Tomás LüdersFases y momentos

Tomás Lüders11/05/2020
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1-Ayer fui a comprar helado. Por una ventanita, tipo farmacia o bunker. Un inspector municipal interrumpió la transacción. Aparentemente es ilegal comprar helado los fines de semana, aunque tengas barbijo, alcohol en gel y miedo al Covid-19 y a la autoridad.

Yo no tenía por qué saberlo (¿o sí?), pero el heladero aparentemente apostó a ampliar por su cuenta el sentido de la frase “bienes de primera necesidad”… Yo, igual, en mi ignorancia o mareo (¿voluntario? ¿que expresa algún deseo reprimido?) lo habría incitado a la transgresión. Me acompañaban en el “pecado de seducción” tres personas más que, a dos metros cada una de la otra, hacíamos fila ansiosos por un poco de crema helada con azúcar.

Para comprar tabaco, otro tanto de vueltas y paranoia: ventanita, barbijo, mirar hacia los lados…

2-Lo cierto es que el viernes, el presidente había anunciado que en los territorios en donde no circula el virus o el contagio está controlado se entraba a la etapa que nos acercaría un poco más a la vieja normalidad. Santa Fe estaba incluida entre las afortunadas.

Pero los anuncios que flexibilizan la regulación de nuestras libertades no llegaron… otra vez, y ya pasamos antes por la gaffe de los 500 metros-durante-una-hora. El guiño permisivo del tío Alberto fue interceptado por papá Omar… otra vez.

Lo cierto es que las clases de las filminas son agradables, pero viviendo bajo estado de excepción funcionarían mejor los viejos y antipáticos comunicados tipo Junta Militar (incisos breves, numerados ordinalmente… 1º,2 º,3 º,4 º …). Si lo que se puede y no puede hacer demanda una neurosis propia de los preceptos talmúdicos, entonces, por lo menos, que los mandamientos sean claros….

Pero, estado de excepción o no, Fernández, Perotti, Chiarella son parte del Estado que se obliga a tutearnos y llamarnos por el nombre de pila (el interregno kirchnerista nos dejó al margen por un tiempo del estilo de época: el de la política indiciaria, como la llama Debray, que te mira a los ojos y te sonríe, esa que Macri llevó al paroxismo). Hablar tipo Junta haría demasiado evidente que el Estado no se ha corrido del lugar del Leviatán.

Y hemos entrado de lleno a la Jaula de Hierro de la biopolítica: ahora la vida se tendría que regular en fases. Sin embargo estamos en Argentina y en una Argentina que está en un mundo sin consenso científico sobre cómo “regular la higiene” de los comportamientos de la humanidad-masa en pandemia.

Nos hemos puesto todos a disposición del Poder Ejecutivo, pero éste es un Otro que tiene que tomarse su tiempo para procesar lo que le asesoran los nuevos técnicos estrella, que ya no son los economistas sino los infectólogos, un Otro que quiere mostrarse comprensivo (“indiciario”) a la vez que ser firme, entonces se enreda con los anuncios, va, viene y termina por delegar lo más antipático.

Así las cosas, delegación mediante, en Venado abrieron más locales, las cosas parecían cambiar con esta nueva “bajada al territorio”. Durante una semana, y TN lo dijo, éramos más libres que la gente que habita en el AMBA (Nota: Buenos Aires es ahora una sigla, lo que es muy propio del léxico biopolítico –fase, covid, territorio, cuarentena, fallecidos por millón de habitantes…– aunque el estilo de comunicación estatal siga insistiendo en mirar a los ojos, tutear y hasta guitarrearle por instagram a los “pibes”).

Y así fue que el venadense se apiló y congestionó el centro. Algunos hablaron de imprudencia (algunos que se sintieron solo testigos mientras eran parte de la aglomeración), pero la realidad es que en la ciudad siguen siendo muy limitadas las horas en las que se pueden dar vueltas sin tener que dar explicaciones a un uniformado. Todo sigue cerrando a las cinco de la tarde, después, después de esa hora, antes de la noche, debe reinar el silencio y la quietud: todos en casa. Algunos, los que tenemos “suerte”, en casa y trabajando, solo escapando velozmente entre vidollamada y videollamada para comprar lo necesario (anoten: ¡helado el domingo, no!). Del trabajo-casa a la despensa o al súper, de la despensa o el súper al trabajo-casa. ¿Llevamos al nene o la nena?

3-Gobiernos provinciales y municipales parecen empecinados en que permanezcamos en nuestros domicilios la mayor cantidad de horas posibles. Bien guardados. Aunque eso tenga como contrapartida que nos agolpemos en los horarios autorizados.

Los chicos podrían acompañar a uno de sus padres al supermercado o la despensa (según terminación del DNI, en algún momento del lunes al viernes, de 9 a 17 horas, una única vez a la semana), pero nada de andar en bici. Sigo sin comprender la racionalidad detrás de las medidas.

Me cuesta entender la lógica de este no-contagio. Cuesta entender si estamos frente a la torpeza o frente a un no explicitado intento de contagio controlado… ¿contagio controlado que se controla bajo el paradigma equivocado, el de la vigilancia de los cuerpos política y moralmente peligrosos en lugar de “infectológicamente peligrosos”? Posiblemente, el uno quisera coordinarse con el otro, pero no saben, no pueden, entonces… ¿mejor la vigilancia moral y política antes que tolerar la dispersión que demanda “el distanciamiento social”? Preguntas que uno se hace en el silencio de la tardecita.

Llegado a este punto, la comunicación provincial o municipal no ofrece un horizonte mientras restringe el antes anunciado alivio. Las benditas “fases” que se pretenden precisas terminan aumentando la confusión y frustración entre lo que la Nación promete como alivio programado y los distritos bajan a la práctica efectiva.

Finalmente, aunque el Alberto-que-tiene-que-restringir-pero-comprende haya vuelto a sugerir que “nos daba permiso” para hacer más cosas, con la delegación a las provincias se volvió a defraudar la expectativa de más libertad. Este nosotros infantilizado que quiere que le abran la puerta para “ir a jugar a la vida” se tiene que seguir cuidando como hasta ahora. Todo terminó reducido a intentar movilizar una actividad comercial que estaba absolutamente detenida.

¿Sabrán los gobernantes entrampados en la Jaula Biopolítica que el motor del consumo no es la necesidad sino el deseo? Dudo que se hayan hecho tiempo ahora o antes para leer o siquiera escuchar a alguien que leyó a Bauman.

Afortunadamente, algo de la condición humana venía resistiendo que se le triture y empaque todo el deseo. No toda la vida se había logrado reducir a mercancía, aunque se haya intentado. Desafortunadamente, queda claro que el momento “salud mental” (para tomar la doxa etapista-higienista de la época) tiene que esperar, salvo que podamos anotar en este casillero el ir de compras en los días y horarios asignados. Con eso debería alcanzar por ahora, parecen suponer, y por eso hasta nos habría permitido llevar al nene o a la nena para que se entretenga entre las góndolas.

Ya se nos intentó regular la vida por etapas en épocas aún menos felices. Y la cosa no salió de acuerdo a lo proyectado.

 

 

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