Tomás LüdersEl virus como dilema: una breve genealogía

Tomás Lüders09/08/2020
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Uno de los tantos memes que circulan sobre el COVID-19 en estos días simula ser una placa de TN, en la foto, se ve al sanitarista Tedros Adhanom, presidente de la entidad mundial que intenta coordinar políticas a nivel global sobre la cuestión, abajo, el zócalo resume: “La OMS recomienda no haber nacido”, una burla, oscura y filosa, al biopoder humanista “modo turbo” de estos días: lo más saludable para no arriesgar la vida es no haber existido nunca. No se puede perder lo que no se tiene. El “quédate en casa” llevado hasta el absurdo.

Pongamos durante un momento al margen el modo en el que los países de lejano Oriente enfrentaron la pandemia desde sus particularidades culturales, cuestión excelentemente sintetizada por el coreano-alemán Byung Chul-Han en su capítulo para el libro colectivo y de “emergencia” sobre la cuestión, Sopa de Wuhan.

Vayamos a las particularidades culturales de Occidente, del que somos periférica parte, pero parte al fin. Vayamos, para eso a Michel Foucault.

A partir de su construcción del concepto de biopolítica, el pensador francés analizó magistralmente cómo el estado moderno había desarrollado una nueva forma de poder, opuesta a las formas pre-modernas –que no terminaba de extinguir–. La biopolítica o biopoder generaba dispositivos y enunciados totalmente novedosos para “vigilar y castigar”, pero sobre todo, controlar. Si lo que predominaba en tiempos de reyes, curas y guerreros de armadura, incluso durante el absolutismo (etapa superior de la corona) era el “poder de la espada”, es decir el derecho del gobernante a matar a sus súbditos, el estado moderno, centralizado, pero impersonal y burocratizado, se encontró generando nuevos dispositivos para el control de los cuerpos. Frente a la “cuestión social” que aparejó el industrialismo, surgía la necesidad de administrar a las masas, conflictivo pero fundamental motor humano para la generación de riqueza en las fábricas. Había que permitir que la fuerza de trabajo, siempre colectiva, se reprodujera y no extendiera “las pestes” que generaba la urbanización aluvional hacia los sectores “más respetables” de la sociedad.

Hasta donde me permiten mis lecturas del que está considerado uno de los más importantes intelectuales del siglo XX, sus trabajos, aunque determinantes, soslayaron ciertas cuestiones en su construcción teórica sobre esta nueva forma de gobernar que volvía visibles a las masas oscuras para ordenarlas, cuestiones que desde no hace tanto autores como Slavoj Žižek se han detenido a poner en foco. Así, Foucault, lúcido analista de los cortes entre épocas, no prestaba suficiente atención a la conexión entre la biopolítica y el universalismo cristiano. Y la cristiandad, valora críticamente el ateo Žižek, considera a cada vida individual, sin importar su procedencia, color y credo de origen como “sagrada” o “salvable” –algo que Foucault sabía, pero no habría considerado lo suficiente a la hora de trabajar sobre la más reciente forma de gobierno de “cuerpos y almas”–. Como destaca el pensador esloveno, es este amor por cada prójimo existente el predecesor de los seculares “Derechos del Hombre” de la Revolución Francesa y la Ilustración en general y los más recientes “Derechos de la Humanidad” declarados tres años después de la última gran Guerra por la Asamblea de la entonces flamante Organización de las Naciones Unidas–nota: hay que estudiar más lo establecido en estos lares por la Asamblea del año XIII para entender el impacto que generó esta renovación secular de la concepción del “hombre” como ser dotado de derechos naturales e inalienables–.

Volviendo el reciente texto de Han, las culturas de lejano oriente carecen de ese amor universal por el prójimo, a lo sumo lo han forzado en sus códigos y leyes cuando ciertos países incorporan las formas occidentales de democracia (¡nada más lejos del caso Chino!) es decir que, mayormente, para aquellas sociedades, quien no es parte del “nosotros” es otro al que no se le debe nada. A la vez, dice Han, aunque se haya impuesto el “egoísmo” capitalista occidental, por allí el individualismo (“toda vida es sagrada, empezando por la propia”) no es un valor dominante, de allí la flexibilidad con la que aceptan las nuevas y ubicuas formas de vigilancia digital. Con esto, claro, no decimos que durante toda la era cristiana nuestros ancestros se hayan comportado siempre como humanistas sensibles y, a ciencia cierta, no son nada falsos los relatos que se dedicaron a contarnos lo mortífera que podía ser la propia Fe en su voraz intento de salvar almas del paganismo. Hablamos, simplemente y bastante simplificadamente, sobre la forma en la que predominan aquí y allí determinadas concepciones, que generan ideales regulativos, lo que no es menor, paro tampoco lo abarca todo. Resta además detenerse a analizar la pasividad y apatía con la que también en esta parte del mundo ofrecemos de manera voluntaria y constante valiosos datos sobre nuestra vida privada e íntima.

