Tomás LüdersEl género X ¿La era del Progresismo Neoliberal ha llegado?

Tomás Lüders22/07/2021
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La sociedad de rendimiento capitalista parece no necesitar del patriarcado, de su rigidez y de su viejo modelo familiar y jerárquico. Más bien todo lo contrario. Se lleva mejor con lo que fluye, con lo inmaterial… La famosa ecuación D-M-D de Marx potenciada por la posindutrialización de las principales usinas empresariales. En un mundo en el que parece “sobrar gente”, una familia, “tradicional” o incluso de constitución novedosa resulta un obstáculo para la producción de servicios, capital y conocimiento técnico antes que una facilitadora de los mismos.

Mal que le pese a los freudianos, el trabajo a destajo puede no ser “falocéntrico”, se puede plantear horizontal, creativo, individualista… ¡libre!. Ligado a otras formas de goce. Es, justamente, el redescubrimiento de Byung Chul-Han de lo que por lo menos Thomas Frank ya adelantó en el 97: la oposición entre contra-cultura progresista-liberal y sociedad del rendimiento está entrando al papelero de la historia desde que la propia contra-cultura se descubrió como tal. Basta ver la guerra de las gaseosas de cola iniciada en los tardíos 60s para ver cómo las empresas, tanto hacia adentro como hacia afuera reinventaron el concepto de juventud, ya no como un segmento, sino como una segmentación aspiracional: no se trata de un grupo etario, sino de un estilo de vida (aunque se trate de ficción, la bien documentada Mad Men ilustra el cambio en general y sobre este preciso punto da en el blanco con su final de antología).

Caben entonces algunas preguntas ¿Será la epidemia de femicidios el brutal síntoma del fin del patriarcado antes que la potenciación del mismo? El uso de la violencia, justamente, es reveladora de la debilidad del poder, no de su fortaleza. Igualmente solo es un interrogante que planteo, resulta difícil afirmarlo en sociedades tan heterogéneas como la nuestra. Respecto de las olas políticas reaccionarias, ya lo adelantaban también Deleuze y Guattari –paradójicamente dos de los autores favoritos del nuevo progresismo–, quizás podamos plantear un interrogante similar: no estaríamos frente a la persistencia de lo viejo, sino justamente a frente a la “reacción”, a nuevas formas de rechazo que imitan lo viejo.

Lo sucedido en los últimos años, sobre todo a partir del paradigmático caso estadounidense parece permitirnos reafirmar esta posición: salvo por sectores marginales a un lado y otro de esa grieta (Bannon por derecha y Sanders por izquierda), desde ninguno de los bandos enfrentados se cuestionó las bases fundamentales de las sociedades de mercado. Se trataba de defender libertades básicas del liberalismo y actualizarlas sobre nuevas temáticas (el retorno del feminismo y el cuestionamiento a la cuestión de género) o de rechazarlas. Desde ambas perspectivas, de afirmación y reacción, el eje se ponía sobre un Estado que garantizaba o rechazaba derechos a un individuo que debía hacer por sí mismo, y no comunitariamente el propio cambio –no “a la antigua” o “a la socialista”–. Es decir, legítimos o no (no es el punto a discutir en éste párrafo) los nuevos derechos apuntalados o combatidos son derechos individuales para el individuo y por el individuo, aunque apuntalados por el Estado impersonal y no el grupo de pertenencia o la sociedad como conjunto unificado. Estaríamos frente a una generalización del viejo individualismo de estado sueco que cada sociedad financiará como pueda (el documental a ver sobre este tema es La teoría sueca del amor de Erik Gandini).

En este punto, y adhiriendo quien esto escribe a ciertos principios liberales, no puedo más que apoyar el derecho de las personas a no reconocerse en uno u otro de los géneros tradicionales. Considero sí que la biología, sin ser determinante, es un condicionante no menor (de ahí a la necesidad de mujeres y hombres trans por modificar su aspecto para reconocerse en el género opuesto al biológico, por caso). Dicho esto, entiendo que la noción de una sexualidad fluida como la “solución” a la diferencia sexual es una utopía: binario o no, el encuentro sexual (y no me refiero sola ni principalmente a lo que sucede en el lecho) es problemático y siempre lo será. Los nuevos cambios legales no solucionan lo que la condición humana es: contradictoria y conflictual.

En este punto, ante tanto avance legislativo en materia identitaria, persiste además una problemática mayor sobre la que el Estado argentino parece impotente: la represión que debería ejercerse sobre quienes ejercen la violencia de género (sobre todo los hombres), es decir, la expresión más perversa y violenta del imposible encuentro armónico entre varones y mujeres que nos atraviesa a todos: heterosexuales, homosexuales, bisexuales, etc.

Al mismo tiempo, y respondiendo a la provocación del título –que tomo de la autora feminista Nancy Fraser– me pregunto si la insistencia “por izquierda” en el avance de derechos identitarios individuales, con lo justo que puedan ser, no ayuda también a distraer la mirada de de las viejas cuestiones que no solo no se van sino que se acrecientan: la desigualdad y la pobreza.

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