Señalaba Pola Oloixarac en su prólogo al libro La Traición Progresista de Alejo Schapire (2019): “Desde hace un tiempo, la batalla contra la normalidad es la épica burguesa. Foucault y su crítica al poder se volvieron covers para las masas ansiosas: Lady Gaga les canta a los raros su ‘manifiesto Madre Monstruo’, mientras las masas criadas entre likes se aferran a su tentativa de monstruosidad como un triunfo político sobre la opresión. El cuerpo propio es la utopía y el cuidado de sí es la tierra prometida, bajo los ojos implacables de una sociedad que ya no busca reprimir desde afuera, sino que invita a autoclasificarse hasta la exasperación y a gestionar la performance de sí, porque todos somos iguales al competir (como mini-Gagas) por el favor de nuestras audiencias, sanguinarias o benévolas” (p.11).
Como se señalaba en otro prólogo, en este caso sobre la obra de Adolfo Bioy Casares, ajeno en este caso a la crítica al progresismo woke, al menos en su intención explícita -su autoría y su fecha es imprecisa-, “La marca cada vez más original de la narrativa de Bioy la constituye el protagonismo que alcanzan en algunas de sus tramas la ciencia y la tecnología como dispositivos que revelan la finitud y la soledad del ser humano en un mundo donde es cada vez más difícil diferenciar simulacros producidos en serie para satisfacer deseos igualmente fabricados”. Queda entonces dando vueltas el tema de lo lejos que ha ido la filosofía crítica francesa en su cuestionamiento al estatuto inamovible de la realidad: “si todo es construcción y simulacro del poder… entonces por qué no proporcionarse el propio simulacro”.
Cuestionamientos que “en los tiempos” marcados por Oloixarac -que quizá ya están dejando lugar a otros tiempos, quizás más oprobiosos- se encontraron con la capacidad de la tecnología digital, cosmetológicas y, claro, médicas de producir realidades acordes al supuesto deseo del usuario, generándose una conjugación del utópico llamado a “soñar lo imposible del Mayo francés” con las realidades a medida del cliente de Silicon Valley y clínicas varias. La revolución contra la sociedad represiva y tradicionalista ha triunfado, pero el triunfo actual se desglosa en la interminable carta de opciones a medida del mercado.
Decía, quizá estemos frente a tiempos más oprobiosos, los que exaltan la batalla cultural y claman el retorno de viejas tradiciones represivas. Lo paradójico es que esta propuesta de retorno (¿a los tiempos de damitas de rosa y varones que juegan a la guerra?) tiene tanto de simulacro como la elección en góndola de identidades de género, de etnicidad y de espiritualidad a la carta.
El escándalo presidencial con la bitcoin libra dejó en evidencia cuál es el simulacro detrás del simulacro moralista: todos podemos ser ricos, no lo es el que no quiere. El menú no ofrece ahora aquellas identidades woke, sino maneras de elegir cómo volvernos millonarios, como sea y se quiera… y parece que a más improductiva la elección, más chances.
Han cambiado los objetivos, se mantiene la clara falsedad de que en la góndola está lo que deseo. La realidad no importa.