Recapitulando un poco, que para el cristianismo y para las ideologías progresistas que son sus no asumidas herederas seculares –ideologías que han impregnado instituciones (débilmente) centralizadoras como las Naciones Unidas y se han “capilarizado” por diferentes instituciones públicas, en competencia, claro, con otras más reaccionarias– la vida individual, cada vida individual, cada alma o “cuerpo”, como está foucaultianamente en boga decir, es digno de salvarse, no importa qué utilidad o características tenga, todos somos redimibles (se lee aquí entonces el modo desde el que ciertas formas concebir al sujeto y gobernarlo alojan contradicciones en su interior o se yuxtaponen entre sí). Por eso, el sacrificio de la vida es en nuestra tradición cristiana y su más reciente versión agnóstica, cuestión de martirio.

Sigamos entonces nuestro razonamiento y sumemos más “peros”: no estamos afirmando que lo que Foucault definía como biopoder e impulsó el desarrollo de la “sanitarización” de las urbes no sumara sus cuotas de racismo darwiniano y otras “linduras” clasistas y racistas que hicieron de hombres y mujeres máquinas de trabajar, cuyas vidas entonces se cuidaban como se pueden cuidar las de las vacas hasta que llegan al matadero. Pero tampoco hay que olvidar que la razón instrumental que hacía de los cuerpos recursos humanos también era acompañada por historias de enfermeras, médicos y otros profesionales del cuidado de lo humano que actuaban con abnegado amor por el prójimo, aunque éste fuera un extraño (“ama al prójimo –aunque sea un perfecto desconocido–, como a ti mismo”). Y cuánto idealizamos nosotros a nuestros médicos, docentes, enfermeros y demás trabajadores públicos cuando son mártires… por algo después los criticamos con saña cuando piden cobrar lo que creen justo, después de todo, un mártir da su valiosa vida y no pide nada a cambio.

Continuando, debemos también sumar a nuestro análisis que existen nuevas derivas de esta valoración de la vida que es tan nuestra desde hace tanto, derivas que también ha analizado magistralmente el citado filósofo coreano-alemán. Así, si nos detenemos en su libro La Sociedad del Cansancio, la actual tendencia al cuidado para extender nuestra utilidad (laboral, pero también personal) parece una canalización de este valor por la vida hacia sus formas más reducidamente biológicas y quizá menos humanistas: el sujeto como recurso que acompaña la consideración del sujeto como sagrado pero ahora adosadas al deber-ser ultra-narcisista de la “sociedad del rendimiento”, que ya no es la sociedad industrial de control colectivo, sino su evolución hacia formas de gobierno de los cuerpos y almas más sofisticadas, individualizadas e internalizadas. De allí viene, por ejemplo, la pasión actual por el entrenamiento como fin en sí mismo –cosa que también supo ver Zygmunt Bauman en su célebre Modernidad Líquida– y no como medio para otras metas: las guerras, las justas deportivas –herederas pacíficas de aquellas–, las hazañas de montañistas, navegantes, pilotos aéreos y demás “descubridores” de mundos “extraños” de la segunda mitad siglo XIX y la primera mitad del XX. Durante las últimas décadas la fuerza de trabajo masiva se atomiza, se vuelve múltiple (divisa, decía otro francés, Gilles Deleuze) haciendo que cada uno se cuide y controle a sí y por sí mismo: hemos acoplado el deber al deseo y no parece haber poder más eficaz que el que no necesita castigar, pues ya ha logrado hacer de los sujetos seres autónomos en este paradójico gobierno del yo para “el sistema”. Hay que vivir para rendir y no son ahora los Aparatos de Estado los principales encargados de ello, sino cada uno de nosotros.

Salvar vidas… ¿en Argentina?

