Tomás LüdersCómo es posible Trump: postales y algunas claves “americanas”

Tomás Lüders07/01/2021
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Entre espantados y divertidos, los argentinos de todos los colores políticos no podemos evitar asociar con nuestra propia cultura política el escándalo propiciado por el saliente presidente Donald Trump en el Capitolio, el edificio que inspiró la forma de nuestro propio Congreso y, sobre todo, la sede del Parlamento de uno de los países que inspiró la forma de nuestro propio sistema de gobierno.

En este texto, intento de apuro una pequeña crónica personal y algunas reflexiones sobre las experiencias que me tocó vivir en una parte de ese Estados Unidos que no se nos presenta a menudo en sus series y películas. Esa que fue la que llevó al sillón presidencial a este personaje esperpéntico que hoy no solo se resiste a entregar el mando, sino que hasta convoca a la abierta insurrección desde el interior de la democracia viva más antigua del mundo.  


 

Era una época en la que Internet no era aún el medio dominante. Google era todavía una vía más de entrada al mundo.

Sabía, por cuestiones familiares, que ese lugar quedaba en el llamado Bible Belt, el “Cinturón de la Biblia”. Así todo no adivinaba que encontraría allí más de una Iglesia por manzana, de denominaciones distintas y en su mayoría desconocidas para mí y, francamente, para casi todo el resto de los visitantes.

Sabía de las armas, pero no que me cruzaría con tipos vestidos de Rambo invernales en el baño de una Estación de Servicio o con una góndola de supermercado cargada de escopetas y rifles de asalto en donde uno esperaría encontrar yogures o detergente.

Eso era en Warrensburg, una pequeña localidad rural que creció al compás de la ampliación de la frontera agrícola y de la que surgió a fines del siglo XIX una pequeña universidad agraria, más tarde ampliada hacia rubros tan diversos como los estudios literarios, el derecho penal o la enseñanza de idiomas. Gracias a esto último llegaba yo: para hacer de profesor y “hablante nativo” del departamento de español. Hasta entonces solo había tenido la suerte de conocer algunas las ciudades que uno ya más o menos conoce por las películas. Mi memoria infantil de haber vivido de muy pequeño en una zona parecida era más bien la reconstrucción imaginaria que había podido hacer a partir de lo contado por mis padres o mi hermano mayor.

Warrensburg está ubicada casi en el centro de Missouri, un estado que está a su vez en el casi exacto centro geográfico de los Estados Unidos. Un Estado que oficialmente se alineó durante la guerra civil con la Unión anti-esclavista y pro-industrial pero cuya población se inclinaba mayoritariamente por “la causa sureña” –es de hecho el lugar de nacimiento del soldado rebelde, ladrón de bancos y héroe confederado Jesse James–. Fue también la última frontera para la “Conquista del Oeste”. Hoy es un estado que está dividido, como mínimo, en dos o tres regiones económica y culturalmente muy diferentes. Al norte, una zona agraria, de colonos que todavía sostienen su vida rural y su profunda fe en Cristo, aunque no se asocian a la “causa del sur”. Al sur, sí una zona también rural pero culturalmente ligada a la porción derrotada en la Guerra Civil, con una acento que uno solo esperaba encontrar en lugares como Georgia o Luisiana. En los márgenes dos metrópolis: sobre el río que se llama como el mismo estado, la ciudad de Kansas, la más cercana de las dos a Warrensburg y, sobre el río Misisipi, la más imponente Saint Louis. Dos urbes con su propia historia y plenas de diversidad.

Pero allí en el la universidad de Warrensburg estaba un poco de todo aquello y más. Porque un campus estadounidense es eso: una suerte de Babel en medio de un país que, salvo en sus grandes ciudades (e incluso en ellas) no es un mosaico de culturas, sino un archipiélago de identidades étnicas, culturales y políticas yuxtapuestas, que a veces se rozan, pero que no se terminan por mezclar. Entonces, junto a extranjeros de cualquier rincón del mundo uno podía encontrarse con estudiantes “americanos” que apenas habían salido de la zona y a la vez profesores o estudiantes de posgrado que habían pasado por las academias de elite, vivido en las grandes ciudades y viajado por el mundo.

