Tomás LüdersLas elecciones de la Grieta al Palo y el desencanto

Editor07/08/2019
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Por Tomás Lüders

Las PASO del domingo preludian una elección para las que la difusión de encuestas está siendo más importante que la de propuestas, solo la veda nos salva del resultadismo. Junto con la profusa circulación de memes, son el síntoma más evidente de que lo que se empieza disputar el domingo es un River-Boca electoral. Nada más.

Posiblemente se dirima más que eso, pero la apuesta de campaña y el imaginario de un gran porcentaje de los electores orbita solo por ahí. Paradójicamente, el descenanto de la mayoría con los resultados y las propuestas los incluye, pero no hace mella. Solo se trata de ganar.

Al mismo tiempo, y tal como señaló la investigadora del Conicet Soledad Montero, estamos frente a una campaña de metas modestas: volver al pasado o no volver a él. Sin mayores ampliaciones ni explicaciones. Los convencidos no necesitarían más pruebas de fe. ¿Los demás? bien gracias.

Como apunte accesorio, esta es una campaña en la que la mostración de la intimidad termina de consolidarse ya no como estrategia electoral sino como verdadero clima de época. Por eso no es exclusiva de ningún signo electoral. Incluso el jacobino Axel Kicillof terminó por presentarse como “padre de familia mientras nos mostraba el interior de su hogar”, cual “famoso” en revista farandulera de los 90s. Y como nota de color más oscuro, también terminamos de confirmar que ya no podemos hablar de partidos políticos en Argentina.

Pero lo más acuciante del momento es la indigencia programática de los candidatos, que a su vez parece tener como trasfondo una pobreza ideológica reducida a su mínimo común denominador: no ser el otro. La pura antagonización. Pero también un sustrato más profundo: la crisis de la dimensión simbólica de lo social, de ideales y valores. Lo que los ha desplazado, dicen los psicoanalistas, es la elevación al cénit del objeto.

Trasfondo: el Objeto al Cénit

En esta campaña, mientras la izquierda supuestamente radical habla de “tu derecho al porro”, el kirchnerismo propone la “vuelta al asado” –si vamos más atrás, era Cristina Kirchner quien, desde una verba inflamada, apuntalaba a los bienes ascensionales como El Objetivo de la Causa–. El gobierno hace lo propio mostrando obras o supuestas obras de infraestructura. Todos muestran o demandan cosas allí a donde se han agotado las ideas.

Los ideales habrían tenido su canto del cisne en los 60s y 70s. Hoy “nuestro derecho a tener el objeto” no acepta postergación, por eso es la queja lo que reemplaza a la acción política. No importa qué ideología o ideario se diga seguir, parafraseando a Luca Prodan, somos todos los que no sabemos lo que queremos, pero lo queremos ya.

No se trata de impugnar el derecho a que nuestras necesidades básicas estén satisfechas, y menos cuando la vida de las mayorías se vuelve cada vez más precaria, sino de criticar que se haga del consumo un fin y no un medio.

En este marco, es paradójico que sea el partido de MercadoLibre.com el que pida diferir el consumo del objeto por la consecución del Ideal, en este caso, el sacrificio por el supuesto futuro venturoso.

No deja de ser llamativo que quienes tienen por meta generar un mundo en el que todo será mercancía sean a su vez quienes demandan diferir el goce consumista o el consumo a secas. Pero ésta es la perversión del neoliberalismo, porque incluso en los “buenos tiempos” en los que la Cosa estaría a un clic de distancia, se trata de tentar a todos por igual con las supuestas mieles de un consumo ilimitado que solo puede ser alcanzado por los más pobres si se encierran o nos encerramos en deudas y horas interminables de trabajo precarizado. Y eso si se logra sostener esta bicicleteada que está a kilómetros de la de los grandes agentes financieros.

Un país de opciones

La pobreza del Ideal entonces no parece haber eliminado el componente básico de la campaña, su característica agonal, sus apasionados antagonismos.