Habiendo emergido el Bio-Poder en el marco capitalista, no resulta extraño que se haya desarrollado dentro de él no solo un “sistema público de salvación”, sino también una lucrativa industria dedicada a curar que se articula a aquél. Tampoco que, aunque tantas veces se nos hagan oscuras o turbias sus finalidades, cada uno de nosotros haya desarrollado la expectativa, a diferencia de nuestros predecesores no tan lejanos, de que nuestra vida y la de sus seres más queridos –o la de perfectos desconocidos que piden ayuda a partir de campañas improvisadas– sea salvada aún frente a las enfermedades o traumas más extremos. Viviendo ya en sociedades de hospitales y ciudades relativamente saneadas, nuestros abuelos eran todavía seres dispuestos soportar o al menos tolerar con cierta templanza la fatalidad de la muerte… y encomendarse a Dios ante su inevitabilidad. Quienes ya pasamos cierta edad, sabemos de muchos tíos y tías que no pasaron la infancia o de abuelos fallecidos a edades que hoy nos parecen increíblemente prematuras.

Sin embargo, sabemos de lo deficiente o desigual que puede ser el sistema de salud público y privado argentino (y no solo argentino, claro, que no se trata aquí de volver sobre el autoflagelo que nos gusta tanto). Sabemos de cuánto mejor tratamiento (o al menos cuánto más) recibe un jubilado que abona una pre-paga costosa frente uno que padece PAMI. Sabemos que, literalmente, hay gente que vive más porque tiene más recursos y gente que vive menos porque tiene menos, y eso sin considerar la calidad de vida previa a la llegada de las enfermedades o accidentes.

Pero así y todo, un país con todas estas precariedades en materia sanitaria, no deja de ser un país cuyos habitantes están alcanzados por estas expectativas de sobrevivir a adversidades consideradas fatales hasta no hace tanto. Aún frente a las más duras condiciones, siempre parece haber una posibilidad de sobrevivir, siempre esperamos que algún “milagro médico” que pueda hacerse. Es en este marco que este nuevo virus se esparce por el mundo y nuestra geografía –Nota aparte: una mutación viral por otra parte esperable, al menos para quienes de esto se ocupaban o intentan ocuparse, por eso el “19” que acompaña la sigla que lo denomina–.

De esta forma, la muy biopolíticamente llamada “población de riesgo” ante el COVID-19, es decir personas con ciertas patologías pre-existentes y mayores de 65 ya eran personas con expectativas de un vida más larga y de mejor “calidad” de la que hubiera resultado esperable no hace tantos años, cuando la muerte después de los 60 todavía era considerada algo por demás de natural. Poseen frente a la inédita (pero, nuevamente, esperable) pandemia la expectativa de sobrevivirla y ¡lo hacen con humano y universal derecho!

Vida y tragedia (con nota personal)

Se ha escrito hace poco, citando a Unamuno, que hemos perdido el sentido trágico de la vida. Se me ha recordado en algunos encuentros con amigos que comparten inquietudes que Marx o Freud escribieron textos fundamentales después de las durísimas pérdidas de algunos de sus muchos, pero muy queridos, hijos (nota aparte: otro de mis referentes intelectuales, Emile Durkheim, no soportó la pérdida de su primogénito en las trincheras del frente oeste de la Gran Guerra y murió de tristeza justo cuando llegaba al apogeo de su trayectoria intelectual). Se ha recordado, y se me alcanzado “el recorte”, que los autores del romanticismo francés escribían y continuaban haciéndolo ante la inminencia de la muerte por tuberculosis o la locura y agonía por sífilis –dos de las muy extendidas “pestes” que más tardó el sistema sanitario moderno en lograr volver cosas del pasado absolutamente controlables–.

Aclaro que algunas de estas cosas se me han recordado no mucho antes de la pandemia porque yo mismo he sido alcanzado, no por algo tan duro como la pérdida de un hijo ni por la enfermedad propia, pero sí por las dolorosas y demasiado seguidas pérdidas de mis padres y poco antes de mi entonces querido suegro. Se me habrá visto melancólico e improductivo (¡cómo no podemos dejar de mezclar rendimiento y deseo en esta época!).

Sin embargo, la sucesión de estos hechos en el marco previo al virus global no deja de hacerme reflexionar más allá de las pérdidas particulares. De llevarme a compartir la recientemente adquirida noción de que la vida, nuestra vida en su sentido más reducidamente orgánico, es todavía, a pesar de todo lo que se ha avanzado para preservarla (no sin contradicciones y desigualdades, decíamos), algo precioso pero fugaz y frágil. La vida, en su sentido estrictamente biológico o material, es de por sí breve y menos segura de lo que se piensa en el marco de una época en la que sin embargo las estadísticas nos hablan, al menos a algunos, de su extensión en “cantidad y calidad” y que, de nuevo solo algunos, pretendemos tomar como expectativa de lo que tenemos por delante.

