Tomás LüdersBorges, un Nóbel que no fue y el patetismo progresista

Tomás Lüders13/12/2024
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“Contra todo fanatismo, la literatura de Borges busca el tono de la suspensión dubitativa que persigue un ideal de tolerancia. Este rasgo, no siempre señalado con suficiente énfasis (y que los intelectuales latinoamericanos de izquierda hemos tardado más tiempo del imprescindible en descubrir), emerge de ficciones donde las preguntas sobre el orden en el mundo no se estabilizan con la administración de una respuesta”

Beatriz Sarlo, Borges, un escritor de las orillas (1993)

A nuestro Jorge Luis Borges nunca le dieron el Nóbel porque, como bien supo decir él en su momento, “no trabajaba de latinoamericano” como sí lo hacían Mistral o Neruda o García Márquez.

Hoy la cosa sigue siendo así, desde Europa o la América Blanca nos reconocen y premian si parecemos exóticos. Desde el progresismo del centro todavía insisten con redactar églogas teóricas sobre “el buen salvaje” de la periferia, un bla, bla condescendiente empanado de reivindicación de lo no europeo que nos niega la posibilidad de ser cosmopolitas si vivimos debajo del Ecuador… Si nos parecemos sospechosamente a ellos les hacemos ruido, somos sospechados de disputarles un saber que no reconoce rasgos tribales. Somos competencia. Dejamos de merecer ser rescatados por su progresista alma -el viejo paternalismo aristocrático barnizado de izquierdismo- .

Tribalizarnos, a eso ha llegado el progresismo hegemónico: buscarnos rasgos distintivos que nos diferencien de ellos, el supuesto sujeto universal, bien blanquito, ése que puede usar un gorro colla porque está muy seguro de no ser un morocho mestizo o puro indio.

Es la dirección opuesta con la que nació el pensamiento emancipador de la Ilustración: todos los hombres son naturalmente iguales, solo los diferencia lo que hacen, no el vientre y el lugar desde el que proceden.

Crear tribus, tribus y más tribus de víctimas, a eso predican desde Berkley a La Sorbona como si todavía fueran los 60s. Usan el dispositivo clasificatorio detectado por Foucault -crear especies en lugar de definir actitudes- para discriminar “positivamente”-. Si Marx no hubiera sido ateo y de él no quedaran más que puros huesos se revolcaría en su tumba: por suerte los que le prestamos más atención a sus textos que a los melodramas adobados de la “filosofía” de Butler o Dussel entendemos que la ruptura con la injusticia no viene de proclamarse víctimas de Occidente si no de abrazar lo bueno de su legado -que es mucho, mucho más de lo que nos imaginamos-. La emancipación, decía el alemán de Tréveris viene de un horizonte común de igualdad entre todos los hombres y mujeres, no de la medieval o clínica generación de nuevas categorías de (sub) humanos a ser protegidos por el Estado dominante.

Pero a no echar todas las culpas afuera. Argentina, el país latinoamericano con más ascendencia e influencia cultural europea (reconociendo nuevamente aquí lo bueno y distinto que generó Europa) está lleno de niños y niñas adultes de ese origen, residentes en Palermo y sus adyacencias mentales, que se proclaman oprimidos cual tehuelche o wichis desplazado a rifles roquistas. La UBA replica a lo que dicen los doctores progres de Austin y piensan que están rastreando sus orígenes ancestrales nativos.

TELAM 03112020 Siete meses antes de su muerte, el escritor Jorge Luis Borges le dictó a María Kodama un relato titulado “Silvano Acosta”. Cbri
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