Pasó algo más de un mes desde nuestra última columna, escrita a comienzos de 2026. Decidimos tomar un descanso antes de emprender nuevamente el desafío de intentar expresar en este espacio nuestros pareceres sobre la realidad local (principalmente), regional, provincial y nacional. No es una tarea sencilla intentar reflexionar en un momento histórico en el que el clima de época parece imponer exactamente lo contrario. El razonamiento parece estar fuera de moda: hoy se impone el griterío absurdo, la vociferación sin sentido, el agravio constante hacia quien piensa diferente y la repetición acrítica de consignas vacías.
Sea como fuere, en nuestra última nota, publicada el 4 de enero, abordamos la problemática abierta a partir del histórico corte de energía eléctrica ocurrido el 29 de diciembre de 2025, que dejó a Venado Tuerto ocho horas sin luz en un día de pleno verano, con temperaturas superiores a los 30 grados. Pero, más allá del debate necesario sobre la política energética de nuestra ciudad y de la región, advertíamos entonces que el silencio político local y regional fue tan estruendoso como el apagón mismo.
En ese sentido, retomamos aquí un tema sobre el que venimos insistiendo en nuestras columnas recientes*: la ausencia de una oposición política atenta, activa y consistente, tan necesaria para el correcto funcionamiento de una democracia. Una democracia sin oposición no es democracia. Cuando la oposición es débil o está fragmentada, se abre paso a lo que algunos autores denominan “decisionismo democrático”, un escenario en el que el Poder Ejecutivo concentra decisiones y elude -o debilita- los mecanismos de control.
Esta situación no se limita a Venado Tuerto. Se repite también a nivel provincial y nacional. Da la sensación de que la oposición fue borrada del mapa, mientras los oficialismos monopolizan la discusión pública. La falta de debate en la coyuntura actual resulta, cuanto menos, alarmante.
Desde la perspectiva de la teoría del agonismo, la oposición no debe ser concebida como un enemigo a destruir, sino como un adversario legítimo. En una democracia pluralista, el enfrentamiento agonista es condición de existencia del sistema: implica que los distintos sectores confronten con vehemencia sus proyectos políticos, pero siempre dentro del respeto por las reglas del juego democrático.
Mucho de esta parálisis opositora se explica por la decisión de las propias agrupaciones políticas de no confrontar con aquellos oficialismos que detentan (o aparentan detentar) un consenso social sólido. Se pasa por alto que, en tiempos de pospolítica, ese consenso puede evaporarse con la misma rapidez con la que se construye. Si hay algo que define a la coyuntura actual, es la volatilidad del electorado.
Por eso, resulta más que preocupante la ausencia de una oposición consolidada, con liderazgos capaces de disputar efectivamente el voto a quienes hoy ocupan cargos ejecutivos.
En el plano nacional, esta situación le permite al gobierno avanzar con proyectos que en otro contexto resultarían impensables de imponer. Un ejemplo claro es la reforma laboral, que avasalla buena parte de los derechos de los trabajadores, derechos que demandaron décadas de lucha para ser conquistados, más allá de que la normativa laboral requiera actualizaciones.
En la misma línea, esta semana se conoció un nuevo dato que profundiza el debilitamiento de la tradición republicana: entre noviembre de 2025 y enero de 2026, las provincias dejaron de percibir un 3 % de las transferencias nacionales, lo que obliga a ajustes aún más severos en las cuentas provinciales, cuyos efectos terminan impactando directamente en los ingresos de docentes, policías, personal de salud, judiciales y trabajadores estatales en general.
Ni hablar del pasivo en infraestructura que dejará esta administración. Basta un solo ejemplo: llevará años reparar la red vial del país tras un período prolongado sin intervenciones mínimas.
A ello se suma el avance sobre la imputabilidad de los menores o la creación de la denominada Oficina de Respuesta Oficial, destinada, según el propio gobierno, a “desmentir activamente la mentira, señalar falsedades concretas y dejar en evidencia operaciones de medios de comunicación y de la casta política”.
La paradoja es evidente: mientras se crea un organismo que avanza sobre la libertad de expresión (uno de los pilares del sistema democrático), se proclama la intención de “imponer la verdad” (su verdad, en todo caso). Todo ello en una misma semana en la que fue desplazado el titular del INDEC, Marcos Lavagna, tras intentar impulsar un índice de inflación más cercano a la realidad (más cercano a “la verdad”) que el actualmente vigente.
En el plano provincial, la falta de oposición le permite al gobierno de Maximiliano Pullaro mantener la centralidad absoluta de la agenda de gestión. Esa posición de fortaleza le posibilitó avanzar en temas que ningún mandatario reciente había logrado concretar, como la reforma de la Constitución provincial y los cambios en la Corte Suprema de Justicia.
Sin embargo, ese mismo empoderamiento derivó en avances polémicos sobre otros poderes del Estado, que deberían funcionar con independencia, como el Poder Judicial. A lo que se agrega un creciente malestar entre los trabajadores estatales, denunciado como maltrato sistemático. La reciente ola de protestas de efectivos policiales (que tuvo este sábado un episodio en Venado Tuerto) expuso un descontento que también atraviesa a buena parte de los empleados públicos provinciales. Una verdadera bomba de tiempo que el gobierno debería desactivar con políticas de fondo, y no con parches improvisados, como los implementados tras la protesta de las fuerzas de seguridad.