Entonces se discute, tomándose seriamente en broma, lo que dicen Cande Tinelli, Alfredo Casero, Florencia Peña o Juan Acosta. O sea, discutimos sobre nada más que la chicana “política”, supuestamente irónica y sobre dichos que son siempre de pésimo gusto. River-Boca, otra vez, pero edulcorado con los nombres de nuestras misérrimas celebrities locales –casi todas de profesión indefinida–. La vulgaridad se ha vuelto la norma.

Pero algo del orden de los argumentos, mal que lo quiera el presidente según lo reclamado en su último spot, se tiene que apuntalar. Algo hay que proponer para ser candidato, aunque sean unas líneas. Y entonces se hace pseudo-economía política, y se la hace a las apuradas.

Decía Robert Castel en su clásico La inseguridad social que durante los llamados “30 años gloriosos” (1945-1975) las economías industriales triplicaron su productividad, permitiendo mejores protecciones sociales y salarios en una sociedad con porvenir.

Sin embargo la oposición argentina, a falta de mejores apelativos, ha aceptado el mote de redistribucioncita. El contraste es pavoroso y el nombre, un indicativo preclaro de la eterna laxitud doctrinaria del peronismo y, más importante aún para el caso, un indicativo de la debilidad programática del Frente de Todos. Pero en la Argentina de la grieta al palo esto es algo que parece no afectar la intensidad de las pasiones de quienes forman su base.

Aunque las críticas quedan holgadas en este contexto, vale recordar que lo que el autodenominado “redistribucionismo” local no termina de asumir es que en Argentina los periodos de crecimiento precedieron a los de redistribución pero no los acompañaron (salvo brevemente) como sí lo hicieron en las economías industriales a las que se refería Castel. El período más largo en el que ambas variables se juntaron fue en la década larga kirchnerista, y para 2011 el ciclo se había agotado. Algo que el ahora candidato Alberto Fernández solía destacar en sus cercanas épocas de opositor.

Lo más pasmoso, es que no sabemos aún, porque posiblemente el ex jefe de Gabinete tampoco pueda aventurarlo, quiénes integrarán el equipo económico de un gobierno neo o poskirchnerista, si los moderados y relativamente preparados economistas de su círculo o los igualmente formados pero mucho más alucinados y poco propensos a la negociación que rodean a Kicillof. Así de poco se sabe ya llegada la hora de meter el voto en la urna.

Por su parte, lo que no asume el frente oficialista es que sin protección que acompañe la esperanza de porvenir que se viene prometiendo desde hace ya varios semestres, no hay porvenir. Como se dijo por ahí, “a largo plazo estaremos todos muertos”.

Por eso la promesa de Mauricio Macri, a la inversa de la máxima de la Generación del 37, implica un “Desierto para la Nación“, habría futuro, pero solo para quien pueda hacer de su biografía una empresa. Los elegidos serán pocos y los que no, serán o seremos (¿quién, salvo los herederos, puede estar seguro de que quedará adentro?) algo peor que culpables, seremos perdedores sin derecho a responsabilizar a nadie por nuestro fracaso. En este marco, la encendida defensa de las precarizadoras apps de delivery hecha esta semana por los funcionarios porteños evidencian lo que implica el “emprendedurismo” macrista para la clase trabajadora en declive… y así y todo tendríamos que agradecerle al mercado que aún “nos dé” trabajo.

Pero ya hemos cruzado el Rubicón electoral. La grieta está abierta al rojo vivo, afuera hay hambre, pero todos, habitemos la realidad que aún habitemos, tenemos la opción de votar sus potenciados extremos a “derecha” e “izquierda”, respectivamente –y las comillas no son irónicas, sino descriptivas–.

Echadas las cartas, gane quien gane, seguiremos arrastrando un enfrentamiento que entretiene, sobre todo a las clases medias o lo que queda de ellas, en un narcisismo de las pequeñas diferencias. Que cautiva en el odio al propio reflejo invertido.

TL

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