A esto venía entonces la frase del ensayista vasco: que el cuidado de la vida (biológica) no nos distraiga de vivir en todos sus sentidos. De vivir “la vida espiritual”, como se decía entonces en un sentido no religioso y tomar las decisiones y acciones que esperamos dejen cierta marca, más allá de las “funcionales” exigencias del rendimiento para generar capital. No es esta una nota de autoayuda en un texto que no pretende sumarse a esa ola incesante de páginas que nos dicen que “sí, se puede” siempre y de cualquier manera, sino una lección que he aprendido tras pasar muchas pérdidas y que no muchos tenemos el lujo de aprovechar en un país como Argentina.

Conclusión: los dilemas

Escribía hace poco en un posteo que no venía mal repetir en estos días de desconcierto algo que considero fundamental: aunque el virus y los contagios puedan cuantificarse, cualquier cosa que se opine y haga al respecto será polémica. Que aunque es algo extraño y sometido a las no tan transparentes leyes de la biología, la pandemia es un asunto humano y los asuntos humanos son dilemáticos. No hay fórmulas que los resuelvan sin dejar demasiados decimales, aunque bien pueda medirse lo que pasa: contagios y muertos diarios, metros de distancia a mantener respecto de otro cuando se corre, comparaciones respecto de los casos en otros países, etc., etc.. Y sin embargo, salvo cuando se decide trazar una línea que demarca una nueva grieta o se impone la urgencia económica, en general tememos opinar abiertamente sobre una cuestión que nos atraviesa tan decisivamente. A pesar de su (a veces) asumida desorientación, continúamos confiando en que lo que haya que hacer sea algo que podemos delegar plenamente en los “especialistas”.

Hace poco también, un pensador brillante pero con el que no suelo coincidir, el francés Bernard-Henri Lévy, sostuvo valientemente que “la confianza ciega (depositada por gobiernos y ciudadanos) en los médicos fue en sí misma irracional”, agregando sin vacilar que “hubo abuso de autoridad” de parte de los especialistas y por la nuestra “un miedo maníaco y pensamiento mágico”. “Yo respeto a los médicos, pero en su sitio. No en el de los políticos”, concluía desde un país en el que la clase política está puesta en cuestión pero en el que se valora todavía la idea de “lo político” como el espacio público decisivo.

Según admite en la entrevista, Henri-Lévy, mayor de 65, ha hecho la cuarentena y “se cuida” ahora que se ha flexibilizado la cuestión en su país. No es un negador del virus y sus efectos. Simplemente sostiene que, ante el desconcierto y los límites que exhibe la comunidad científica –los propios de su profesión y las incertidumbres que genera este implacable microorganismo– las decisiones sobre lo que debe hacerse no pueden delegarse, no por entero al menos, a quienes tienen como finalidad el cuidado de la vida… en su sentido más reducidamente orgánico. Vale agregar que, al mismo tiempo y redoblando la apuesta, cuestionaba al otro lado, a los otros cultores del pensamiento mágico que ha generado la pandemia: los negadores. El coronavirus está y parece haber llegado para quedarse por un tiempo extenso. Y eso es inevitable, lo que no parece estar determinado es lo que debemos hacer como humanidad, palabra grande si las hay, pero tan renovadamente presente.

El hecho de que en comparación absoluta con otras pandemias vividas por la humanidad, desde la Peste Negra, pasando por la sífilis que esparcieron los europeos en América y llegando a la gripe española, el covid sea menos letal o lo sea mayormente para personas que en aquellos contextos debían considerarse afortunadas de haber alcanzado cierta edad, no evita que la comparación se haga en términos relativos, es decir, en términos de las expectativas que ahora tenemos de sobrevivencia ante las enfermedades. Por eso nos es esperable sobrevivir, aunque las estadísticas nos asignen un casillero propio entre la “población de riesgo”.

Así y todo, enunciados como “no habrá nueva normalidadhasta que se descubra una vacuna, un suero o una cura…”, es decir, no habrá vuelta a la pasada vida en un plazo previsible, deberían sonar más problemáticos de lo que parecen sonar y no circular como dictum profético y por ende incuestionable. Se nos dice, después de todo, que debemos postergar (de manera indefinida) una vida que, por limitada que fuera, se parecía, al menos para muchos, a algo más digno que lo que nos toca hoy.

