Tomás Lüders¿Es usted, Profesor Lüders?

Tomás Lüders30/08/2020
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… Me pregunta detrás de una máscara colorinche un flaco alto de unos veintipico al que no logro reconocer. “¡Qué cosa con la ‘jaula de hierro’ en estos días”, me dice… Lo identifico: Sociología, año 2016, Universidad privada X. Era el flaco al que le gustó el tema del poder en Max Weber –no son demasiados, debo reconocer–

Profe”, me han saludado más coloquialmente ya varias veces por las calles, siempre desde atrás de esos trapitos con elástico que llevamos (casi) todos, ahora que la película distópica se hizo real, ahora que la fobia se volvió la realidad que no podemos evitar.

Otras voces son las que salen también desde cuadraditos de unos tres o cuatro centímetros por dos y tantos milímetros. Me dicen, nos dicen, “profe”, pero no sé si han formado una imagen de sus profes. Como muchos son nuevos, tampoco sé si termino yo de hacerlos mis alumnos. AC –en la era Antes del Covid, que parece ya haber comenzado hace siglos–, uno no siempre lograba trazar un lazo con todos sus alumnos; el sistema, los bajísimos sueldos, hacían que fueran demasiados como para alcanzarlos a todos. Pero siempre estaba la flaca que preguntaba lo que los demás no se animan o no se interesaban por saber, el que anotaba compulsivamente, la que parecía nunca prestar atención y de pronto te sorprendía con una pregunta sobre el tema que ni vos te habías hecho. Y uno los ubicaba en un lugar: el de atrás al fondo, la de adelante, el que mira siempre por la ventana, el que llega tarde porque trabaja y aún así se disculpa….

Ahora, ahora tenemos cuadraditos negros con voz, pero sin el reflejo de una cara. O con caras planas que a veces se congelan, y entonces, “apaguemos la cámara que no podemos seguir ´la clase´” Cuesta armar la escena del aula frente a eso. Resulta difícil ser “el profe” cuando uno lleva decenas de minutos hablándole a una pantalla en la que, para colmo, tiene que ver siempre su propia cara reflejada. Es como hablarle a un espejo fantasmático. Uno es permanentemente cosificado por una máquina-red en lugar de simplemente dejarse ser.

Es cierto, todavía están las voces que ayudan a romper ese cristal que en realidad es de una mezcla desconocida de fósforo y metales de nombres impronunciables. Preguntan, me preguntan a mí por esos autores y por textos que he hecho míos, justamente para que me pregunten sobre ellos. Pero no siempre es fácil. Se han multiplicado las tareas “extra áulicas”, las demandas de la burocracia se han vuelto un flujo continuo que invade la cotidianidad-cápsula en la que estamos. La llenan de datos que se vuelven como humo espeso que a veces asfixia, justo cuando tenemos miedo de abrir las ventanas.

Vivo, vivimos, una realidad data-entry. Docentes y alumnos hemos devenido en estaciones de paso de flujos de datos que uno no sabe muy bien de dónde vienen ni cuánto poder tiene para que vayan hacia donde uno quiere. La cuestión redobla su sin-sentido cuando se trata de llenar planillas y planillas para cursos de apuro en los que se nos repite más o menos siempre lo mismo: la insistente repetición por innovar. Palabra vieja como la misma modernidad. Potenciada hasta la compulsión desde hace algunas décadas y hasta la náusea desde que el Covid-19 separó todo en un antes y un después que parece ser una potenciación de lo peor de ese antes.

Me disculpará el lector, pero necesito seguir con lo biográfico e ir más hacia atrás. Debo decir que me costó mucho llegar a ser el “profesor Lüders”, el único título del que me gusta jactarme.

Yo, que creía que me resistía a los formalismos al escapar a un destino de profesional, en realidad lidiaba con toda una historia de contradicciones familiares. La tensión entre el saber y el ascender socialmente determinó el apellido que me tocó. Se volvió la cuestión generacional de los Lüders, al menos para mí, que fui el menor de todos durante más de la mitad de mi vida. Lo llegué a indagar cuando estaban vivos aquellos a los que cuando uno es chico solo les hace preguntas para seguir creyendo que son algo así como dioses, o al menos así lo diría Paul Auster.

Estuvo el bisabuelo que desembarcó proveniente de Hamburgo con algo de ropa y bastantes libros que se llevó la marea de Puerto Madryn. Estuvo el abuelo odontólogo de barrio que creía estar destinado a hacer investigación médica hasta que su duro carácter lo terminó dejando afuera, justo cuando no era demasiado difícil quedarse afuera si se tenía demasiado aprecio por el propio carácter. Le pesó también, eso me llegó a admitir ya muy mayor, que el ideal del hogar “burgués” jugó contra caminos más imaginativos. Y estuvo mi viejo, que amaba la genética pero asumió (debo decir que bajo horizontes aún más estrechos que los de ahora) que ese trabajo tenía que hacerlo para un “semillero”, o sea, un lugar en el que la semilla se vuelve algo que se embolsa y se vende. No me quejo, su trabajo me otorgó algo que es todavía privilegio y no derecho: estudiar donde yo quisiera.

Pero fue un trabajo mío, y lo digo sin vano orgullo, el encontrarle la vuelta. Siempre estaba en la voz de papá el “elegí la carrera que quieras, pero…”. “Pero sabes que no vas ganar mucho”, “pero ¿es eso ciencia de verdad?”,pero ¿cuánto te van a pagar?”. Uno es lo que hace con lo que hicieron con uno, dijo Sartre. Y yo, muerto ya papá, estoy más agradecido que enojado. Fue él, porque antes fue su papá y antes su abuelo, el que me legó el amor a los textos. Muchos de sus libros habitan vivos mi biblioteca.

Vuelvo abruptamente:

¿Estaré ahora logrando acercarles la inquietud por saber a mis alumnos? ¿Lograré que esos fragmentos escaneados, sin espesor ni olor a papel y tinta, lleguen a través de los post de Classroom? Sí, estoy siendo paternalista, pero cuando uno es profe, la cosa no deja de ser un poco así. Sin esa “transferencia” la escena no funciona del todo, aunque al final de la hora uno no baje línea alguna, aunque antes de terminar la hora uno termine haciéndoles las preguntas con las que busca indicarles que nada está completo, mucho menos uno mismo, porque la idea es que salgan con sed, con esa sed que los lleva a desear hacerse las propias preguntas.

Trataré de ser optimista. De creer que la realidad data-entry sea solo una nebulosa digital de la que solo los y las profes tenemos que salir. De que la distancia forzada que ponen los dispositivos los hagan entrar más autónomos en el aula que no es aula y que entonces la escena sea enteramente de ellos. Trataré…

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