Tomás LüdersOpinión: es el antagonismo, estúpido

Tomás Lüders14/08/2017
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El tercer puesto obtenido por el candidato a diputado del oficialismo santafesino demuestra que en una Argentina polarizada hubo lugar para casi nada en el medio. En el marco de una Guerra Santa, la propuesta de Bonfatti y Lifschitz (y los aliados radicales que todavía les quedaban) sonaba a elección de tibios. Como me decía anoche un militante radical: los del Frente se equivocaron al nacionalizar la elección y presentarse como alternativa a la Grieta. Como quedó confirmado ayer, por imaginaria que sea, es la fractura no deja darle forma a la realidad argentina. Por eso la arena dejó al frenteprogresismo mirando casi desde afuera la disputa entre un ignoto Albord Cantard (pero contendiente del macrismo al fin) y al más conocido luchador por el cristinismo, Agustín Rossi.

No vuelven más”, decía el post de uno de mis contactos de Facebook. “Fraude, vergüenza histórica, declamaba otro. Son solo botones de muestra de lo que ayer se puso en juego para la mayoría a la hora de entrar en el cuarto oscuro de las PASO nacionales. Nada de esperar a octubre, nada de que esto eran primarias, en el domingo se midieron y chocaron dos espadas.

A riesgo de simplificar, si para algo sirvió esta elección es para terminar de demostrar que el axioma “la gente vota con el bolsillo” volvió a probar ser una falacia (para salir del provincianismo, vale remitirse a lo que está sucediendo en los EE.UU con Trump, en donde no hay ajuste que espante a su base dura de white poors). En todo caso, el “bolsillo”, o la boca, valga el primigenio agujero pre-monetario, salvo en épocas de hambruna, es un significante más de la política, o, para decirlo casi sociológicamente, todo depende de la perspectiva que tenga el actor sobre cómo se llena o vacía ese bolsillo. Lo cierto es que el conductismo lineal, que señala que el votante se mueve electoralmente tocándose el vientre y gritando “pan, pan”, si se trata de los más pobres, o mirando cómo llegar a fin de mes manteniendo cierto “nivel de vida”, si se trata de los que están un poco más arriba, demuestra ser extremadamente limitado. No hace falta mirar a lo que aún no termina de suceder en la provincia de Buenos Aires, basta ver lo que sucedió en nuestro propio distrito.

Aunque el macrismo señale que la apuesta es por el futuro, parece ser que ayer se impuso un (policlasista) voto rechazo a un kirchnerismo que, huelga decirlo, se resistió a renovarse y continúo apostando además a sus figuras más leales. Vale aclararlo también para el caso de Santa Fe, Rossi mostró además que su lealtad le alcanza para aunar a las voluntades del mismo tipo, y por eso quedó segundo en una Batalla de solo dos contendientes, pero para poco más: aunque la suya fue una excelente elección, no logró captar al elector más fluctuante e independiente, ese que, optimista, pensó que lo de la grieta era verso, o al menos merecía serlo.

Resta saber cuán distintos son políticamente Cristina Fernández y Mauricio Macri, porque, al menos en lo que hace a cuestiones de construcción, parecen tener más de una similitud (el análisis sobre la política del bolsillo merece preservarse para otra oportunidad, no es necesario que se pierda en la binariedad que nos convoca). Es cierto sin embargo que mantienen una diferencia que termina siendo central a la hora de definir a los dos bandos. Si ambos líderes han demostrado que les importan poco las abstracciones institucionalistas, e incluso la mucha menos abstracta lucha contra la corrupción política y empresarial, lo cierto es que mientras que la ex presidenta terminó declamando abiertamente que lo suyo era la Nación en términos de Pueblo (valga la frustrada “democratización de la justicia” de muestra), Macri, entre alegres convocatorias a un hacer que no debe intelectualizarse (del que Vidal es el más genuino exponente), terminó abrasado a la mismísma esposa y custodia de la República. Y Elisa Carrió, vale destacarlo aunque ya se sepa, fue la Campeona en la Ciudad de Buenos Aires, es decir, otro escenario –mucho más central que el nuestro– de la misma Batalla en la que tampoco hubo lugar para un tercero.

Pero tampoco es menor el rasgo que termina de definir ambas posturas: mientras que la fuerte vocación hegemónica de Macri se disimula bajo toneladas de sonrisas, pues a los rivales internos se los fulmina sin hacer escarnio público –y, muy por el contrario se hacen loas al pluralismo mientras se les termina de aplastar la cabeza (ver por caso lo de Boasso aquí, pero antes lo de Michetti en Buenos Aires)– para el cristinismo, quien marcaba diferencias pasaba –¡y pasa!– a ser condenado abiertamente como un traidor.  Es coherente con el liderazgo que lo define: Cristina Fernández no dudaba (ni duda) en exigir que se la alabe casi religiosamente, la centralidad de su persona no se disimula, se pontifica a cada paso y cada enunciado. No hay que subestimar entonces el rencor que genera el pedido de sumisión entre quienes, pudiendo otorgarla (y basta para ello recordar el comienzo del kirchnerismo bajo Néstor), no resisten que se la recuerden todo el tiempo. Piden, al menos, un republicano globo a cambio.

 

PD: Puedo estar siendo demasiado duro en las valoraciones sobre unos y otros. Estamos todos presos de las limitadas opciones electorales, pero, reconozcamos, que los rencores que animan nuestras identificaciones son los que apuntalan esos límites.

PD: Cosas de la demora aparentemente intencionada del conteo, también aquí en Santa Fe, finalmente el candidato más votado en la provincia resulta Agustín Rossi.

antagoni

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