo de la alimentos que le “hacen bien” al cuerpo (vaya paradoja pseudofoucaltiana, esto de poner al cuerpo como sucedáneo del alma, pues el bienestar que se busca para el organismo tiene como última meta, no el bajar el colesterol malo o la presión, por caso, sino hacernos sentir espiritualmente plenos como ya no puede hacerlo ninguna creencia religiosa o ideología). La lista de delirios es más larga y sin dudas se va extendiendo sin límite.

Creo al mismo tiempo que la estupidez de los fanáticos de las causas pequeñas y alucinadas está magnificada, no lo dudo. Creo que le otorgamos centralidad a cuestiones que, en otras circunstancias, serían más bien marginales ¿Cuántos serían, después de todo y por ejemplo, los que se niegan a aceptar que la Tierra es casi esférica? Sin embargo, y que valga la consideración, las circunstancias no son otras, pues en este contexto tenemos que tener por cierto que las redes no constituyen solo una realidad paralela, la de un nicho para pocos necios… y para quienes le dedicamos tiempo y energía a describirles, con más o menos creatividad y detalle, lo idiotas que son.

Lo que circula, por delirante que sea, es parte constitutiva de toda la realidad y… no solo como síntoma (hace instantes, por caso, las versiones online de la BBC y de El País me informan en simultáneo que el héroe del minuto es un joven que se vacunó contra la voluntad de una madre que veía en las jeringas un complot de vaya a saber quién o qué).

Hay que analizar entonces la efectividad de lo que circula, los nuevos simulacros que tienen efectos bien concretos y nada irreales. Y en este marco, preguntarnos, por caso, por qué nos cuesta argumentar sobre cuestiones tenidas como evidentes frente al delirante de turno. Hemos hecho mal, sin dudas, en prestar poca atención a los fundamentos de lo que damos por supuesto –y la cosa será más grave cuando se termine de lograr transformar en especializada y técnica a la educación media generalista–. Pues, incluso los que pasamos por la vieja escuela enciclopedista, hemos prestado tan poca atención en el aula que hoy no sería raro que un “terraplanista” o “antivacunista” (o alguien que sea las dos cosas) llegara a ganarnos una discusión de sobremesa: la mayoría de nosotros seríamos tristemente incapaces rebatir sus argumentos, por alocados que llegaran a ser. Bastaría que pudiera articular dos o tres frases con suficiente elocuencia para que la mayoría de nosotros termináramos encerrados en su lógica circular…¡valga la ironía!

Con todo, hay que abordar qué significan estos delirios-simulacro en su dimensión de síntoma. Son, después de todo, el emergente de la pérdida de certidumbres en medio de una sociedad que se aleja cada vez más del imperativo kantiano de atreverse a saber y al mismo tiempo parece más impermeable a la autoridad de los saberes hasta entonces supuestos.

Lamento decir que, al contrario de lo que postulaban los viejos marxistas, no se estaría contrarrestando “saberes hegemónicos” con “ciencia materialista”, sino reaccionando con necedad y llana estupidez ante el fin de las certidumbres.

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