Tomás LüdersMaradona Mártir: mito plebeyo, mito nacional

Tomás Lüders28/11/2020
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Pasó la posmodernidad, se quedó la globalización, pero así y todo la pregnancia del nacionalismo demuestra que puede contra todos los demás signos de identidad. Lo recordaba el sociólogo Miguel Ángel Forte en una entrevista de estos días más cargados de pasión que de ideas, incluso entre quienes deben aportarlas en medio de tanto “pathos”. La identidad nacional persiste y se vuelve a sobreponer a las religiosas, a las que tanto les debe, a desplazar a las ideológicas –izquierda y derecha– contra las que tanto compitió, pero también a las de nuevo tipo: de género, las tribales-juveniles, las dietarias, las intelectuales, etc.

Pasa en el mundo y pasa acá. Pasa en el mundo y acá pasa de acuerdo a la particularidad argentina, esa que gozamos sentir excepcional y quizá lo sea.

Sin que sea ninguna coincidencia del momento, agregaría que quien mejor expresó nuestra dialéctica identitaria nacional en Argentina fue sin dudas Diego Armando Maradona. Con su excepcional talento surgido en los márgenes sociales y urbanos, encarnó el mito cristiano y plebeyo del reconocimiento como nadie. Ese mito plebeyo del débil pero virtuoso, del injustamente degradado pero que en El Día obtendrá el Reconocimiento que merece frente a quienes tienen poder pero no virtud.

El mito plebeyo del débil injustamente vituperado comenzó a darle contenido al significante flotante “argentinidad” con el peronismo, pero sobre todo con el fracaso o derrota del peronismo. El contenido fue cobrando forma de narrativa y sumó profundidad pasional e intelectual con el auge del anti-imperalismo en los 60s y 70s. Así pasamos de ser el País Promesa (generación del 80 hasta década del 30), al País Potencia que no fue (caída del Primer Peronismo) hasta devenir el País Mártir, vituperado por los Calibanes de Turno, al país del Talento Único al que no dejan ser pero que algún místico día será ungido. Y ahí apareció con su talento y sus defectos Maradona, y sobre él construimos la evidencia que se opone a toda otra evidencia: más caíamos como sociedad, más hacíamos que Maradona funcionara como Señal.

Montado sobre gambetas nunca antes vistas, Maradona demostró que ese país podía darle cachetadas a los poderosos tras humillaciones como la de la Guerra de Malvinas (no importaba que esa derrota fuera producto de un delirio dictatorial y más autoinfligida que infligida) pero padeció también la Venganza de esos Poderosos (en ese confuso episodio de nuestro relato que quedó sintetizado en la frase “me cortaron las piernas”). Y como toda relato-dialéctica del reconocimiento encierra tanto componentes imaginarios como humillaciones reales, no es casual tampoco que haya sido Nápoles, y no Milán o Roma, el otro territorio en el que se lo venera de idéntica manera.

Por eso Maradona, más víctima de sí mismo y de quienes lo rodearon (¡y rodeamos!) que de cualquier imperio real o imaginario nos representa como nadie. Es nuestro Mito Nacional. Mito que tiene su última saga en la “cultura del aguante” que fue la que ayer le dio forma de ritual morboso, lleno de exceso y caos, a ese funeral de Estado montado de apuro por un gobierno ansioso por capitalizar algo de las pasiones maradonianas. Allí, como señaló Forte, el Estado dejó que fuera el Dios laico el que se alzara sobre las leyes, incluso las naturales: el ritual morboso suspendió a la pandemia por más de un día. Pero habría que consultar a algún psicoanalista antes que a un antropólogo o sociólogo para que nos explique la relación entre rituales y muerte, porque el episodio de esta semana superó discurrires anteriores de nuestra íntima relación con la necropolítica.

Muerto Maradona, observadas las procesiones, estampitas y las oraciones de estos días, uno debe preguntarse sin ironía si realmente creemos que quizá finalmente sea Dios –ése que es Padre, el que espera desde arriba, no el Hijo de las canchas– quien nos dé a través suyo la corona de laureles que los Falsos poderosos se resisten una y otra vez a ofrecernos. Después de todo, ya habría estado la “Mano de Dios” haciendo milagros, y como todo milagro, es una anticipación de lo que vendría contra toda otra señal que vaya dando la historia. Entretanto, mientras seguimos cayendo, oremos, por que El Día habría de llegar. 

 

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