Allí estaba yo a partir de agosto de 2002, único argentino (y lo que dolía ser argentino en ese entonces) en un país que todavía estaba de duelo por la caída de las Torres Gemelas pero ya preparaba la venganza –y créanme que se podía ver la revancha, porque a solo 12 millas estaba la base de los imponentes B2, las alas voladoras furtivas capaces de hacer una misión de bombardeo sin escalas hasta medio oriente– y allí estaban también esos otros estudiantes, en su mayoría negros o los simplificadoramente llamandos “hispanos”, que solo logran acceder a los estudios superiores a cambio de alistarse en el ejército o la fuerza área. Siempre esperando que no les toque una guerra, como me admitió sin muchas vueltas un hijo de mexicanos durante una charla de bar que se dio mientras esperaba con bastante angustia no ser uno de los convocados para “apoyar sus botas sobre el terreno”, como dicen por allí.

Allí estaba, mezclándome por las tardes y noches con estudiantes ecuatorianos, franceses, suecos, árabes, polacos, nigerianos y de cien lugares más, y compartiendo de día el trabajo con profesores estadounidenses “progres” avergonzados por la nueva aventura bélica de su país. Pero también allí estaba por las mañanas, dándoles clases de español con sonido “sh” en cada “ll” a estudiantes que, aunque mantenían un respetuosísimo silencio sobre el asunto, no se avergonzaban en lucir escarapelas rojas, azules y blancas o distintivos amarillos con la frase: “We support our troops”.

También escuchando el miedo de mi mejor amigo de entonces, un estudiante de letras del sur de Francia, convocado a hacer lo mismo que yo pero con su lengua. Había que verlo a él y a otros franceses con los que hice más que buenas migas, asustados ante los efectos que tuvo el discurso de del presidente George W. Bush contra esa “Vieja Europa” que se negó a sumarse a la Coalición Liberadora. Nuestro país no era una referencia definida en ningún mapa geográfico o mental para quien nos atendía en un bar ni para casi ningún estudiante que nos cruzáramos en algún otro, así que estaba relativamente a salvo de las etiquetas fáciles. Pero afuera del campus y, sobre todo después de que corrieran las cervezas y el bourbon, sí se caía el pudor y la extrema deferencia que los caracterizaba en las aulas.

No todos repetían mecánicamente lo mismo que decía su gobierno ni todos redoblaban la apuesta, sin embargo, para la mayoría de estos jóvenes venidos de pequeñas localidades rurales o directamente del campo, lo sucedido el 11 de septiembre de 2001 justificaba su sensación de ser víctimas de la ingratitud de unos bárbaros en los que su país gastaba ingentes sumas intentando civilizar y sacar de la pobreza mientras ellos se enterraban en deudas o debían tomar cualquier tipo de trabajo para pagar la facultad…. y entonces, ¿por qué esos franceses y alemanes los apañaban? “¡Traidores!”, escuché gritar a uno que veía Fox News en el comedor universitario mientras miraba de reojo a mi amigo que elegía hacer silencio y codearme para que nos cambiáramos de mesa. Otro estudiante, que pensaba más o menos como él pero que nos había tenido en el aula, lo calló antes de tener que levantarnos; la famosa cordialidad del medio-oeste nos salvó de muchas situaciones incómodas.

Es cierto, Bush hijo y su Secretario de Defensa habían cuestionado con dureza la negativa de sus aliados en la OTAN a sumarse a la campaña de “salvación de Irak”. No dudaron tampoco en propagar crasas mentiras, e incluso en invocar a Dios para justificar una invasión injustificable desde cualquier punto de vista más o menos legítimo: Saddam Hussein no tenía ni las famosas “armas de destrucción masiva” que se decía que tenía, ni tenía nada que ver con Al Qaeda, lo que sí tenía era acceso privilegiado al Golfo Pérsico. Pero en retrospectiva, los dichos de ese mandatario de limitadísima oratoria aparecen como los de un moderado…. casi diría como los de un timorato, comparados con los cuadragésimo quinto presidente, Donald J. Trump. Porque en ese entonces no resonaba entre tantas frases mal armadas y algunos lapsus que lo caracterizaban palabras abiertamente insultantes hacia los detractores internos o externos. La demonización abierta se reservaba para el “tirano” Saddam, y siempre para describirlo como un opresor de su propio pueblo, un pueblo a liberar en nombre de la Democracia.

