Tomás LüdersOpinión: De Vido, perseguido político

Tomás Lüders26/07/2017
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De Vido es al mismo tiempo un delincuente, un gran delincuente, y un chivo emisario. En la Argentina Siglo XXI se pueden ser las dos cosas al mismo tiempo.

Como Milagro Sala, que al mismo tiempo que es una presa política –porque fue encarcelada irregularmente por una justicia sumisa a un nuevo poder político-feudal– es una persona autoritaria e indudablemente corrupta –y esto, al margen de haber sido blanco discrecional del dispositivo Lanata-Clarín y receptora de repugnantes agravios racistas–. Pero no es una cosa u otra. Es ambas a la vez.

En el caso de De Vido, generan irritación los pruritos republicanistas del kirchnerismo, cuyos gobiernos, más allá de sus rasgos decisionistas y autoritarios, no tuvieron presos políticos: generaban inclusiones o exclusiones a partir del reparto de recursos y cargos según lealtad, pero no a través de la persecución y el encarcelamiento.

Pero, y no más allá de estos casos, sino a partir de ellos, hoy la cuestión del castigo o la persecución judicial discrecional sobre dirigentes que, habiendo sido democráticamente electos, poseen a la vez una larga ristra de delitos en su haber puede convertirse en un enorme problema y fuente de conflictos en la Argentina si quien termina finalmente condenada o excluida no es un individuo que jamás tuvo popularidad propia, como el ex ministro de la mega-cartera creada por Néstor Kirchner, sino la propia sucesora de éste último, quien sin dudas volverá a entrar próximamente (y muy posiblemente en primer lugar) al Senado de la Nación por la Provincia de Buenos Aires. Irrita sin embargo que el vocero de quienes coquetean con la idea de una eventual exclusión del cargo al que accederá legítimamente sea alguien como Eduardo Amadeo, ex funcionario menemista que parece no tener los mismos escrúpulos hacia el ex presidente de cuyo gobierno fue parte. Y aquí deberíamos entrar en un debate, que hoy es imposible de dar más allá de la teoría, entre qué vale más para una democracia efectiva, si la voluntad popular o legalidad republicana. No está demás aclararlo, el debate es imposible porque somos un país con tantos dirigentes, de todos los partidos, que a la vez que son democráticamente electos y reelectos, son también activos en la comisión de distintos tipos delitos.

Lo cierto es que, como dijo la inefable Diana Conti sobre sí misma y sus pares políticos: “estamos todos en el mismo barro”, sentencia que se vuelve particularmente pesada para el destino del país porque es cierta tanto para el pasado y como para el actual oficialismo. Porque, aunque revuelva las tripas tener que escuchar hoy al kirchnerismo como vocero de la pureza de la división de poderes, lo cierto es que quienes asumieron en 2015 afirmaron ser El cambio acompañados por la mismísima autoproclamada vocera de la República (i.e. Elisa Carrió). Sin embargo, se evidencia una y otra vez que están lejos, lejísimos del ideal de Honestidad al que se vuelven asociar cuando intentan echar a Julio De Vido. Como ellos mismos lo ponen en evidencia al explicitar su fe en el pragmatismo de Durán Barba: solo lo agitan de acuerdo a lo que dicten las mediciones del humor social de las que son usuarios crónicos.

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