Es justo en estos tiempos, justo cuando la Selección Argentina de fútbol inspira a un país que se siente derrotado, es ahora, que de pronto la narrativa woke que baja del norte nos construye como el malvado de la historia.
No tendríamos jugadores afrodescendientes porque somos racistas, sostienen de la “izquierda” de Berkley o Hollywood. Como si Lionel Scaloni hubiera elegido a sus jugadores en base a su fenotipo y el Cuti Romero fuera el orgullo de la raza aria. Hago este mal chiste porque así me burlo de las categorías progre que mal supimos importar. Desde allí no entienden que en Argentina el tema “racial” no es parte de la discusión política, porque, más allá de cierto racismo asociado al clasismo (cosa que está lejísimos de ser un defecto exclusivo de estos lares), a prácticamente nadie se le ocurre aquí ir clasificando abierta y deliberadamente a la gente por sus orígenes étnicos.
Argentina sí es un país que recibió una enorme cantidad de inmigrantes europeos, pero también tiene un Noroeste de fuertes raíces indígenas con el que el “centro gringo” se ha ido mestizando sin demasiados conflictos. Argentina, además, recibe masivamente y abiertamente migrantes del resto de América Latina sin preocuparse por su color de piel y a nadie se le ocurre hablar de “matrimonio mixto” cuando una argentina “blanca” se casa, por caso, con alguien de tez oscura de Jujuy o Bolivia. No ocurre lo mismo en Estados Unidos o en Europa. Allí la obsesión por “la raza” (categoría sin valor biológico alguno, pero que el registro civil estadounidense sigue utilizando) es de la derecha, pero también de quienes se auto perciben de izquierda. ¿Por qué? Porque aún son un país segregacionista, en el que, lejos de lo que pasa aquí, no solo se segregan a negros o “latinos” de “blancos”, sino también a blancos católicos de blancos protestantes. En un país como el nuestro, en el que más de la mitad de la población tiene al menos un antepasado italiano, la categoría de Italo-Argentino es impensable. Basta ver cualquier película de Martin Scorsese o la serie The Sopranos para entender cuán diferente es la cosa allí. Little Italy en New York puede ser hoy un lugar de atractivo turístico, pero en su momento fue un verdadero gueto.
Es la culpa colectiva estadounidense la que los ha llevado a establecer cuotas raciales para universidades y empresas. Una culpa que heredan de haber sido un país que, a diferencia del nuestro, fue masivamente esclavista y mantuvo leyes de segregación racial hasta bien avanzados los años 60s. Proyectan entonces eso sobre una Argentina cuya historia y cultura desconocen, es más, sobre una Argentina que recién logran ubicar en el mapa gracias a los goles y asistencias de un Leonel Messi al que descubren sorprendentemente blanco: ¿a alguien de este país le importó acaso alguna vez cuánta melanina tenía Messi en su piel? ¿No saben que el muy morocho Maradona fue nuestro más grande ídolo deportivo hasta la aparición del rosarino?
Entonces, sí, Argentina tiene racismo, como cualquier otro país, pero es a la vez el país más plebeyo de toda América Latina y el menos segregacionista de toda América, Estados Unidos y Canadá incluida.
Y lo es por lejos. Es en México o el vecino Chile en donde tener tez clara genera un trato privilegiado, no aquí. Como escribió el brillante escritor mexicano Octavio Paz, es en esos países en donde la tez oscura genera un complejo de inferioridad que no se supera. Por algo el principal insulto mexicano es decirle a alguien que es el “hijo de la Chingada”, es decir, de la pobre traductora nahua de Hernán Cortez. La mayoría de los varones mexicanos aún vive en un fantasioso melodrama en el que, lejos de analizar complejos contextos históricos que incluyen el yugo de las pobres indígenas, habrían sido “sus” mujeres las que se entregaron graciosamente a los conquistadores españoles. No sorprendente entonces que la fuerte cultura patriarcal mexicana las obliga ellas, y no a ellos, a responder “mande” ante al pedido arbitrario de casi cualquier hombre (la excepción, claro, sería la de un hombre de tez oscura frente a una mujer de tez más clara y, por ende, posición social más encumbrada). Por eso el machismo mexicano es incalculablemente más violento desde lo simbólico y lo físico del que aún pueda subsistir aquí. Poco importa que autoras como Rita Segato o Luciana Peker busquen proyectar lo que pasa allí con lo que pasa aquí. En Argentina el machismo existe, pero hay un abismo descomunal entre Rosario y Guadalajara o Buenos Aires y el DF: intente cualquier viajero encontrar allí a un padre limpiando la casa o paseando en cochecito a sus hijos, como resulta tan frecuente acá. O si volvemos al tema del color de piel su relación con la posición social, es allí, y no aquí, como supo describir muy bien nuestro Juan Carlos Torre, donde quien atiende en un bar o supermercado no se atreve a mirar al “superior” de casta a los ojos.
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Pero dejemos de lado el inexplicable rencor de tantos mexicanos con nosotros. Las críticas generalizadoras son tediosas. En todo caso el derecho a hacerlas se lo dejamos a guatemaltecos y salvadoreños, después de todo son ellos los tratados como basura por la mayoría de los “aztecas” antes de llegar a la frontera con los Estados Unidos.
Lo que más indigna no es el prejuicio generalizado de las mayorías en ese u otros países resentidos con una Argentina que logra destacarse en algo simbólicamente tan importante como el fútbol y cuyos jugadores no dudan en recordarles a los ingleses su imperialismo en decadencia porque aún retiene usurpadas islas como Las Malvinas.
Lo que más indigna, pero ya no debería sorprender, es escuchar a la intelectualidad estadounidense o europea darle consejos a un país de la periferia como el nuestro. Darnos lecciones de moral desde su progresismo de cartón. Deberían leer menos el constructivismo delirante de personas como Judith Butler y más la rigurosa producción histórica Eric Hobsbawm o socio-psicoanalítica Slavoj Žižek. Así, lograrían tomar nota de que el pasado colonialista y esclavista es de ellos y no nuestro. Es por la enorme cantidad de descendientes de esclavos y naciones colonizadas que logran ese casting “multicultural” que tanto los enorgullece y que nosotros no alcanzamos tener… porque, oh, sorpresa, jamás tuvimos una sola colonia y nuestra -en comparación- minúscula población de esclavos se liberó muchísimo antes que la de ellos y se mestizó sin mayores traumas en un nación que jamás llegó a tener los apartheid de facto que ellos aún mantienen.
¿Somos perfectos? Claro que no, ningún país lo es. Pero acá nos mestizamos con facilidad y por eso logramos recibir sin dificultad a inmigrantes de todos lados. Sí, aclarémoslo, es cierto que de tanto en tanto se escuchan epítetos racistas como “bolitas” o “paraguas”, pero aquí basta una generación para que ya nadie marque una distinción: porque, a diferencia con lo que les pasa a los europeos y estadounidenses, sean de izquierda o derecha, los argentinos no nos definimos por nuestro color de piel, ni siquiera por nuestro lugar nacimiento, nos definimos por elegir este país con todas sus cosas, buenas y malas. Y sobre todo, no buscamos darles lecciones de moral a nadie, ni siquiera a ellos con su pasado esclavista y colonizador. Dejamos solo un consejo para su “izquierda” woke: las desigualdades en un mundo cada vez más injusto no se solucionan con castings de Hollywood y leyes de cupos, las desigualdades se solucionan luchando por achicar la brecha de ingresos y derechos sin darle mayor importancia al color de piel que tenga quien está más abajo.







