Tomás LüdersEl único traidor es el que no retorna

Editor19/05/2019
Compartir esta noticia
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter

En los 90s el partido del haciendo lo que hay que hacer, el  “marxismo de derecha” según la expresión que usaron Touzon y Rodríguez para definir al macrismo en La Grieta Desnuda, el de la inexorabilidad de las leyes del mercado, era el peronismo.

Sin dudas era el único que contaba con el capital político como para hacer lo que la minúscula derecha electoral no podía hacer.

Haciendo extensivas las definiciones de Touzon y Rodríguez sobre el macrismo, el menemismo representaba “orden sin progresismo, un liberalismo sin revolución educativa ni refundación institucional”. Era entonces, como es el macrismo ahora, el partido de la normalización dolorosa. El que habría reconocido que Argentina no podía seguir viviendo de lo que no tenía.

A ese barco se subieron entonces figuras insignes de lo que sería luego el kirchnerismo, incluyendo a la propia pareja presidencial y al ahora candidato Alberto Fernández. También a un entonces muy joven Amado Boudou, hoy un incómodo mártir que todos los compañeros en campaña prefieren ocultar.

Por estos pagos, otro peronista que había adherido a la conversión liberal “desde adentro” encabezada por Carlos Menem era Omar Perotti, entonces director de la privatización del Banco de Santa Fe. Para su candidatura a gobernador, el rafaelino suma hoy el apoyo de La Cámpora local, porque aunque sea lo que sea, para un peronista no hay nada mejor que otro peronista. La propia María Eugenia Bielsa acaba de reafirmar la gran y única verdad justicialista: el nombre es más importante que los contenidos cuando se trata de volver al poder. Y si es un pragmático quien puede otorgar la victoria, aunque lo que se busca derrotar es a un partido, que, mal que bien, expresa en el gobierno a los contenidos que se dice defender, pues peor para los contenidos. Es peor no llamarse que ser. Y Perotti no es ni se llama socialista, se llama peronista, es secundario entonces qué ideas aloje.

Tras la unción del hasta ayer Judas Alberto Fernández, son varios los amigos kirchnersitas que me insisten ahora con que “esto es la política”. Con que “luchar por el poder es así”. “Para hacer política hay que pactar con el diablo, decía Max Weber”, me recuerda, ilustrado, uno de ellos. Justo ellos, que insisten desde hace una década larga en tener de nuevo una líder que no se equivoca nunca, que se mantiene infalible y pura hasta cuando recurre a la táctica más flexible.

Y es que aunque los contenidos y principios se tengan que contrariar, si lo hizo Él o lo pide Ella, es siempre en nombre de una Causa mayor que el resto de los mortales no podemos contemplar. Una que permite vulnerar casi cualquier idea que se haya defendido con uñas y dientes ayer y que ahora se entrega para retener el poder. Porque, aunque se haya dicho, no es eso que ahora se quema en nombre de la sustentabilidad lo que vale, sino que el valor está en una Causa Mayor inexplicable. Por eso los peronistas kirchneristas son los únicos pragmáticos que no se reconocen cínicos. Y no lo son, aunque de nuevo tengan que darnos de apuro lecciones de realpolitik.

Yo no dudo que la política sea el arte de lo posible. Y desde la caída del Muro, lo es más que nunca. Aunque el “haciendo lo que hay que hacer” es un dictum miserable, no deja de contener cierta verdad, no deja de nombrar algo que aceptamos los que siendo progresistas nos resignamos a ser realistas: todos somos, un poco, marxistas de derecha. Ya no soñamos con la revolución (anticapitalista).

Pero una cosa es saber que que no queda (por ahora, al menos) otra que construir desde dentro de los estrechos límites de una economía basada en el Capital (no el mercado, que es solo su quimera operativa), y otra es adherir desembozadamente a cada axioma de los gestores políticos del Capital: particularmente irritable resulta además que se pregone la inexorabilidad del liberalismo económico desde una cúspide a la que se ha llegado a base de cooptar recursos públicos (SOCMA) y para repartir esos recursos entre quienes se considera más eficientes solo por haber acumulado más capital desde técnicas ajenas al liberalismo (Techint, por caso). Pero son justamente quienes se han hecho ricos y poderosos desafiando las leyes del mercado que dicen los primeros en pedir que se las respete. La intervención solo se justifica para los poderosos.

Pero no estamos hablando del macrismo, sino de la fórmula presidencial del peronismo. Y el peronismo, cuando fue kirchnerista, no desafió al Capital. Hizo voluntarismo redistributivo sin alterar una estructura a la que tampoco combatió en sus orígenes, diga lo que diga la marcha. Por eso, como en el 52, pero también como en el 73, hacia fines de su último mandato se encontraba con el límite inexorable de lo que no había intentado cruzar:  ya no podía sostener sus promesas materiales. Como en el 52, pero no como en el 73, la crisis generada por la falta de divisas (y la negativa de quienes sí tenían los dólares) a confiarlos al “modelo” se acompañaba de inflación simbólica contra el antagonistica de turno. Antes de llamarlo a su ex funcionario, Cristina apeló al “pacto social” del Perón que no se radicalizó sino solo contra sus propios radicales internos, pero al factor herbívoro se lo tenía reservado al ex columnista de TN. Como la historia argentina es más que corta, habrá considerado sin embargo que pocos recordarían el fracaso económico del acuerdo. Para no repetir su también debacle política, lo tendrá al hombre de apellido homónimo. Ella puede así ponerse Más Allá sin tener que partir fisicamente como lo hizo Perón antes del caos.

Y Alberto Fernández se lo llama también para que sea el Marxista de Derecha desde adentro del movimiento, para que se haga cargo de lo que, por más gelbariano que haya sido el contrato invocado la Jefa Espiritual desde la Feria del Libro, ya se sabe: que sin dólares no hay economía que pueda sostenerse. El mercado interno no vive de sí mismo, salvo que se tenga la máquina de imprimir billetes y unos cientos de millones más de habitantes

Y sí, Cristina Fernández puede ahora ser puramente Espiritual, esquivar el barro de la gestión para bendecir y condenar simbólicamente. Resta saber cuán de derecha, cuánto de lo que “hay que hacer” hará el ex jefe de gabinete y ex superindendente de seguros cavallista.

No dudo en que será más hábil que los macristas, carentes de pragmatismo y ávidos en identificar buenos negocios con mandatos inexorables (la famosa planilla Excel). Resta saber cuánto margen se dejará para la creatividad y, sobre todo, cuánto le dejarán para la “sustentabilidad social” en medio de un ajuste inexorable.

La propia Jefa y los más lúcidos de los suyos han aceptado que con mística retro-pactista no se generan dólares aunque se endulcen oídos. Cuenta entonces con la bendición de quien se ha encargado de nominarlo. Correlativamente, cuenta entonces también con la bendición del militante, que encontrará en la herencia recibida –redoblada en su pesadez por el macrismo, que ahora aparecerá como el único responsable– la justificación necesaria si es que el “dolor del pueblo” se agudiza hasta lo intolerable para el que realmente está abajo y no habrá recibido refugio en un cargo público “popular” en la Santa Fe de Perotti o en el Gobierno Nacional de Fernández-Fernández.

Después de todo, el peronismo es un sentimiento que no se explica, el único partido-identidad que lo puede llegar a justificar todo en nombre del Nombre.

TL

Comentarios
Compartir esta noticia
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter