Tomás LüdersCambiemitas: los últimos idealistas

Editor16/03/2019
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Der Geist ist ein Knochen”, el Espíritu es un Hueso dijo Hegel alguna vez. Lo que el padre del Idealismo Absoluto sintetizaba magistralmente en esa frase es que el Uno, esa totalidad racional que es el Espíritu infinito, alcanza su forma final a partir de un proceso de mediación a través de “entes finitos”, contingentes, triviales, como lo es un hueso muerto. Lo Absoluto –y por ende necesario– se va dando en el proceso, no en las cosas que lo encarnan. Su forma es la marcha a partir de contradicciones, de luchas, hasta que la historia llega a su fin, perfecto, a la Razón, que para el gran filósofo alemán no era individual, sino colectiva.

Ya van tres años de pésima gestión. Es legítimo hablar tanto de herencia como de brutal agravamiento de la carga. Es legítimo también hablar tanto de francos y deliberados retrocesos como de fracasos no buscados que hacen a los retroceso más insoportables para la gran mayoría. La inoperancia no puede separarse de lo proyectado de manera deliberada, la ideología, de nuevas y viejas formas de apropiarse de bienes públicos .

Siguen siendo sin embargo muchos quienes aún se atreven a afirmar que este año votarán por la reelección. Todos asumen que “estamos mal”. Yendo a lo cotidiano, hasta aprueban las críticas del amigo o conocido desencantado que hace meses decidió que no los volverá a votar, e incluso toleran hasta algunos de los cuestionamientos del que nunca los votó ni pensó jamás en hacerlo. Como todavía se dice en la calle, andan con el rabo caído.

Incluso, para no llorar, aceptan reírse y replican por WhatsApp varios de los memes y videos que ridiculizan las limitaciones intelectuales y discursivas del presidente.  Pero, cuando la espuma de la charla o la risa baja, si se les pregunta por qué entonces volverán a votar por Macri,  su argumentación discurrirá siempre por diferentes variantes del “sí, es limitado y se equivocó pero”. Entonces, “le falta calle”, “pecó de ingenuo” o “se confió…. pero”.  ¿Pero qué?

Pero Macri es un Hueso.

La única muy limitada encarnación que había disponible para el Geist argentino. El Espíritu es el camino del desarrollo que habría quedado trunco con el surgimiento de Perón. Para los más ideologizados, el Geist incluye además la Forma Mercado que, imparcial, recompensa a los que juegan el juego siguiendo sus reglas.

¿Y los globos amarillos? Eso, globitos, la parte rídicula del Hueso asumida con simpatía cuando el Hueso aún no se había puesto a andar. Hubo que estar demasiado ilusionado en ese entonces para pensar que Macri, sus bailecitos toscos y sus globos fueron los que convencieron al 51 por ciento del electorado. Se puede comparar  a ese Macri con lo que nos pasa frente a los constantes chistes desubicados en las reuniones sociales de un amigo de toda la vida, como lo queremos a pesar de sus obvios defectos, nos obligamos a pensar: “es un boludo, pero lo quiero”. Solo él puede encarnar la amistad para nosotros. Con Macri a los cambiemitas les pasa lo mismo, no les queda otra más que quererlo por lo que solo él puede encarnar.

Claro, en los comienzos se quiso asumir que la Astucia de la Razón, para volver a parafrasear a Hegel, podía encarnarse en la figura detrás del trono que era Jaime Durán Barba, siendo Macri un hueso del Hueso. El Geist, se creía, esperaba afuera en forma de inversiones para entrar y finalmente encarnarse después de la visita de Davos, la visita de Obama o la victoria de Hillary Clinton. Incluso al asesor ecuatoriano llegamos a considerarlo todos (cambiemitas y no cambiemitas) como al Gran Manipulador. Todos lo admiramos en su cinismo, creyéramos o no creyéramos en el Geist que se encarnaba en Cambiemos. Al creyente no lo importaba la escasa capacidad y carisma de su presidente o la falta de moral de su estratega. Eran meros instrumentos, la verdadera Verdad estaba en otra parte. Estaba afuera, esperando que nos empecemos a ordenar.

¿Y qué era en ese entonces el Kirchnerismo? Posiblemente la última contradicción del proceso dialéctico. La contradicción peronista agudizada hasta el antagonismo. Insoportablemente necesaria. Sin ella, no habría habido reacción.

Eso sí, a diferencia de Hegel, el cambiemita sabía, tanto entonces como ahora, que sin voluntad el proceso histórico que lleva al Absoluto no avanza. No es automática la cosa.  No hay una acción que pasa por sujeto para anular “lógicamente” la posibilidad de su propio fracaso. En la dialéctica argentina, nada está garantizado.

Pero a la vez siente que ésta es la última posibilidad de alcanzar el Destino Manifiesto. Por eso, aunque el hueso se equivoque, su votante sabe que es el que está “haciendo lo que hay que hacer”.

Tropiezo tras tropiezo del Gobierno, finalmente el peronismo que no es el kirchnerismo ya está de hecho agazapado para tentarlos incluso a ellos que todavía creen. Despojado del radicalismo retórico del cristinismo, los justicialistas anti-Cristina vuelven a representarse como la manera de  mantenerse siendo lo que somos ahora y no lo que alguna vez habríamos sido y podríamos volver a ser (¿el granero del mundo, ahora con biotecnología?). Feos, sucios, malos… y cortoplacisitas, pero al menos sin Cristina. La tentadora zanahoria que podría a su vez salvarnos del hambre que demanda el durísmo camino, pero al precio de que ya no se va a hacer “lo que hay que hacer”. Serían un atajo hacia el eterno retorno, no un sendero hacia adelante.

Algunos, estimo, hubieran preferido que esta zanahoria no apareciera para tentarlos incluso a ellos. Hubieran preferido que la elección fuera a Todo o Nada. Así, habrían podido hasta convencer a algún desencantado que no llega a fin de mes sin tener que explicarle los fundamentos de su Creencia, que, puesta en palabras, puede terminar de revelarse como lo que es, otra locura.

Pero, pase lo que pase, démosles la derecha bien dada. Son, después de todo últimos idealistas.

(TL)

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