Tomás LüdersEducación: la izquierda y su idealismo alucinógeno lo hacen de nuevo…

Tomás Lüders29/03/2025
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Imagen antigua de la Escuela 496

Empiezo con una referencia ad personam para que no me acusen de “privatista”. Soy nieto e hijo de profesionales formados en la escuela y la universidad pública. Yo mismo fui a la mejor universidad posible de entonces, que era la pública. Yo también añoro los tiempos en los que la alguna vez concretada idea sarmientina de una educación laica para todos era el mejor igualador de oportunidades que un estado podía dar en el marco de un mundo capitalista.

Dicho esto, la candidata a constituyente Carla Deiana (FIT), como suele pasar con toda la izquierda argentina, carece absolutamente de ética de la responsabilidad. Su idealismo no mide consecuencias ni analiza medios: así, propone que hoy, en la Santa Fe de 2025 el monopolio de la educación vuelva al sector público. Desconoce (quizá por joven, quizá porque se caracteriza por un exceso de adhesión al mundo woke en el que el resentimiento se privilegia sobre los posibles logros) que por su falta de fondos, por la consecuente ola de paros en los 80s y por el lobby de la Iglesia (muy fuerte en Santa Fe) las instituciones de gestión privada comenzaron a cubrir y cubren cada vez más una responsabilidad básica del Estado, que es educar a todos bajo las mismas y mejores posibles condiciones.

Pero, nos guste o no, es un hecho que eso ya no es así. Por ejemplo, hoy, en ciudades como Venado Tuerto, el 80 por ciento de la oferta de educación superior es privada. ¿Es toda religiosa? Para nada. Solo el Instituto Católico de Enseñanza Superior no es laico. Aprovecho y vuelvo a la referencia personal para ilustrar el cuadro, tengo la mayoría de mis horas docentes en un Instituto Superior de gestión privada que es laico y se caracteriza por el progresismo de quienes lo gestionan, la Dante Alghieri. Su forma de elegir a los profesores es impecable, lo sé de primera mano: se privilegia la formación antes que el “contacto” y, sobre todo, puede hacer caso omiso al vetusto sistema burocrático estatal de selección de docentes, en el que características como antigüedad o haber realizado los “cursillos” correspondientes de la infame “cajita feliz” santafesina pesan más que la experiencia y capacidad académica y profesional. Por ejemplo, cuando me inscribí en el sistema público, una maestría o doctorado otorgaba los mismos puntos que dos cursillos sobre el uso de power point y Excel de 20 horas cátedra cada uno.

De nuevo vuelvo a mi biografía, pero lo hago porque es paradigmático: realicé un doctorado en el que me especialicé en teoría social y política, cuestiones que logré conjugar con el psicoanálisis. Uso esa perspectiva en todas mis clases. Sin embargo, cuando se me ofrecían horas para dar en instituciones públicas solo se me convocaba siempre para dar TICs. ¿Por qué? Porque mi título de grado dice “licenciado en comunicación social”, entonces, según el sistema, debo saber mucho de tecnologías digitales… cuando cursé en los 90s en la UNR redacción se daba con máquinas Olivetti de la década del 40 y 50 ¡Plop! ….manejo las tecnologías digitales moderadamente porque los cambios me obligaron a hacerlo después de pasar por la Universidad, pero conozco, por caso, a antropólogos que lo hacen mucho mejor que yo y, sobre todo, tienen la vocación de enseñar sobre esas cuestiones. Pero para el cuadrado sistema burocrático estatal de selección de docentes, que mira planillas y no realiza entrevistas ni concursos, un antropólogo es alguien que solo puede hablar de los Toltecas o desenterrar huesos de neandertales.

En conclusión, ¿el sistema público debería volver a recuperar su rol universalista, volver a un unir “pobres y ricos” en las mismas aulas? Sin duda, quien no lo quiere busca que solo accedan a la mejor educación aquellos que tienen los medios económicos para hacerlo. Pero, como queda claro, hoy ni esta provincia (ni la Nación) tiene los fondos para hacerlo y, si se intentara una propuesta radical como la de Deiana, habría que desmontar todo el sistema de gestión privada que, para bien y para mal, se encargó de suplir lo que el sistema público no alcanza a realizar. ¿Alguien sabe entonces cómo revertir la historia? ella, más ocupada en usar el plural para hablar de adolescentes y niños que en aprender gestionar, seguro que no.

Segundo, y para recapitalar, el sistema público actual dista mucho de ser lo maravilloso que gente como la candidata supone. Es un sistema vetusto en el que un directivo -que se supone que está en esa posición por su capacidad de gestión- tiene nula capacidad para evaluar qué docentes ingresaran a la institución que conduce. ¿El sistema privado comete arbitrariedades en su selección de docentes?  Sí, claro, muchas veces privilegia la lealtad personal sobre la capacidad…algo que también sé de primera mano, porque he sido despedido de instituciones por cuestionar medidas arbitrarias de ciertos directivos excesivamente preocupados por que su institución genera ganancias y que el plantel docente realce su ego o no aborde cuestiones problemáticas como la pobreza. Pero ya que estamos, países con sistemas públicos exclusivos, como la tan referida Finlandia, confían en la capacidad de sus directivos en la selección del mejor profesor sin tener que regirse por una grilla totalmente impersonal… y, sin irnos tan lejos, las universidades nacionales argentinas, aunque no siempre cumplen con esto, tienen un sistema de concursos mucho más personalizado con el que tiene el sistema escolar y de institutos terciarios públicos.

Entonces, antes que alucinar con una toma de la Duma educativa, analicemos la realidad y proyectemos cambios en base a ella. Como supo decir Max Weber, las convicciones son fundamentales, pero si al intentar llevarse a cabo soslayan irresponsablemente el contexto real los resultados pueden ser desastrosos.

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