También deberían resultarnos más problemáticas (allende la grieta negacionista) dicotomías como la esbozada al comienzo de la cuarentena y sostenida hasta hoy por nuestro presidente: “elijo la vida frente la economía”. En países con recursos tan limitados como el nuestro (o que siendo más ricos gastaban sin esperar semejante “parate” de la maquinaria económica) la disyuntiva es absolutamente falaz, aunque haya matices para agregar entre ambos polos. Trabajar, después de todo, es algo que la mayoría hace para poder vivir, perogrullada omitida por quien hoy encabeza el Estado. No puede, además, protestarse con retroactividad para justificar semejante argumento, como se ha hecho desde ciertas bocas oficialistas …y desde cierta izquierda para ir más allá de apuntalar al propio jefe político.  Creyéndose poseedores de una luz que solo los alcanza a ellos, afirman, denuncian… ¡nos revelan! que si la economía no puede detenerse, atención, paremos la oreja…. es por culpa de El Capitalismo. Otra perogrullada tomada como verdad por los esclarecidos de turno. Claro que lo es, y la pandemia también tiene que ver con la forma en la que se transforma sin recaudos a la naturaleza en recursos para un sistema de producción y consumo desmesurado, que hace de cada cosa mercancía para la reproducción como fin en sí mismo del capital (la famosa fórmula D-M-D de Karl Marx). Pero es dentro de esta forma de producción de cosas innecesarias que también se producen los bienes básicos, es dentro de éste y no otro sistema aquél en el que encontraba inmersa hasta sus bases más profunda la humanidad entera (nuevamente, la gran palabra, que se vuelve hacer inevitable).

¿Hay entonces chances de plantear semejante dicotomía –la vida antes que la economía– o hacer semejante “revelación” legitimadora del tal? ¿Hay vida o sobrevida sin economía cuando ésta se sostiene en una máquina que marcha a toda velocidad y que no puede frenarse sin destruirse y terminar de destruyéndonos con ella? Seguro que sí, se pueden volver a imaginar mucho mejores alternativas, como se supo hacer de manera lúcida en tiempos en los que las ideas precedían a las quejas. Pero habría que haber pensado o hecho algo antes, si se me permite afirmar otra obviedad que no parece tan obvia para tantos.

Por eso, protestar o denunciar desde el Santo Púlpito Anti-sistema no contribuye a nada si no se tiene debajo de la sotana una solución inmediata, pues la cuestión es para la mayoría cosa “de vida o hambre”, valga la ironía. El Covid no será comprensivo con los que somos críticos de este modo de producción, por injusto y ecocida que sea. El virus no sabe de purezas ideológicas y morales. Se esparce por esta forma de sistema-mundo… y por ahora es la que hay. Detenerla y cambiarla, ¡como si hubiéramos sido capaces de generar tamaño proyecto!, no afectará principalmente a los utra-ricos, sino a quienes reciben la mínima parte, o sea, a casi todo el resto. Que, como ha dicho el ya citado Žižek, debe ser este el momento para pensar en alternativas más que cosméticas (y de manera urgente), no debería ni siquiera ponerse en dudas. Pero salvo que caigamos en milenarismos y mesianismos, lo urgente del planteo no quita lo arduo, complejo y costoso de tamaña tarea…. ¡global!.

 El qué hacer ahora, dentro de la forma que ahora tenemos de sobrevivir no parece ser algo que podamos demorar por mucho tiempo. En nuestro país los índices de pobreza se multiplican y el futuro se hace cada vez más incierto para quienes todavía tenemos sustento.

Así las cosas, la noción de una cuarentena eterna se hace también una idea difícil de sobrellevar, si es que también volvemos, como estoy proponiendo volver, sobre el punto de lo que puede considerarse una vida digna de ser vivida. Y la ciencia médica no está ofreciendo esas previsiones, porque no tiene ecuaciones que despejen la x de la pandemia.

Estamos, entonces frente a varios dilemas. Dilemas que no puede sostenerse en el pensamiento mágico de un lado y otro, el de la resignación ante las drásticas medidas que toman autoridades desconcertadas y la negación del riesgo que supone el coronavirus.

Es el momento, pienso, de hacer política en serio, de debatir en serio qué hacer frente a las disyuntivas. De hacer una política de la vida que vaya más allá de aceptar sin pensar los mandatos de la desconcertada biopolítica actual y no porque haya que despreocuparse de lo que puede implicar esta enfermedad.

No habrá camino a recorrer que sea una “solución” sin costos de algún tipo, pero los costos ya se están padeciendo mientras languidecemos sin pensar ni decidir. Que la historia entonces nos juzgue, pero nos juzgue a todos, como ciudadanos y no como pacientes temerosos.

 

 

 

 

 

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