Esos eran los Estados Unidos post-Clinton, pos caída del Nasdaq y pos derribo de las Torres Gemelas. Era el momento de los entonces llamados “Neo-Con” (neo-conservadores), que proponían –como me explicaba con tanta paciencia como pasión un texano profesor de español y de izquierdas– “reconstruir las defensas de su país” y reestablecer los buenos valores “americanos”, pero de ninguna manera pretendían aislar a su país sobre sí mismo, todo lo contrario, se trataba de ser menos tímido a la hora de justificar la legítima presencia militar nortemaricana. La suya era algo así como una reedición de la Doctrina Reagan sostenida luego por Bush padre, pero con más cuidado en destacar la importancia dada a las libertades de los países aliados (bueno, de la mayoría de ellos). Lo de Bush hijo era entones la versión más nacionalista y conservadora de la misma doctrina proyectada por los demócratas; Estados Unidos debía sostener su hegemonía como potencia mundial en nombre de valores universales que el resto del mundo “civilizado” pudieran compartir: libertad, crecimiento económico, oportunidades para todos, en fin, el ideario desde el que entonces se asumía como inseparable al par democracia liberal-capitalismo. En síntesis, una variante del relato que habían narrado los Estados Unidos a su público interno y externo para enfrentarse al Bloque Comunista, relato que en ese entonces, a pesar de los zarpazos que daba el fundamentalismo islámico en el centro del Occidente, todavía creíamos que estaba llamado justificar la forma del mundo pos-Muro de Berlín. Vivíamos aún en el inmutable “Fin de la Historia”.

Así las cosas, el hombre manejado por el empresario y vicepresidente Dick Cheney debía justificar su injustificable intervención sobre Irak invocando la lucha contra las tiranías y la defensa de los derechos humanos. No es que los buenos negocios se tuvieran que ocultar por completo, después de todo, eran los que atraerían las inversiones que generarían las oportunidades para que la nueva democracia prosperara.

Pero si uno pensaba entonces que el de los discursos es un mundo de meras apariencias (de “falsas conciencias” a merced de la ideología dominante) y que el “bacalao” se cortaba en oficinales de edificios de mil pisos o búnkeres oscuros, uno tampoco podía negar ya entonces que entre ciertos guiños retóricos a un electorado al que poco le importaba que le hablen de los derechos civiles de los iraquíes o afganos, pero sí de Dios y de la venganza por el “9-11” (11-9 para el resto del mundo), empezaba a burbujear algo que podía llegar rebasar la olla que se revolvía desde arriba de tanto en tanto.

Esa rabia patriotera de esos tipos que se cargaban de armas solo para matar ardillas o a la madre de Bambi (había muchas pero muchas ardillitas y ciervos en ese paisaje que por otra parte recordaba tanto al  nuestro) no era un mero efecto secundario o mera pasión a no descuidar por una elite republicana bastante menos preocupada por las armas y la cruz que sus electores. Es cierto, hasta entonces podía parecer solo eso, la oportunidad de una elite político-económica –la republicana, más recostada en los intereses del complejo industrial-militar y energético– de enfrentarse a otra y derrotarla electoralmente –la demócrata, más sostenida sobre las finanzas y Silicon Valley–. “Son un montón de estúpidos que se dejan manipular por las corporaciones“, me decía un estudiante proveniente de algún rincón de ese otro Estados Unidos, el de las costas y del acceso algunas de las escenas culturales y artísticas más sofisticadas del mundo. Pero las pasiones que se manipulan no siempre quedan en manos de quien las cree poder moldear.

El resentimiento era la forma de ser de esos blancos hijos de farmers que peleaban para no vender su campo o ya eran directamente pobres, como los colonos que ya habían tenid0 que mudarse a la ciudad para conseguir un trabajo como empleado en alguna cadena como Wallmart o McDonald’s o los pequeños comerciantes reventados por los locales de esas cadenas –y resultaba inevitable comparar el casi vacío centro comercial de Warrensburg con el de la Venado Tuerto de 2002, aunque aquí arreciara la crisis y allí la economía creciera a tasas envidiables para nosotros–. Y eso que Amazon todavía era un sitio web que se limitaba a vender libros. Entre estos blancos con permanente temor a caer en la escala social o ya pobres, como sucedía más al norte con los de ex obreros o los hijos de los ex obreros de un complejo industrial en plena mudanza a China, la tradicional desconfianza del “estadounidense medio” hacia el otro diferente se transformaba a toda velocidad en puro odio hacia el distinto: el musulmán, que equivalía a terrorista, pero también el “hispano” que cruzaba la frontera para robarle su trabajo. Lejano y extraño les resultaba el mundo de la globalización financiera y las grandes corporaciones. Saber cómo funciona un fondo de inversión demanda afrontar alguna complejidad, mientras que un tipo de turbante o piel oscura es algo muy sencillo de distinguir del resto.

Una foto del centro de Warrensburg, una ciudad media estadounidense en el medio de los Estados Unidos

 

Solo hacía falta que apareciera la figura capaz de capitalizar todo ese rencor. Ese jugador de los extremos, como dice Steven Levitsky, que se supone que los partidos de centro-izquierda o centro-derecha deben metabolizar o directamente anular para salvar los procedimientos democráticos. Y uno, que no es un institucionalista como es Levitsky en Estados Unidos o como fue Guillermo O’Donnell en nuestro país, puede ver sin embargo las consecuencias que tiene el descuido de las reglas.

