Arte y espectáculosCulturaLa cultura en emergencia

Juan Miserere09/11/2020
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(*) Texto publicado originalmente en la edición de noviembre de la revista 1927 Multimagazine

En aquellos lejanos días de marzo y abril, cuando la pandemia irrumpió en nuestras vidas y el encierro se convirtió en la única alternativa posible para escaparle al pánico, el arte fue la mejor compañía. Reivindicados por el conjunto de la sociedad, los artistas hicieron de esos tiempos de incertidumbre un espacio un poco más amable: los músicos regalaban presentaciones en streaming o en las redes sociales, los actores eran portavoces de mensajes de esperanza y el cine nos hacía sobrellevar las horas de tedio y temor.

Unos pocos meses después, esos mismos artistas son los grandes damnificados de las medidas motivadas por el Covid. No son los únicos -es cierto- pero probablemente sean de esos rubros (turismo, eventos, salones de fiestas, etc) los que menos espaldas tenían. Es que en el variopinto mundo de la cultura, hay muchos trabajadores que eligen el camino del arte como modo de vida y profesión, y –como tantos- pelean semana a semana por obtener el sustento.

El virus se llevó antes que nada la posibilidad del encuentro masivo. Entonces los teatros, cines, salas de conciertos y bares pasaron a ser una amenaza. De a poco, casi todos los rubros que habían sido obligados a quedarse en sus casas, fueron retomando la actividad porque era necesario reactivar la economía. Aprendimos sobre protocolos, distanciamientos y tapabocas que permitieron que casi todo vuelva a funcionar (a su manera). Pero el arte no.

Por más protocolos que se presenten, por ahora parece que se puede hacer de todo menos escuchar y ver a un artista en acción en vivo y en directo. Y los meses pasan.

No hace falta remitirse a experiencias lejanas, en nuestro Venado Tuerto muchas personas que eligieron el camino de la cultura atravesaron meses muy complicados. Algunos tuvieron que hacer un curso acelerado de herramientas digitales, otros endeudarse sin remedio y están los que decidieron trabajar de otra cosa. Con los espacios pasó algo similar: por más protocolos que se presenten, por ahora parece que se puede hacer de todo menos escuchar y ver a un artista en acción en vivo y en directo. La decisión, se dice, siempre está en un estamento más elevado, y nadie se anima a dar el sí. Y los meses pasan.

Los mismos hechos culturales que acompañaron la peor hora de encierro serán castigados mientras dure la pandemia. Pareciera que el Estado no contempla al artista como un trabajador, algo similar a lo que se viene observando en Venado Tuerto con los bares, que son cuestionados como si no se tratara de una actividad productiva como cualquier otra, con centenares de familias que dependen del empleo que allí se genera.

A nadie le asustan 500 operarios en una fábrica, pero 50 personas en un bar son un sacrilegio. La producción de (por ejemplo) bulones es imprescindible, pero comer, beber y producir arte, un peligro.

Julián Baronio

Duro golpe

El arte como profesión y medio de vida siempre garantiza un camino complejo. “La relación con el tiempo de estudio, el ensayo y la preparación de clases y repertorio es diferente a otros trabajos, donde terminás de cumplir tu labor y te desentendés”, expone Daniel Alvarez, músico venadense.

La pandemia agravó los problemas habituales: “Esta realidad abrupta que nos tocó atravesar, me dejó sin ingresos económicos de una semana para la otra. Vivir del oficio es algo que fui forjando de a poco, con constancia y dedicación, y además de dar clases lo logré tocando en festivales folklóricos, trabajando como sesionista de ballets o mi propio proyecto. Todo eso se vio nulo porque el hecho musical era mi único ingreso económico y de repente no pude dar más clases ni salir a tocar”, relató el multinstrumentista.

En la misma línea, Julián Baronio indicó: “La mayoría de los músicos estamos complicados con el tema laboral, muchos vivían de salir a tocar, hacer un concierto y eventos, conozco varios que se han apartado y empezaron a hacer otros trabajos externos a la actividad de la música”.

El propio Alvarez da fe de esa situación: “Me tuve que dedicar al oficio culinario, a vender comida que es una necesidad para cada persona y fue una solución para mucha gente ante esta situación crítica”.

Baronio, gran guitarrista y cantante de Ojo Bizarro, siguió abocado a la docencia con clases personalizadas y protocolos, “pero ha caído muchísimo y se hace difícil la subsistencia de nuestro rubro, así como los gastronómicos y la gente que se aboca a eventos, los servicios técnicos y demás”.

Daniel Alvarez

Sin motivación

En el ámbito del teatro pasa algo similar. Mauricio Sariaga es actor, director y docente: “La cuarentena me agarró muy para atrás, los meses de poco ingreso para mí son de diciembre a marzo, donde se cortan los talleres y las clases particulares. Venía planificando mi actividad anual, que ahora la desarrollo desde Espacio Runciman, y llegó la cuarentena que me obligó a rever todo”.

Sariaga cuenta que “tenía alumnos y alumnas que ya habían arrancado y continuaron, pero otras personas dejaron. De 50 alumnxs que tenía, terminé teniendo 15. Tenía una plata ahorrada para pagar Afip y en vez de eso tuve que gastarlo para subsistir. Por lo tanto sigo debiendo Afip”, se ríe entre lamentos.

No obstante, destaca que pudo dar clases on line “porque tuve los medios y la actitud para hacerlo”, como un pequeño paliativo ante lo que quedó trunco: “Estaba ensayando obras, armando otras, una gira, las muestras de medio año, trabajar las vacaciones de invierno. Todo eso fue para atrás”, enumera.

Élida Albarracín en la obra “Castoy”.

