Tomás LüdersCafé Fashion y el final del sentido del humor

Tomás Lüders04/01/2025
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En los 90s sabíamos diferenciar géneros y calidad sin el patronazgo del bienpensar progre. Siendo algo más que adolescentes, con mis amigos de entonces veíamos Los Simpson, con su mordaz crítica a la sociedad estadounidense (y sabíamos que el luego cancelado Apu no era inferior a Homero a pesar de su color de piel y acento), después pasábamos por el absurdo de Chachachá y, cervezas de por medio, mirábamos la “guarrada” de Café Fashion, llena de chistes que hoy obtendrían un firme “reprobado” del progresómetro con el que hasta todavía se controla cada guion y cada expresión vertida en las redes sociales —cuestión que ha llevado a que en nuestras democracias se instalen verdaderos aparatos de censura en estudios de cine, en los medios, en las empresas (hoy los departamentos recursos humanos anexan poderosas oficinas de reeducación en temas de género y origen étnico), en las plataformas de redes, en fin, en cada espacio material o digital donde uno pueda expresarse; a que incluso políticos, actores, humoristas tengan que hacer mea culpas cuasi-stanilinistas por lo dicho en épocas menos sensibles al peso de las ironías—.

Pero retomando lo importante, Café Fashion expresaba desembozadamente el clima de época: ultrasexualización del discurso y plena cosificación de la mujer, representada por decenas de chicas de escasa ropa que actuaban como parte del escenario que rodeaba la falsa barra de disco-café sobre la que se disponían los humoristas, un escenario que por otra parte tenía un diseño plástico-modernista que contrastaba directamente con la estética retro de mobiliario de madera propio de clásicos del machismo argentino como Polémica en el Bar. La exageración de los rasgos del “destape” de los 80s todavía fresco y del “reviente menemista” terminaban casi generando el efecto de crítica irónica hacia el contexto.

Los chistes de Estaban Mellino (con su personaje Lambetain), Chiqui Abecasis, el, veces genial, Tuky, Carlos Sánchez, Chichilio Viale y otros eran chistes de deliberado mal gusto. No eran graciosos a pesar de eso, sino justamente por eso. Pero nadie se sentía inclinado a hacerse nazi porque se contara un chiste de judíos o de put@s. Simplemente eran chistes guarros que permitían canalizar sin llevar al acto lo que era calificado todavía en la jerga católica de entonces y en la progre de hoy como “malos pensamientos”. Eso era lo que nos daba gracia y éramos los suficientemente inteligentes, y no hacía falta serlo demasiado, para no creer que ese programa era cómo debía ser la vida. Siguiendo a Williams o Hall, un podía decodificar a gusto el mensaje del emisor, más allá de las “intenciones” perlocutivas de éste.

¿Es un programa del que hoy le mostaría clips de IG o Tik To a mis hijos menores de edad? Sin dudas que no, pero el paternalismo es algo que se ejerce justamente en el hogar, un tanto en la escuela, pero nunca debe permear capilarmente a toda la sociedad. En democracia la tutela que se dirige a los menores de edad es acotada a lo privado y (de nuevo, con límites) al ámbito escolar. Uno educa en ciertos ámbitos y sobre ciertos sujetos sobre los que la ley lo permite, después deja que estos crezcan y puedan tener criterios propios.

Paradojas de la historia, en estos años en que la imposición de límites en el hogar y en la escuela está puesta en cuestión, el hegemónico discurso progre (supuestamente liberal e individualista) ha apuntalado la creación de oficinas, públicas y privadas, de vigilancia cultural propias de estados autoritarios. Así la tuvimos a la partidariamente camaléonica Victoria Donda censurando chistes y comentarios desde el inefable INADI, y así lo padecen cientos de empleados a los que se trata como niños que no sabrían comportarse frente a una persona gay o una mujer. El efecto en el espectáculo público es la imposición de un cerrado discurso políticamente correcto en el que no hay lugar para la ironía…. y, Judith Butler no lo permita, el humor como mecanismo de descarga lidibinal. Tal censura, claro, ha generado en los últimos años el retorno de lo reprimido en la forma de movimientos de derechas abiertamente homofóbicos y machistas.

Son las paradojas de este “liberalismo” puritano y autoritario  (hoy llamado extrañamente “izquierda” por partidarios y detractores) que intentó, sin importar la edad que uno tenga, imponer la tutela a manera de un Gran Hermano que quiere que ver, escuchar y saber todo lo que pasa por nuestras cabezas.

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