Fue en 2016 que ese que juego de coquetear con los extremos se deglutió a sí mismo y dejó aparecer a “la Bestia” capaz de capitalizar el odio. Antes, es cierto estuvo el presidente Obama, una militancia progresista cada vez más focalizada sobre las identity politics (y casi nada en la desindustrialización) y un Tea Party que no logró gestar un referente –aunque hay que leer algunos de los discursos de este movimiento “de base” pero bien organizado y financiado desde la cúspide para entender cómo lo que para nosotros es conservadurismo o lisa y llanamente derechismo se puede conjugar allá al Norte con la defensa del liberalismo político al ultranza–.

El odio se encarnó en una figura totalmente improbable. Alguien que parecía estar ahí solo para hacer un aporte excéntrico, casi grotesco, al mundo del ShoBizz. Porque Trump era más bien la parodia del millonario fanfarrón que un magnate de verdad: un tipo de apariencia francamente bufonesca, que parecía más bien ironizar sobre sí mismo cuando jugaba al empresario “agrandado” en talk shows o cameos de películas. Nadie parecía tomárselo muy en serio, ni siquiera, y me repito, él mismo.

Trump, el tipo que le ponía letras tan doradas como su pelo a cada emprendimiento inmobiliario que conseguía de manera poco transparente en las legislaturas municipales o estatales o que directamente terminaba actuando como presta-nombre para inversores de guita oscura (pero prestando un nombre que debía leerse con toda claridad desde kilómetros de distancia, T-R-U-M-P  TOWER, T-R-U-M-P  PLAZA).

Últimamente, había adquirido fama por exagerar sobre sí mismo. Por duplicar lo que ya era demasiado: demasiada fanfarronería, demasiado naranja en la piel, demasiado dorado en el pelo, en las torres, en las columnas… Pero ahí estaba él, rompiendo cifras de ratings mientras hacía de jefe mandón y despiadado en un reality show en el que la gracia era esperar a que de la pequeña boca enmarcada por la peluca platinada y el bronceado inverosímil saliera el célebre: “you are fired!” (“¡estás despedido””). Un show de crueldad total para el que se presentaban distintos personajes que “fracasaban” al intentar montar en solo horas diferentes emprendimientos comerciales o financieros. Pero así es la mediatización, de hecho el “you are fired” fue una de las trade marks de la campaña Trump 2016, un puro gesto que no tenía otra función más que el guiño de reconocimiento y poco que ver con el MAGA (el acrónimo del eslógan que se ve en las gorritas rojas: “Make America Grate Again“) o el “drain the swamp” (“drenar el pantano”, que sería Washington).

Sin embargo, antes de patear el tablero y jugar en serio el juego de los odios durante la campaña presidencial republicana, Trump había sido un demócrata de derechas, es decir, supuestamente “liberal” con lo moral y muy pro-negocios con todo lo otro. Amigo de Bill Clinton y otros figurones del establishment de ese partido, era también asiduo tema recurrente en las revistas y programas de chismes por sus escandalosos divorcios.

Apareciendo así (¡y cuánto que le gustaba aparecer!) tenía con qué capturar ese valor que aquí resulta difícil de asociar con la clase trabajadora o los sectores pobres, es decir, la testaruda creencia de que es el estado el único que frena la oportunidad de ser un self made man y no tiene en cuenta a los propios mecanismos con los que se reproduce y concentra el poder económico. Para ellos, el Poder es el Poder que tiene su capital en Washington. 

Y en parte era así es como ya se describía él antes de pasarse al bando republicano: como un self made man y un liberal ultranza, aunque fuera el heredero de un exitoso especulador inmobiliario y tuviera muy buenos lazos con la dirigencia política. Mal podía encarnar, sin embargo, el otro valor que pesa fuerte en los sectores blancos de bajos ingresos y ciertas elites del centro del país: el puritanismo cristiano más extremo (interpretación literal de la biblia incluido).

Pero ya lo dicen las lecciones de la historia, el rencor no necesita mucho para encontrar su camino. Le alcanza con la ceguera de los moderados, la necedad de los que mandan hasta entonces y la audacia de los locos y los bufones. Y si algo no le faltó a ese bufón llamado Trump fue eso: la total confianza en sí mismo. Solo le bastó con terminar de abrir una enorme grieta que no miraba el que no quería mirar.

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