Y dentro de los espacios culturales la situación puede resultar desoladora: “El Galpón del Arte es una institución que se autogestiona, y no tener gente circulando es no tener vida ni manera de sostenerse. No tiene sentido nuestra actividad si no hay otro que mire, entonces estamos interpelados por muchos flancos, el económico y lo que nos da la razón para llevar adelante la actividad, que es el espectador”, expuso Élida Albarracín, actriz e integrante del histórico grupo teatral.

Mientras tanto, el Multiespacio 1927 que desde su apertura albergó gran cantidad de espectáculos de los géneros más diversos, al no poder producir hechos culturales se abocó a potenciar su propia radio, con contenidos propios donde predomina la difusión de los artistas.

Mauricio Sariaga

No tan conectados

La vinculación con la virtualidad y las nuevas tecnologías se terminó imponiendo en esta etapa, pero no fue igual para todos. El músico y animador cultural Santiago Sampo tuvo su propia experiencia: “Al principio de la pandemia no sabía qué hacer, me cambió la forma de dar clases y me quedé sin poder tocar en vivo, tenía contrataciones en casinos, generaba peñas, eventos de poesía y música. Todo eso me generaba un ingreso para vivir y ya no estaba. Por eso tuve que aprender a dar clases on line, lo que me ayudó a estar más tiempo en casa y trabajar con gente de otros lugares”.

En tanto, Sariaga lo vivió diferente: “Yo no sabía nada de lo que es una videollamada, classroom y demás… tuve que aprender, usar otro tiempo para eso y ahora puedo decir que estoy trabajando el triple y gano un tercio. Hace unos meses se acomodó un poco más con la posibilidad de volver a la presencialidad, pero muy inestable”.

Para Alvarez directamente fue misión imposible: “Yo no me pude adaptar a los nuevos formatos, no pude dar clases virtuales ni hacer streaming porque no tenía el espacio ni las herramientas tecnológicas para hacerlo, porque no era una necesidad previa para mí estar conectado”. Por eso la salida fue vender comida para resolver lo económico, aunque “nunca dejé de tocar los instrumentos ni de seguir estudiando porque el hecho musical funcionó como un energizante para sostener lo otro”.

De todos modos, quienes pudieron acomodarse a la tecnología no necesariamente tuvieron la recompensa ni la repercusión esperadas: “Dejamos de tocar de golpe y tuvimos que transmitir en vivo, pero nuestras redes sociales no son como las de los artistas consagrados que tienen muchos seguidores en vivo. Las que hicimos nosotros eran para muy pocas personas y era conflictivo, trabajamos con gorras virtuales, algunas buenas y otras malísimas. Puede tocar en el ciclo ‘La seguimos en vivo’ de la provincia con un mejor streaming y estuvo muy bueno porque generé contenido”, cuenta Sampo.

Desvalorizados

Lo que es unánime en los artistas es la desprotección que sintieron como sector. No sólo que fueron los primeros en dejar de trabajar, sino que serán los últimos en regresar. Y en el medio, mucho desamparo.

Además, el futuro sigue siendo incierto: “Nadie tiene un avistamiento de cuándo se va a resolver, teníamos contratos con un montón de lugares a los que íbamos a viajar a tocar, y mucha de esa gente está sufriendo las consecuencias de muchos meses sin ingresos. Si mañana se autoriza la vuelta de los shows, me pregunto si esos lugares están en condiciones económicas de contratar grupos. Creo que se van a devaluar los cachet de los músicos porque vamos a tener que ponernos a la altura de las circunstancias, sumado el problema de la economía en general”, presagia el Flaco Baronio.

Además de los problemas propios de la pandemia, Daniel Alvarez destaca: “Esta situación se vio agravada por una falta de decisión política, porque habiendo pasado tanto tiempo y contando con tantas actividades habilitadas, los teatros, las salas de ensayo y los lugares donde se dan conciertos siguen sin abrir. Es una decisión política de desvalorización del arte, sin contemplar la transformación social que ejerce”.

Albarracín coincide: “Esto dejó muy en evidencia lo poco protegida que está el área cultural, porque hay un montón de gente que hace siete meses que no trabaja, no tiene ingresos y no está respaldada por un sueldo. Su subsistencia depende de la cantidad de funciones que puedan dar y de repente hay mucha incertidumbre. Creo que no se pensó un modo de buscarle la vuelta al regreso de la actividad, sos trabajador independiente y no hay nadie que te respalde. Es complicado y triste”.

Santiago Sampo

Sariaga relata que ni siquiera pudo acceder al IFE y que “solamente tuve un bolsón de comida de la Provincia, y nunca más recibí nada, ni un llamado preguntando cómo estaba. Solamente tomamos contacto con la Municipalidad cuando tuvimos que presentar los protocolos para retomar la presencialidad, lo que fue otra complicación”.

Dentro de este contexto, Sampo le buscó el costado positivo a la situación: “Nos queda adaptarnos, entonces mejoré en la parte legal como productor fonográfico, algo en lo que flaqueamos porque estamos diez horas tocando la guitarra pero ni una leyendo dónde hay que registrar los temas, y así perdemos dinero. También aprendí a grabar un disco desde casa”, destaca.

Pero nadie escapa a una situación que se torna desesperante, por lo crítica y por el tiempo que pasó. Una de las respuestas fue el armado de un grupo de artistas locales, denominado Cultura en Emergencia, donde intervienen músicos, bailarines, gente del teatro y malabaristas para hacer un frente de contención mutua y buscar apoyo del Estado “para que nos tengan en cuenta como equipo que trabaja, porque detrás están los técnicos, iluminadores y sus familias. Resulta extraño que teniendo el arte un rol fundamental en la sociedad, hoy se abre un gimnasio y no se abre un teatro”.

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