El populismo es un forma plebiscitada y atenuada de totalitarismo. Todos deberíamos saberlo. Si no llega al total copamiento del poder y la anulación del Estado de Derecho es porque ciertos sectores de la institucionalidad estatal y de la sociedad civil se lo impiden.
Y digo totalitarismo antes que autoritarismo porque este último, en su forma histórica no necesariamente tiene intenciones de imponer su visión del mundo al resto de la sociedad. Totalitario, por ejemplo, intentó ser José Félix Uriburu, que quiso imponer un estado fascista en la Argentina. No contó con el aval suficiente de las élites económicas y, sobre todo, de las fuerzas armadas, para lograrlo. Su sucesor, Agustín P. Justo, en cambio fue autoritario porque su acción como Leviatán no buscó moldear cuerpos y almas, sino “simplemente” hacerse del control de facto del aparato de estado.
Cito algunos ejemplos, y esquivo en este caso intencionalmente la polémica sobre el peronismo de Perón porque el debate nos demandaría más que un artículo completo aparte.
Lo cierto es que hoy tenemos un gobierno populista, se llama liberal porque dice serlo en lo político y en lo económico. Pero incluso los límites que una economía ultrarregulada como la argentina le imponen a Javier Milei no soslayan que en la visión de éste del liberalismo subyace la intención de cambiar la subjetividad de los argentinos. Es decir moraliza lo político. Más allá de pregonar el respeto irrestricto de la vida del otro, en el discurso de Milei hay buenos y malos (y por ende no toda ética de vida debe respetarse) y hay un pasado glorioso que quedó irredento e intenta rescatarse. La famosa “senda perdida” y la lucha cuasi-religiosa con los que la truncaron…. siendo los de ayer los mismos de hoy.
Quizá cuesta recordar o comparar, ante tantos cambios y luego del gobierno interruptus del inefable Alberto Fernández, que el kirchnerismo también fue fuertemente populista. De hecho, uno de sus ideólogos, Ernesto Laclau, lo definió así abiertamente; por cierto, Laclau es quien definió al buen gobernar como una lucha contra un antagonista absoluto: se puede tener la audacia de leer su abstrusa Razón Populista, pero basta con hojear sus artículos y entrevistas conferidas durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner para captar la idea si se quiere evitar el sacrificio de pasar por esas páginas llenas del barroquismo propio del discurso posestructuralista francés.
Como sucede con el actual gobierno, durante el kirchnerismo post 125 la sociedad era divida por el gobierno en buenos y malos y tanto los primeros como los segundos eran los mismos de siempre (claro, en simetría inversa con el binarismo de hoy). La historia era también un campo de batalla que mantenía su forma a lo largo del tiempo, es decir, la historia no era historia sino un eterno repetirse de una misma lucha.
Ese intento de controlar el “relato” (CFK dixit) suele compensar otra característica del populismo: lo borroso de sus contornos ideológicos y programáticos. Piénsese lo impreciso de la recuperada definición de oligarquía que se hizo durante el kirchnerismo (en contraposición con la bien definida categoría de clase social del marxismo) y lo amplio de la definición de “casta” por parte de Milei. “A la izquierda mía, la pared” decía Cristina Kirchner, pero a la vez no solo toleraba, sino que además impulsaba los más rancios negociados de la patria contratista y de los “empresarios” especialistas en el reparto de las coimas que hace proliferar un mercado arbitrariamente regulado por cientos de normas y agencias sin sentido. De su parte, Milei puede proclamarse todo lo liberal que quiera, pero su desvergonzada defensa de los monopolios haría que cualquier librecambista coherente se martillara en las partes nobles. Pero la imprecisión populista es un defecto y la vez un atributo estratégico del populismo: quienes no son mis partidarios incondicionales siempre están en riesgo de caer dentro del campo del mal.
Véase sino el caso del Grupo Clarín, que pasó en sendos gobiernos de ser una empresa de comunicaciones estratégica a un monopolio malvado a desmantelar.
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La comparación puede resultar antipática, pero el ignominioso acto de derrumbar un monumento a Osvaldo Bayer, una de las pocas figuras de la izquierda argentina con la ética y la lucidez suficiente como para no generar rechazos de ninguna facción de ese lado del arco político, no puede hacernos olvidar que el gobierno de Cristina Kirchner desarmó el monumento de dedicado a una figura difícilmente demarcable ideológicamente con las categorías de hoy: la de Cristóbal Colón, donado por la comunidad italiana al estado argentino a principios del siglo pasado. El monumento que se ubicó en su reemplazo homenajeaba a una luchadora largamente relegada, Juana Azurduy. Pero la elección del lugar, que demandó desmantelar la estatua del navegante genovés no deja de ser un intento de controlar la narrativa sobre el pasado con características, menos bestiales, pero similares a las del gobierno de Milei.
Independientemente de lo que se opine de Colón, un personaje de una era tan lejana a la nuestra y por ende difícil de juzgar con la moral de nuestro tiempo, desmontar su estatua estuvo lejos de ser un acto pedagógico: fue un intento de redefinir el sentido de los hechos del pasado con las categorías partidarias del presente. Hoy relocalizada en un lugar mucho menos solemne, la escultura de mármol italiano posee además un alto valor artístico allende la buena intención con la que fue donada dicha obra al Estado Argentino (nota de color: el modelo original de la estatua de bronce de Azurduy también tenía su valor artístico, pero como denunció su creador, jamás pudo finalizarse como se debía dado el apuro y ansiedad de la entonces presidenta por generar otro gesto simbólico en épocas de escasos logros materiales.. y ahí quedó a medio terminar y oxidándose poco después del pomposo acto inaugural).
De mi parte valoro mucho los escritos de Osvaldo Bayer -su Patagonia Rebelde es un libro que está entre los mejores documentados textos políticos no académicos del país-, pero entiendo que contiene una lectura demasiado maniquea de cuestiones como la Campaña del Desierto y demasiado laudatoria del alucinado y provocador intento anarquista de generar una revolución entre los pobres peones chilenos que terminaron fusilados cuando solo pretendían mejorar sus condiciones laborales. Pero el punto no es lo que se opine lo que se opine de Bayer o de Colón.
Destruir monumentos es destruir los claroscuros de la historia. Es negarle a cada ciudadano su derecho a evaluarla por sí mismo sin tener que padecer el adoctrinamiento infantilizante de los gobiernos populistas… ese totalitarismo atenuado por la resistencia ajena.








