Tomás LüdersOpinión: Contagio, repensar al otro

Tomás Lüders17/03/2020
Compartir esta noticia
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter

Aún no sabemos muy bien cuán dañino o mortífero es este virus, en comparación con otros agentes patógenos que circulan por el país y el mundo, sus efectos y tasa de mortalidad no parecen hacerlo sobresalir. Lo que lo caracteriza sería la facilidad con la que se transmite de uno a otro.

Entonces, el miedo a “contagiarse” es lo que está definiendo la situación.

..

Quienes somos reacios a las situaciones de histeria colectiva le supimos dar cierto crédito al filósofo italiano Giorgio Agamben. El reconocido e influyente intelectual habló desde su país de la “invención de una epidemia”. Pero Agamben fue necio. Su paranoia resultó más delirante que la de la mayoría de sus compatriotas. No se trataba de un invento pergeñado por “el Poder” para el control de las masas. Hoy Italia sufre las peores cifras de contagios y muertes. El país al que los europeos del norte asocian a la vida despreocupada y la sociabilidad intensa se encuentra en casi total cuarentena.

Algo similar pasa con otro pueblo asociado a la “calidez latina” y el buen vivir, España. Habrían sido víctimas de ser sociedades en las que las normas se toman más como una sugerencia que como ley, pero antes que nada, del estereotipo al que millones de turistas, entre ellos chinos, los ligan.

El coronavirus, COVID-19, aquí empezó a circular primero como meme, después como medidas preventivas y, por ahora al menos, bastante menos como enfermedad. Aún no sabemos qué impacto tendrá en un país del hemisferio sur como el nuestro. No hay datos que nos permitan  proyecciones. El temor nos lleva que la comparación se haga entonces con aquellas sociedades que fueron “castigadas” por su necedad. Todos tememos ser la próxima Italia. Y no faltan los “referentes” delirantes que, amplificados por las redes y otros medios, a todo esto le terminan de imprimir un sentido moral, de castigo “divino”.

Podemos echarle la culpa a la televisión, siempre proclive ofrecer pánico, pero el alarmismo se difunde porque vende: las redes nos demuestran que si no es TN o América TV, somos nosotros los que estamos dispuestos a ser reproductores “autónomos” de sensacionalismo.

Así las cosas, las autoridades, todas y de todas las latitudes, no se parecen a los complotadores maquiavélicos de Agamben, sino a personas desbordadas por las mismas incertidumbres que el resto.

Y este desconcierto de los gobernantes y asesores técnicos nos angustia más que un eventual complot para el masivo control social. Es cierto, de esto el mundo saldrá, pero lo hará más temeroso que antes. Si el 11 de septiembre de 2001 redefinió la forma en la que se circula a través de las fronteras, este virus agregará una cuota más a la vigilancia sobre los cuerpos “extranjeros”.

Una cuota más de desconfianza se agregará a la que ya era habitual. España, Italia, Estados Unidos, China y Argentina, con sus enormes diferencias, se caracterizan por ser lo que ya adelantaba la sociología en sus comienzos: somos, mayormente sociedades de masas, es decir, de extraños que viven unos muy cerca de los otros.

Nos topamos con el desconocido en las calles, lo escuchamos cocinar, toser, defecar o tener sexo a través de las finas paredes de los bloques de departamentos, pero no sabemos quién es. Al de al lado lo llamamos “vecinos” porque carecemos de otra palabra para definirlo. Pero de ese término solo es real el hecho de que es alguien que está cerca. Quizá demasiado cerca. Es un extraño que se me parece.

Es alguien que no está ni arriba ni abajo socialmente. Nada me obliga o me lleva a acercarme a él o ella. El psicoanálisis habla de lo “éxtimo”. Cuando en frente tengo a alguien que se me parece pero desconozco, solemos proyectar sobre él lo que creemos nuestras peores características –comparta efectivamente o no esos “defectos”–. Por eso se dice éxtimo, porque es lo íntimo que me suele avergonzar, pero lanzado afuera. Estamos frente a un espejo en el que depositamos lo que juzgamos como nuestros peores rasgos que, como en el cuento de Oscar Wilde, en lugar de volverse hacia mí, se quedan ahí.

Entonces temo que el otro me roce, me toque… me contagie con lo que nosotros también podemos portar, pero solo percibimos como una amenaza que se ve o huele en él.

En estos momentos de desconcierto solo se me ocurre proponer que intentemos no hacer del coronavirus un aspecto más de la extimidad. De esto sí podemos aprender de algunos italianos, que cantan junto a aquellos que a los no pueden tocar. Han revertido la distancia obligada en verdadera vecindad.

El alcohol en gel ya se había vuelto un bien de consumo cotidiano y masivo. Quizá, inconscientemente, era una forma de neutralizar la marca de ese otro que al parecérseme tanto, hacemos extraña.

Pero un virus no es un rasgo del subjetivo de ese otro, es algo que lo alcanzó también a él. No es parte de su ser.

Sepamos que la higiene no es sobre él o ella, es sobre agentes que tanto el otro como yo podemos padecer o transmitir. Si nos distanciamos es porque nos cuidamos. Si él se cuida, me cuida a mí.

Incluso ahora, o especialmente ahora, podemos intentar buscar la forma de hacer del extraño que se me parece algo más cercano. Aunque por un tiempo no podamos aproximarnos físicamente, quizá sea el momento de empezar a priorizar lo que pude acercarnos afectivamente antes de lo que lleva a alejarnos.

Leave a Reply

https://www.venado24.com.ar/archivos24/uploads/2019/07/ESTEVEZ-BANNER-WEB-OKEY.gif