Una diferencia no menor respecto del gobierno nacional es que la administración santafesina dejará a sus sucesores un activo en materia de obra pública difícil de igualar.
En el plano local, el escenario es similar. El oficialismo copó la agenda y la centralidad política de Leonel Chiarella es prácticamente absoluta. Resulta incluso llamativo el silencio público de las fuerzas opositoras, más allá de reclamos aislados.
La ausencia del peronismo en un Concejo Municipal dominado por Unidos (siete de los diez escaños) genera un vacío difícil de dimensionar. Hoy, el principal espacio opositor es Ciudad Futura, primera minoría en el legislativo local, y comienza a emerger La Libertad Avanza, que con una sola concejal promete introducir ruido en un debate local claramente anquilosado.
Aun así, como señalamos al inicio, resultó cuanto menos extraño que la oposición no se manifestara frente a un apagón histórico. No abundan las oportunidades para interpelar al gobierno local, especialmente cuando, amparado en el respaldo provincial y conuna prolija administración local, logró llenar la ciudad de obras públicas.
Oportunidades
Dicho esto, no hay dudas de que, por la salud democrática del país, de la provincia y del municipio, se necesita una oposición mucho más protagonista.
En el plano nacional, urge la emergencia de liderazgos claros que disputen el monopolio discursivo que hoy detentan Milei y sus seguidores. Y esto no implica debatir en redes sociales, espacios que no buscan el intercambio de ideas, sino la imposición de consignas estridentes. En las redes triunfa quien grita más, no quien argumenta mejor. Se necesitan agrupaciones políticas y líderes que no teman al escrache digital de los trolls oficialistas y que se animen a dar debates aunque ello implique derrotas circunstanciales
En tiempos de pospolítica, las adhesiones cambian con rapidez, y ocupar el lugar de una alternativa claramente diferenciada puede transformarse en una opción viable cuando la opinión pública retire su respaldo al oficialismo.
Vale aclarar: más allá de las debilidades del actual gobierno (que hemos señalado reiteradamente en este espacio), toda gestión es finita. Y es en ese punto de inflexión cuando la sociedad empieza a mirar a quienes ejercieron una oposición genuina. Difícilmente sean los “tibios” quienes capitalicen ese momento.
Un análisis similar puede trasladarse al plano provincial, donde el escenario de tercios reabre la disputa. El pullarismo se muestra sólido y mantiene posiciones firmes en la agenda pública. Solo cedió parcialmente ante los indicios de rebelión policial, mientras no se vislumbra una actitud similar frente a docentes y otros sectores perjudicados por la política provincial.
En el camino, a pesar de los triunfos en las elecciones del 2025, Unidos perdió una importante cantidad de votos con respecto a los obtenidos en el 2023. El riesgo de que esa tendencia se acentúe está más que vigente, y por ende es necesario que el gobierno provincial reaccione y comience a cambiar algunas de sus actitudes. De lo contrario, existe la amenaza de que caiga en saco roto el reciente logro de poder ir por la reelección está vigente.
Ampararse en la falta de un líder opositor no es suficiente, ya que vale recordar anteriores experiencias donde un líder se puede construir de la noche a la mañana. Hay sobrados antecedentes de la emergencia de outsiders que irrumpieron de golpe en la política santafesina. El último de ellos fue Miguel Del Sel, que perdió la gobernación por una centena de votos en un momento en que el Frente Progresista lucía como invencible. Como sea, de persistir el escenario de tercios, la imprevisibilidad seguirá vigente en el 2027.
En tanto, en Venado Tuerto, nada hace prever hoy una disputa real de poder frente a un gobierno claramente consolidado. Sin embargo, la decisión, que parece indeclinable, de Leonel Chiarella de no buscar la reelección abre un margen de incertidumbre. Juan Ignacio Pellegrini no es Chiarella, y su casi segura candidatura (casi, porque en política nada es definitivo) deja una ventana de oportunidad para una oposición que aún debe construir figuras competitivas. Por ahora, no aparecen nombres con volumen suficiente en el horizonte.
Lo cierto es que este año no electoral representa una oportunidad clave para que las oposiciones construyan liderazgos con chances reales de disputar los ejecutivos en 2027. Para que una democracia sea estable, se requiere competencia efectiva, sin brechas abismales entre vencedores y derrotados. Una oposición sólida evita la dilución de identidades políticas y garantiza a la ciudadanía opciones reales, claramente diferenciadas.
En definitiva, la oposición no solo controla al gobierno: institucionaliza el conflicto, permitiendo que las sociedades procesen sus diferencias de manera pacífica y transparente, a través del debate político.
*Leer notas anteriores:
- El desierto opositor: Venado Tuerto y la consolidación de una hegemonía sin contrapesos
- La primera derrota del oficialismo santafesino y la confirmación de la volatilidad del voto
- Argentina en su laberinto: “Lo nuevo no termina de nacer y lo viejo no termina de morir”
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